Segundas partes siempre fueron buenas

JoséMourinhoJULIÁN CARPINTERO | Una ley no escrita de la sabiduría popular dice que, excepto la de “El Padrino”, las segundas partes nunca fueron buenas. Sin embargo, en el mundo del fútbol hay un hombre con el mismo pelo cano que Francis Ford Coppola que parece empeñado en desmitificar una sentencia que con en su caso se desvanece como arena entre los dedos. Y es que la afición del Chelsea tiene motivos más que de sobra para estar ilusionada con la marcha de su equipo, que, tras su estrepitoso resbalón en la FA Cup ante el modesto Brentford, comanda la Premier con puño de hierro, tiene bien encarrilada su eliminatoria de octavos de final de la Champions League y el pasado domingo levantó la tercera Copa de la Liga con ‘The special one’ en el banquillo. La competición fetiche de un monstruo competitivo.

Fue el entrenador de baloncesto croata Božidar Maljković quien acuñó la memorable frase de que las estadísticas son como los bikinis en la playa, que enseñan algo pero no dejan ver la imagen completa. No obstante, en el caso del Chelsea no deja lugar a la imaginación, pues entre 1905 y 2003 el club londinense fue capaz de ganar once títulos, mientras que a partir de ese año y hasta el día de hoy ha levantado 14 más. El punto de inflexión, evidentemente, se sitúa en el desembarco de Roman Abramovich y su legión de muñecas matrioskas en forma de inversiones: cuando todo el mundo pensaba que debajo de los Drogba, Robben o Shevchenko no podía haber nada más, el magnate levantaba otra figura y aparecían Hazard, Fàbregas o Diego Costa. No en vano, la gran vedette de Abramovich en todos estos años no ha sido otro que José Mourinho, quizá el técnico más mediático de todo el planeta, un personaje con el que ha tenido una relación tempestuosa más propia de una pareja de enamorados. Porque, aunque en el otoño de 2008 le tiró la ropa por el balcón, el multimillonario ruso jamás olvidó que fue ‘Mou’ quien colocó al Chelsea en el primer escalón del fútbol inglés situándole bajo el gran foco continental.

914 son los días que ha tenido que esperar el técnico de Setúbal para volver a festejar un título. No lo hacía desde que su Real Madrid le ganara la Supercopa de España al Barça de Tito Vilanova sobre el césped del Santiago Bernabéu, una racha tan larga como atípica en el cómputo global de su carrera después de que su ciclo en Concha Espina terminara de forma abrupta y de que la temporada pasada Atlético y Manchester City le privaran de pelear por la Champions y la Premier, respectivamente. Como no podía ser de otra manera, tuvo que ser en la Capital One Cup, una competición que ha ganado tres veces a lo largo de sus dos etapas en el banquillo de Stamford Bridge, donde todo volviera a fluir de nuevo. Como la primera vez.

Corría el mes de febrero de 2005 cuando el Chelsea se plantó en la final de la por aquel entonces llamada Carling Cup. El equipo de Mourinho, que había puesto patas arriba el fútbol inglés como flamante campeón de la Champions, tuvo como rival al Liverpool de Rafa Benítez, una de las grandes némesis del portugués en su paso por las islas. Un gol del noruego Riise en el primer minuto de juego desbarató los planes iniciales de un Chelsea que tuvo que esperar al minuto 79 para que un tanto en propia puerta de Gerrard pusiera las tablas en el marcador del Millenium de Cardiff y llevara el choque a la prórroga, un tiempo extra en el que dos directos de Drogba y Kežman noquearon contra las cuerdas a los ‘reds’, a los que de nada sirvió el gancho de izquierdas del español Antonio Núñez. Mourinho había tardado sólo medio año en desempolvar las vitrinas ‘blues’, que al final del curso acogerían a la ansiada Premier League.

Dos años después, casi en la misma fecha, el Chelsea saltó al césped del Millenium para verse las caras con el Arsenal, un equipo comandado por otro de los archienemigos que hizo Mourinho en Inglaterra: Arsène Wenger. Y nuevamente comenzó perdiendo el Chelsea, que con dos goles de Drogba fue capaz de remontar el tanto inicial de Walcott en un final tremendamente apretado con hasta nueve minutos de descuento y en el que Obi Mikel fue expulsado.

Esa Copa de la Liga fue el último título de José Mourinho como técnico del Chelsea y ésta supone el primero de su segunda etapa. A pesar de sus lamentos por no poder contar con Matić, ‘The special one’ volvió a demostrar que prepara las finales como nadie y se sacó de la chistera un recurso de genio al colocar como pivote a un central como Zouma —al que ya ha definido como ‘el nuevo Desailly’— con el que consiguió asfixiar la creatividad de Erikssen, el mejor jugador del Tottenham. Es decir, la reedición de la final de Copa de 2011, cuando Pepe hizo las veces de perro de presa persiguiendo a Xavi y a Iniesta cada vez que éstos cruzaban la línea medular. Los tantos de Terry y Costa hicieron el resto, por lo que Pochettino se quedó a las puertas del que habría sido su primer título como técnico. Al final del choque, Mourinho afirmó que le encanta sentirse “como un niño de 52 años”, una frase que corroboró celebrando el título revolcándose por el verde. Porque él sabe que, si se cumple el dicho, lo mejor está por llegar. Sus segundas partes siempre fueron las mejores.

03/03/2015

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