Una proeza inacabada

sergio-gonzalez-lamento-derrota-1425510380329DAVID PALOMO |  Apareció la Copa. De nuevo. Como entonces. Quién le iba a decir al ‘puto’ —con cariño— novato de Sergio que estaría a 90 minutos de volver a una final, con otro conjunto pintado de blanco y azul. Como su Deportivo, aquel que le arrebató el trofeo al Real Madrid, en el ‘Centenariazo’, en el Bernabéu y con un gol suyo. En otro tiempo, cuando el fútbol era una democracia, se prometía pluralismo y los trofeos, en ocasiones, no sabían ni los nombres de sus contendientes. Era diferente. El pasado acogía de vez en cuando a los pequeños, los dejaba soñar; el presente, en cambio, sólo permite a los pobres vivir entre las intermitencias de la proeza.

La película de Sergio antes de llegar a las semifinales podría haberse titulado “Lo imposible”, con su Espanyol haciendo de tsunami, enterrando bajo el césped a todo el que se había cruzado en su camino, incluido el Valencia. Todo había sido perfecto hasta entonces. Con él sentado en el banquillo. Un tipo callado, bajito, reservado, sencillo y voluntarioso. La misma persona que dirigió a aquel Deportivo desde el centro del campo, pero ahora como técnico. Por sorpresa, ascendido este verano desde las categorías inferiores, cuando Óscar Perarnau, Director Deportivo de la entidad, se reunió con él y le dijo: “Nos gusta tu trabajo y estás entre los candidatos”. Y, más tarde, confirmándole que sería el nuevo técnico perico, como un experimento que sólo el Athletic de Bilbao, el pasado miércoles, se encargó de estropear.

Su elección fue arriesgada, pero consecuente. Le dieron las riendas a Sergio este verano y le prometieron paciencia. Nada más. A partir de ahí, el tiempo alargaría su contrato o lo acortaría el frío invierno. Eso era todo y lo sigue siendo. Porque su derrota contra el Athletic no ha cambiado nada. Este curso ha conseguido sacar lo mejor de su tocayo, Sergio García. A una edad avanzada, a sus 31 años, cuando ya pocos esperaban algo del chico que en el Barça dijeron que iba para estrella. Ese joven que fue puercoespín en sus primeros días y precursor de la rumba en el vestuario.

Sergio, el otro, el entrenador, llegó el primer día al entrenamiento, se dirigió a Colotto, Stuani, Caicedo y Abraham y les dijo: “Era vuestro amigo, pero ahora soy vuestro técnico”. Su relación, desde entonces, no ha sido la misma. Ahora ya no son colegas, sino que se han convertido en compañeros de trabajo. Eso es lo que les dijo. Antes de dar su primera charla, cortita y al pie, como le gustaba jugar. Porque él, dice, no sabe hablar para 25 personas. Ni tampoco le hace falta. Su trabajo, hasta ahora, ha sido impecable. Perdió en semifinales contra el Athletic. Pero dio igual. Su noveno puesto en la Liga, a 13 puntos del Villarreal, que cierra los puestos que dan acceso a la Europa League, es más que suficiente. No se esperaba más de él. Las semifinales fueron un regalo, un caramelo en la boca de un niño. Incluso para Sergio, que estuvo a punto de volver a una final, como aquella vez, con su Deportivo. No lo hará, pero como le gustaba decir a Lendoiro, “erre que erre” se puede llegar a cualquier parte. Quién sabe si la próxima temporada.

06/03/2015

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