Equivocarse

PaulPogbaJULIÁN CARPINTERO | Hace casi dos años que Sir Alex Ferguson anunció su retirada de los banquillos después de una brillante carrera como técnico. El que fuera goleador de, entre otros, Dunfermline y Rangers decía adiós una mañana de abril tras más de medio siglo contemplando la vida desde la característica grada de ladrillo de Old Trafford. Y, sin embargo, dos temporadas después, su influencia se sigue notando en el día a día del gigante ‘red devil’, que aún hoy sigue buscando la forma de respirar sin su prócer. No obstante, a buen seguro que el presente del Manchester United sería menos borroso si Ferguson hubiera sido capaz de evitar uno de los pocos errores que cometió en toda su carrera. Porque es probable que el gen ganador que corre por sus venas no le deje dormir tranquilo dándole vueltas a lo que podría haber conseguido si Pogba no hubiera hecho las maletas.

Si los aficionados del Manchester United pudieran responder en una encuesta cuál es la temporada más dura que recuerdan seguramente a muchos de ellos les vendría a la mente la 2011/12. Salvo que fueran muy mayores y visualizaran con nitidez el terrible 1958, cuando el avión que transportaba a la plantilla desde Múnich se precipitó contra la pista del aeropuerto, o el nefasto 1974, fecha en que el club descendió a la segunda división del fútbol inglés por culpa de un gol de su antiguo ídolo Denis Law, la gran mayoría pagaría dinero porque aquellos meses de 2011 y 2012 no hubieran ocurrido nunca. A pesar de que comenzaron el curso alzando la Community Shield ante el vecino Manchester City, en octubre los pupilos de Sir Alex sufrieron en sus carnes la humillación de caer ante el rival metropolitano en Old Trafford por un inapelable 1-6; un mes después, el modesto Crystal Palace les apeó de la Capital One Cup; mientras que a primeros de noviembre se consumaba el desastre continental, pues entre Benfica y Basilea apearon de la Champions League al vigente subcampeón. En enero llegaría la eliminación de la FA Cup con el Liverpool como verdugo y en marzo se despidieron de la Europa League después de que el Athletic le bailara con sendos recitales. Para colmo de males, el United perdió una Premier que tuvo ganada hasta el último minuto de la última jornada, momento en que Agüero se vistió de Romário para darle a los ‘sky blues’ su primera liga en más de cuatro décadas. ¿Acaso algo más podía salir mal? Por imposible que parezca, sí.

El 3 de julio de aquel verano la Juventus de Turín anunciaba el fichaje de Paul Pogba, un prometedor centrocampista francés de 19 años considerado la joya de la corona de la cantera del Manchester United, después de que la oferta de renovación que le había propuesto el club mancuniano no satisficiera ni a la estrella en ciernes ni a su representante, el lenguaraz Mino Raiola. Así las cosas, el futbolista, que por aquel entonces se encontraba en Estonia disputando la Eurocopa sub-19 —‘les bleus’ caerían en semifinales ante la España de Jesé, Óliver Torres y Deulofeu— desembarcaba en la ‘Vecchia Signoria’ a coste cero harto de no tener minutos para formar un centro del campo de ensueño junto a Pirlo, Vidal o Marchisio. Y lo cierto es que sus cualidades pronto le hicieron indispensable en los esquemas de un Conte que se quedó prendado de su presencia física, su excelsa calidad con el balón en los pies, su facilidad para ver puerta y su increíble personalidad. Pocos pueden presumir de haber triunfado en tan poco tiempo en un fútbol con tantas aristas como el italiano, pero nadie puede discutir ya que Pogba hace tiempo que puso la Serie A a sus pies.

Así, mientras el excéntrico centrocampista francés acumulaba títulos, colectivos e individuales, vestido de ‘bianconero’, el United ha sufrido lo indecible para encontrar un centro del campo equilibrado, que sepa construir sin resquebrajarse cuando pierde el balón. Durante estas campañas, Giggs y Scholes se han retirado —este último por segunda y definitiva vez— y Park, Cleverley, Anderson y Fletcher han hecho las maletas. En la perspectiva contraria, Kagawa llegó para irse por donde había venido, al tiempo que los dirigentes del ManU pagaban una fortuna por Fellaini, Mata, Ander Herrera, Blind y Di María, quienes completan una espectacular pero inefectiva nómina junto a clásicos como Carrick o Valencia. Un golpe de timón constante que desnuda las carencias del United a la hora de señalar un punto de apoyo que van Gaal cree haber encontrado en Rooney, al que intenta moldear como centrocampista.

Nunca es sencillo calibrar quién es el mejor del mundo en una demarcación concreta, pues en esa designación siempre van a influir aspectos intangibles como el sistema de juego de sus equipos, la calidad de sus compañeros o incluso el estado anímico de los propios futbolistas. ¿Lo es Kroos? ¿Isco, quizá? ¿O podría serlo Matić? Como en todo, depende. No en vano, parece evidente que Pogba tiene un hueco reservado dentro de ese selecto grupo de jugadores por los que merece la pena pagar una entrada. Por sus carreras salvajes. Sus regates imposibles, tan impropios de una persona de su estatura. Por la pasión que transmite en cada acción. Por su personalidad y su carácter. No es que Paul Pogba vaya a dominar la próxima década, sino que ya ha empezado a hacerlo, y prueba de ello es que maneja con soltura la medular tanto del campeón italiano como de la ilusionante Francia que está cocinando Deschamps. Lo que no se sabe es si desde Turín o en alguna otra parte del Viejo Continente. Eso sí, que se preparen para negociar con Marotta, un tipo casi tan terco como Ferguson, el hombre que domó a Cantona o Keane pero no pudo atar a Pogba.

24/02/2015

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