‘Droja’ no Leite

imageSERGIO MENÉNDEZ | El documento original data de 1993. Solamente así se explica que las imágenes gocen de tanta saturación en el brillo y esa pátina de color blanco tan propia de la la televisión de la época. El corte empieza con la figura de una jovencísima Mayte Pascual de la Cueva, buque insignia de TVE, que emerge de la quemazón para trasladarnos una de tantas historias a las que dio cabida el programa Código Uno durante la dos temporadas que duró en antena. “Historia curiosa”, según nos relataba Mayte en este caso concreto. El espacio todavía lo dirigía y presentaba Arturo Peréz-Reverte, que por entonces lucía barbilampiño, gafas redondas y pinta de niño a quien le acaban de robar el bocadillo en el patio del colegio. La telebasura, su rajada en Pamplona y la sustitución por Julio César Iglesias, el hombre que bautizó a La Quinta’ de Butragueño y el cambio de ese look a lo Carlos Blanco por otro más acorde a un tipo que estuvo sorteando balas en la antigua Yugoslavia llegaron después. Un finísimo juego de palabras y una breve introducción a los hechos dan paso al vídeo de marras, donde una música plomiza, varios planos de situación y el rótulo ‘Desnudos de cargo’ nos sitúa en Cariño, el municipio de La Coruña que vio nacer al recientemente fallecido José Tojeiro Díaz, gallego por antonomasia, que decidió en su día recurrir al ente público para denunciar un supuesto robo a cargo de tres “prespetutas” que se habrían aprovechado de su interés en ir a la cama para sustraerle una cifra cercana a los cuatro millones de pesetas, fortuna resultante de tres décadas de trabajo como emigrante en Suiza.

No sospechaba el humilde José, que el pasado miércoles se despedía para siempre a la edad de 80 años después de un tiempo aparcado en una residencia de mayores en Narón, que ese trágico suceso le acabaría convirtiendo en el protagonista de uno de los primeros virales difundidos por esa portentosa fábrica de frikis anónimos previa a YouTube que fue El Rellano. Pese a lo rocambolesco de la historia, no fue el complot que estas tres vendedoras ambulantes del placer de la “prespitación” le organizaron lo que hizo de Tojeiro un icono entre la imaginería de lo absurdo. Ni tan siquiera la decoración de su domicilio, hogar salpicado de eclecticismo y tapetes de ganchillo por doquier, esa especie de cimitarra que presidía su mesita de noche, los múltiples escondrijos que ofrecía la vivienda a la hora de ocultar su dinero, custodiado a veces por muñecas de porcelana, o el baile de letras que perpetraba a cada palabra que salía de su boca. Su penosa fama le viene por la pifia mental que cometió mientras compartía con la cámara el modus operandi de las malandrinas, que procedían a administrar a José un potente somnífero antes de ponerse a revolver. Me echaron droja en el Cola Cao, narraba con esa mirada de tipo enterado que sólo son capaces de poner tu cuñado y quienes habitan al otro lado de El Cebrero, inculpando al trío de meretrices a raíz de sus repentinos y profundos letargos. Yo noté que durmiera muchas horas. Imposible, que yo duerma muy pocas horas. Nunca dormí más, comentaba a modo de sentencia el perspicaz coruñés. Para que luego venga un trilero metido a criminólogo y le tilde de “julai” y “gente de cascos ligeros”. ‘Tócate los cojones, Mariloles’, que diría otro mítico ‘outsider’.

Y es esa “droja”, precisamente, la excusa que nos permite abordar la situación que atraviesa en la actualidad un futbolista al que le diferencia de otros paisanos y compañeros de profesión un apellido idéntico al nombre con que gallegos, portugueses y brasileños, entre otros, designan al líquido que disuelve el cacao en polvo. Se trata, cómo no podía ser de otro modo, de Adriano Leite Ribeiro, por si faltaban caldos con denominación de origen. Porque el jugador que en noviembre del año pasado se convertía en noticia, no por sus goles ni su buen estado de forma, sino por la acusación que la Fiscalía de Río de Janeiro le dirigió en calidad de sospechoso de colaborar con una red de narcotráfico, ha vuelto a reclamar la atención del foco mediático después de que un medio de Brasil sacara a la luz un día después de la muerte de José Tojeiro una información donde arrojaba que el delantero antes conocido como ‘El Emperador’ se había gastado 30.000 euros en contratar los servicios de 18 prostitutas de un club de Copacabana para que amenizaran una fiesta que organizó la noche del sábado 28 de febrero en un hotel de la ciudad. Un episodio que Adriano, quién sabe si conocedor del inminente y trágico final que le esperaba a un hombre con el que compartía la afición por las señoritas de compañía, podría haber protagonizado como un doble tributo desde la distancia a su camarada en ultramar consistente, en primer lugar, en pegarse el homenaje que a Tojeiro le hubiera encantado recibir en sus últimos días de vida y, una vez consumado el deceso, filtrar lo sucedido a la prensa para que difundiera la exclusiva como una especie de obituario encubierto en su honor. Cosas más raras se han visto, que ahora hay incluso quien se dedica a publicar acrósticos deslizando que Julio Iglesias es el puto amo.

