Día de la mujer discriminada

KMP-QAT-IRN-Fans-70639ÁLVARO MÉNDEZ | Décadas han pasado desde que mujeres de la talla de Olympe de Gouges o Emmeline Pankhurst dejaran su sello en la lucha por la conquista de los derechos de las mujeres. Los ecos de la Ilustración en el siglo XVIII y el movimiento sufragista en el siglo XIX supusieron el punto de partida de una ola revolucionaria que pretendía colocar a la mujer a la misma altura del hombre. Evidentemente, no fue fácil. Y sigue sin serlo hoy en día a causa de las múltiples diferencias que existen. A pesar de que la mayoría de los Estados reconocen la igualdad jurídica de la mujer, no se ha logrado todavía la igualdad efectiva a causa de múltiples factores, como la discriminación salarial o la complicada conciliación entre la vida laboral y la familiar.

Sin embargo, fuera de la demagogia con que en ocasiones se trata el tema en el siempre protagonista mundo desarrollado, en otros países de la periferia el salto es, si cabe, aún más cualitativo. Y la situación es dramática. Pero de verdad. La ley lo permite y a la mujer le están prohibidas actividades tan cotidianas a nuestros ojos como heredar, votar, elegir marido, estudiar… Decidir. Es una pertenencia más como cualquier otro elemento del hogar.

Así ocurre, por ejemplo, en esa utopía islamista que es Irán. Desde la Revolución de 1979 en la que el ayatolá Jomeini llegó al poder, el país ha ido relegando progresivamente a la mujer a un segundo plano, ocultándolas tras el chador y eliminando todo rastro de su unicidad. Una realidad perversa basada en el sometimiento que tan bien reflejan multitud de reportajes, documentales y obras maestras comoPersépolis. Y también algunas noticias que encuentran en las páginas deportivas su vehículo de denuncia.

Durante la última edición de la Copa de Asia, todos los focos se situaron sobre la selección de Irán. Y no precisamente por motivos estrictamente balompédicos. Durante el campeonato, algunos de sus integrantes cometieron el grave error de sacarse ‘selfies’ con algunas seguidoras. Nada tenía de malo emular a Francesco Totti. Pero, claro, ellas, innobles pecadoras, posaban con el cabello al descubierto, con pantalones vaqueros y camisetas de tirantes. ‘¡Qué impureza!’, debieron exclamar las cabezas pensantes de la enfermiza censura de Irán ante semejante alarde de obscenidad.

La decisión fue fulminante: prohibir que los futbolistas se lanzaran autofotos con las mujeres que acudieran a los estadios australianos. La razón estribaba en las “vestimentas inapropiadas” de las fans que, a juicio del régimen iraní, “atentan contra los principios morales del Islam”. Una clara violación de los derechos humanos, de los femeninos, evidentemente, pero no todo acabó ahí. A raíz del escándalo, el Gobierno prohibió terminantemente la entrada de mujeres a los estadios de fútbol del país. Si ya de por sí el público de los grandes espectáculos deportivos es eminentemente masculino, la decisión ha sido la puntilla legal del integrista Ejecutivo iraní.

Sepp Blatter ya ha puesto el grito en el cielo. Pero, como muchas otras reacciones del Presidente de la FIFA, corre el riesgo de ser tomada como una bravuconada más de este desdichado dignatario. Mucho ruido y pocas nueces. Al fin y al cabo, es inadmisible que el organismo que rige el fútbol mundial no sea capaz de imponer sanción alguna a la Federación de un país intolerable, segregacionista e inhumano.

10/03/2015

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