El secreto de Jeroen

imageSERGIO MENÉNDEZ | Si hace unas jornadas eran Arrigo Sacchi y Fabio Capello quienes pecaban de incontinencia verbal, los efectos de la boca de chancla se han dejado ver la pasada semana en Barcelona. Esta vez, sin embargo, no se trata de una rajada propiamente dicha, de esas que se producen como consecuencia de la singular e hipnótica influencia que suelen ejercer las grabadoras encendidas y los micrófonos abiertos en las lenguas de los protagonistas de la actualidad futbolística, siempre tan proclives a la hora de captar unas declaraciones polémicas que llevar a la primera plana. La discordia no brota, en esta ocasión, de este terreno tan fértil para que arraiguen las hostilidades como son las salas de prensa o las zonas mixtas. Tampoco nace de una conversación privada en el interior del vestuario que, por unas razones o por otras, ha acabado trascendiendo en forma de entrecomillado a los medios de comunicación a través de conductos soterrados por la figura de un topo. De hecho, el foco de la noticia se sitúa en un ambiente tan amable y distendido como es una cena informal entre amigos, donde los camareros son los únicos profesionales con licencia para hacer uso de la libreta y el bolígrafo. Supuestos amigos, más bien, que son quienes han hecho posible que un ‘off the record’ evolucionara en materia periodística, traicionando la confianza de un indignado Carles Rexach, que nunca pensó que las palabras que pronunció en aquella velada de principios de septiembre del año pasado terminarían viendo la luz pública.

No se equivocaba Luis Enrique cuando se le ocurrió comentar en la previa del partido de Champions League frente al Manchester City que el Barça es un club especial, en alusión a una especie de paradoja que vendría a significar que el equipo ofrece una mejor versión de sí mismo cuando las circunstancias le atenazan que en momentos de paz social. Dejando a un lado la imputación de Bartomeu, toda vez que había recuperado a Messi para la causa y se había restablecido el organigrama deportivo tras la salida de Zubizarreta, era cuestión de tiempo que la polémica les sacudiera de nuevo. Lo hizo, primero, a raíz de unas fotografías que mostraban a Piqué y al propio Messi junto a Fàbregas a la entrada de un casino la noche siguiente a la derrota contra el Málaga en Liga que dieron pie a una serie de reacciones en torno a su integridad profesional similares a las que generó Cristiano Ronaldo rompiendo tarima en su fiesta de cumpleaños. Y lo hizo también, en última instancia, por culpa de unas declaraciones vertidas por Rexach, actual integrante de la Comisión Técnica azulgrana que entonces se desempeñaba como asesor deportivo de la Junta Directiva, a lo largo de un coloquio con notables de Girona en el que, además de despacharse a gusto con Florentino Pérez y su política de deshacerse de jugadores y entrenadores poco agraciados, de sugerir que Deulofeu es un creído, que a Sergi Roberto le falta mordiente y que Valdés se precipitó con su decisión de marcharse al Mónaco, de definir a Koeman como “una patata” o de deslizar que el motivo de la ruptura entre Guardiola y Vilanova fue una oferta del Manchester United que no les convenció por igual y que Luis Enrique había impuesto demasiadas normas a su llegada —acusación que el asturiano zanjó afirmando que en esa materia sólo le venía a la mente el nombre de pila de la vedette favorita de Aznar—, dejaba caer que la clave del mal rendimiento de Messi durante la temporada anterior podrían residir en su alimentación. Y es que el choripán, un vicio que el crack argentino compartía con Hugh Laurie, según contaba el bueno de ‘Charlie’ habría cedido su posición de privilegio como manjar en favor de un plato con mucho menos exotismo: la pizza. Las servilletas, un soporte que en su día le permitió fichar para el Barcelona un muchacho que, si nadie lo remedia, acabará siendo el mejor jugador de la historia, por su parte, habrían pasado a desfilar una detrás de otra por las comisuras de sus labios para limpiar churretes de pepperoni.

El caso es que no sería la primera vez, por mucho que le doliera a Rexach ese cambio de hábitos culinarios en su apadrinado, que la gastronomía italiana se cuela en la rutina de los futbolistas de élite. La primera piedra la puso Jeroen Verhoeven, actual guardameta del Utretch, que entre 2009 y 2013 militó en el Ajax en calidad de suplente. Un hombre que volvió a demostrar, por si quedaba alguna duda, que los porteros constituyen una demarcación especial en todos los sentidos. Podría decirse, incluso, a raíz de su experiencia, que escriben sus propias reglas. No en vano, Verhoeven, formado en las categorías inferiores de la disciplina de Ámsterdam, tiene el honor de ser el hombre más pesado que jamás se ha puesto bajo los palos en un partido de la Eredivisie, merced a los cerca de 115 kilos que marcaba la báscula el 24 de octubre de 2010, fecha en que se vio obligado a saltar al campo después de que Maarten Stekelenburg se lesionara y fuera incapaz de seguir jugando en un encuentro que les enfrentaba al modesto Excelsior. Ataviado con una equipación de color amarillo chillón que permitía adivinar su voluptuosa silueta y le confería un aspecto más propio de cancerbero de equipo de casados que otra cosa, la cuestión es que nuestro protagonista no sólo realizó un papel muy digno, sino que impidió con varias intervenciones de mérito salvar los muebles y, por lo menos, arrancar un punto de Rotterdam. Una actuación que, sin embargo, no ha impedido que las aficiones rivales se hayan esmerado desde que se produjo su debut en la máxima categoría del fútbol neerlandés en amargarle la existencia por medio de un ritual que se ha convertido en costumbre cada vez que Jeroen se dispone a sacar de puerta. En este caso, vendría a consistir en una versión adaptada de ese ‘¡Caaaaaaa…BRÓN!’ dedicado al portero rival que retumba en los estadios de España jornada tras jornada, sólo que a un ‘¡Oooooooh…’ in crescendo le sigue, en el momento en que Verhoeven impacta con el balón, un sonoro ‘…PIZZA!’.

“Si comiera patatas fritas y bebiese cerveza, sería imposible haber llegado a donde estoy. Entreno siete veces a la semana con el grupo y realizo sesiones individuales”, respondía a quienes alguna vez dudaron de su profesionalidad este portero de mejillas sonrojadas, ojos rasgados y cierto parecido a Benny Hill que guarda el secreto de su éxito, precisamente, en su extraordinaria masa.

02/03/2015

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