AdrianoLeite

Putos, putas y bromas en general a un lado, la verdadera incógnita de la historia no reside en el paradero de los dineros de José Tojeiro ni a qué tipo de causas se destinaron, sino en despejar en qué momento se empieza a torcer la carrera de Adriano. Fue en 2001 cuando el punta recaló en las filas del Inter de Milán procedente del Flamengo con el cartel de ‘sucesor de Ronaldo. Típico, por otro lado, en un país que en los últimos tiempos se prodiga más en fabricar juguetes rotos que en exportar talentos firmes y duraderos. A la vista están, sin ir más lejos, los casos de Robinho o Maicon. Un par de temporadas cedido en la Fiorentina, primero, y en Parma, donde estuvo a las órdenes de Prandelli y Arrigo Sacchi, después, permitieron confirmar la certeza de las sospechas en torno a su calidad. En este sentido, la influencia del segundo, considerado por Adriano un padre futbolístico, desde su puesto en la Dirección Técnica del equipo fue determinante en el desarrollo del futbolista tanto a nivel deportivo, obviamente, como, en especial, disciplinario. No fueron pocas las multas que el futbolista se vio obligado a pagar por llegar tarde a los entrenamientos, según se decía. En cualquier caso, la cuestión es que volvería a ‘La Pinetina’ en 2004 dispuesto a convencer.

Hay quienes apuntan que en ese momento se produce el punto de inflexión que determina el inicio de su caída en desgracia. Nada que ver con la presión que suele despertar un gran club, sin embargo. La razón principal reside, al parecer, en la muerte de su padre, que falleció el verano de su regreso a la disciplina ‘neroazzurra’, el mismo en que conquistó la Copa de América con la ‘canarinha’, tras vivir durante varios años con una bala que recibió accidentalmente en un tiroteo alojada en el interior de la cabeza. Si bien su físico portentoso y el mortero que escondía en su pierna izquierda le alcanzaron de cara a seguir haciendo goles y rindiendo a buen nivel las tres temporadas siguientes, la ausencia de su figura paterna le acabó sumiendo en una profunda depresión que sólo la bebida era capaz de aliviarle. Ni los ánimos que le insuflaba Vanda, su abuela, que solía acompañarle a los entrenamientos y aconsejarle de pequeño, evitaron que Roberto Mancini se hartara del pestazo a alcohol que destilaban sus poros cuando rompía a sudar y de que su silueta se redondeara por momentos y optara por empujarle hacia a una vida sin rumbo fijo que en adelante le llevó a São Paulo, de vuelta nuevamente a Milán para traicionar la confianza de José Mourinho, Flamengo, Roma, Corinthians y, en última instancia, Le Havre, club de la segunda división de Francia en el que milita actualmente tras el periodo de inactividad que siguió a su fugaz paso por Atlético Paranaense después de no pasar el reconocimiento físico y ver frustrado su fichaje por el Internacional de Porto Alegre, entonces dirigido por Dunga, que había recomendado personalmente su incorporación.

Y así, a trompicones, salpicado de escándalos con las brigadas antivicio, orgías con profesionales de fichas astronómicas, fotografías con fusiles de asalto junto a miembros del Comando Vermelho, dejando caer a ratos algún que otro gol en la buchaca, transcurre la vida de Adriano Leite Ribeiro. Lo que cambian las cosas… En un abrir y cerrar de ojos pasas de engrosar las quinielas a Balón de Oro a colocar en la estantería tu tercer Bidone, el premio que distingue al jugador más decepcionante de la Serie A. Y parece que fue ayer cuando Cayetano Ros le preguntaba en un entrevista por su peor defecto y el imperioso ariete, siempre tan cachondo, tuvo la osadía de contestar señalándose la pierna derecha, pues de cabeza había mejorado muchísimo.

09/03/2015

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