Histeria

ZidaneAncelottiJULIÁN CARPINTERO | No existe en todo el planeta una entidad más histérica que el Real Madrid. Porque si hay un adjetivo que defina con precisión al club blanco ése es el de histérico. Ni castizo ni generoso, como reza su antiguo himno: histérico. Apenas un empate y una derrota en seis días —amén del sonrojante 3-4 de ayer ante el Schalke— han sido suficientes para desestabilizar al entorno de un equipo que no hace mucho soñaba con batir el récord de victorias consecutivas del Coritiba pero que tras un par de tropiezos parece irremisiblemente condenado al fracaso. Ya nada sirve: ni los jugadores, de los que dicen han vuelto a caer en la autocomplacencia, ni, por supuesto, el entrenador, al que esta zozobra invernal ha despojado de su aura de Carlomagno para defenestrarle en poco más que un pelele. Y eso que en el momento en que se escriben estas líneas el Real Madrid sigue siendo el vigente campeón del mundo, de Europa y de la Copa de España, depende de sí mismo para ganar la Liga y se enfrenta a un reto de dimensiones faraónicas que hasta el momento nadie ha sido capaz de superar: defender la corona en la Champions League. Pero siempre hay un pero.

Y, a pesar de todo esto, la sensación es que el club es un manojo de nervios, un almacén de Goma-2 que acabará explotando con cualquier movimiento brusco. Si no son los silbidos del Bernabéu después de que Casillas haya dudado en un córner será un mal gesto de Cristiano, irritado como de costumbre después de que Bale, Jesé o quien sea hayan preferido disparar a puerta en lugar de buscarle con la mirada. Un avispero que hace las delicias de unos periodistas que se arriesgan a recibir algún que otro picotazo con tal de extraer su jugoso néctar. Pero claro, como diría Enrique IV, París bien vale una misa. Es entonces cuando el actual Balón de Oro deja de ser Superman para transformarse en un sucedáneo de Clark Kent que gruñe como un primate, pasa las noches rompiendo tarima con Kevin Roldán y ahoga en alcohol la marcha de su particular Lois Lane de pasaporte ruso. De buenas a primeras, James ya no es el chico risueño e imberbe que soñaba con ser Oliver Atom, sino que, aprovechando la lesión de su pie, se ha convertido en un golferas con pase VIP a La Posada. Illarramendi no tiene carácter, Khedira sólo piensa en Gelsenkirchen, a Benzema no se le perdona fallar un pase, Kroos está cansado, a Arbeloa le han devorado sus propias redes sociales y Chicharito… Bueno, de Chicharito nadie espera nada.

Así, es mejor fantasear con fichajes. ¿Por qué no Pogba? ¿O Vietto? Kane podría valer. O la posibilidad de repescar a Morata, que hace unos meses no servía, pero que en la Juventus lo está haciendo muy bien. Eso sí, la prioridad es traer antes a Danilo, un lateral que costará no menos de 20 millones —sorprendentemente su representante no es Jorge Mendes— y que segurísimo es mejor que Carvajal. No obstante, hoy es un día idóneo para que los oportunistas se acuerden de los que ya no están, los mismos cuyas marchas llenaron tantas páginas y en los que nadie reparó cuando los rivales pasaban por la guillotina blanca. Porque con Diego López, Xabi Alonso y Di María es evidente que Huntelaar y los suyos no habrían despertado las peores pesadillas del Bernabéu. O de los que tendrían que haber estado, pues faltaban Ramos y James y Keylor tendría que jugar más. Al menos volvió Modrić, pero es que la plantilla es corta, más aún con Lucas Silva en la grada…

Sin embargo, la histeria que rodea al Real Madrid alcanza sus cotas más altas cuando inclina la cabeza hacia el banquillo. Cuando hasta los más cándidos pensaban que la salida de Mourinho iba a dejar Concha Espina como un solar el rey de Europa volvió a serlo gracias a la mano izquierda de un Carlo Ancelotti al que sus detractores no se cansarán de pedirle más carácter. Él, con el laconismo por bandera, lanzó el otro día un mensaje a su directiva con su célebre frase de la mano blanda y las tres Champions, un currículum que podría serle insuficiente para mantener su puesto de trabajo si no consigue encajar las piezas, especialmente las de la BBC. Por eso, el madridismo más acomplejado por los recientes éxitos de Barça y Atlético, se deja la garganta pidiendo a un símbolo como Zidane para el próximo año. Un entrenador que todavía es una gran incógnita, que está fajándose en el Castilla, pero al que los más desesperados ansían ver como la reproducción exacta de Guardiola y Simeone. Y no.

Otro buen adjetivo para definir al Real Madrid sería el de ciclogenético. Resulta difícil entender de dónde viene su carácter autodestructivo, ya que cuando parece haber encauzado su rumbo vuelve a salirse del carril en apenas un parpadeo. Pero ser el Real Madrid no debe ser fácil, pues no es que luche contra el resto de equipos, sino que lo hace contra sí mismo, sus límites y su destino. Deja en el aire un halo de hastío, como si al haber ganado más que nadie estuviera de vuelta de todo y sólo él decidiera cuándo es el momento de irse a casa, descamisado y sin una chica de la mano. Y es por eso que, con frecuencia, la histeria se apodera de él. Hasta que decide que quiere ganar una vez más.

11/03/2015

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