Caos sin faraones

AR-150209300ÁLVARO MÉNDEZ | Han pasado ya más de cinco mil años desde que el rey Narmer unificara el Alto y el Bajo Egipto y se erigiera en el primer faraón del mundo. Con mano de hierro inició una grandiosa saga de poderosos gobernantes a caballo entre lo divino y lo terrenal entre los que figurarían algunos de los nombres más ilustres de la Historia. Primero serían Keops, Kefrén, Akenatón, Tutankamón y Ramsés II, pero más tarde llegarían a las fértiles llanuras del Nilo los contemporáneos Nasser, Sadat y Mubarak. A diferencia de los anteriores, éstos no habían sido elegidos por la imperturbable voluntad de Ra, sino por la tan humana algarabía militarista que subyace bajo todo golpe de Estado. Sin embargo, al igual que sus antepasados, acostumbraban a mirar los problemas desde la cúspide de la pirámide del autoritarismo, a 146 metros por encima de la realidad.

Pero esta dinámica tan favorable para perpetuarse en el poder tocó a su fin cuando un joven vendedor ambulante llamado Mohamed Bouazizi decidió quemarse a lo bonzo en Túnez un 17 de diciembre de 2010, lo que desató una serie de revueltas sociales en el norte de África como jamás se habían vivido. Había comenzado la Primavera Árabe y los dictadores veían cómo sus imperios caían sin remedio al tiempo que las plazas de las grandes urbes se llenaban de tiendas de campaña que pedían democracia y de disfraces que aparentaban libertad.

Pero tras la esperanzadora Primavera Árabe llegó lo que los politologo-meteorólogos denominaron, a posteri, el Invierno Islamista. En Egipto, los Hermanos Musulmanes, con Mohamed Morsi a la cabeza, invirtieron el refrán y pusieron sus lustrosas barbas a remojar para que crecieran aún más fuertes y sanas. Sus propuestas fueron ganando adeptos tras años de ilegalidad, pero la tensión existente con los defensores del antiguo régimen se liberó de manera trágica. Tras un partido de fútbol que enfrentaba a Al Ahly —equipo defensor de la Primavera Árabe— y a Al Masry —escuadra favorable a Mubarak— las aficiones se enzarzaron en una batalla campal que rápidamente se contagió a las calles de la ciudad de Port Said. En total, 74 personas perdieron la vida en un drama que escenificó cruelmente la polarización que estaba sufriendo el país.

Morsi ganó las elecciones meses después, pero tras un año de gobierno el pueblo volvió a echarse a las calles para exigir su dimisión. Vuelta a empezar. Su negativa aceleró la génesis de un nuevo golpe de Estado que derrocó al hijo de la media luna y llevó a los militares a tomar el mando otra vez. Las elecciones de 2014 convirtieron al caudillo Al Sisi, protagonista del pronunciamiento, en el nuevo mandamás pero, lejos de desaparecer, la inestabilidad se convirtió en una peligrosa constante en el país mediterráneo.

La última tragedia en las gradas del estadio cairota de la Defensa Aérea el pasado domingo es sólo una muestra más del caos que reina en Egipto. Tras los sucesos de Port Said, tanto el Ministerio del Interior como la Federación de Fútbol tomaron en su día la decisión de prohibir la entrada de público a los campos de fútbol. Ya habían pasado tres años desde entonces, por lo que las mismas instituciones decidieron suprimir dicho veto hace dos semanas. Los equipos de la capital Zamalek —once veces campeón de la Liga y ganador de las dos últimas Copas— y ENPPI se veían las caras y era la ocasión perfecta para testar la normalización social y balompédica de Egipto. Sin embargo, hinchas de ambos clubes trataron de irrumpir en el coliseo supuestamente sin haber comprado las entradas para el encuentro y la policía tuvo que intervenir. La brutalidad de las fuerzas de seguridad y la violencia de los ultras hicieron el resto. El humo de los coches quemados y de los gases lacrimógenos se mezclaron con la sangre derramada en unos siniestros disturbios que finalizaron con 19 víctimas mortales.

Cuando parecía imposible que la situación empeorara, ocurrió aquello que hemos visto en los telediarios de todas las cadenas de televisión y que tanto nos ha aterrorizado. La playa. El mensaje. Asesinos encapuchados de negro y prisioneros coptos de naranja separados por 21 cuchillos. Y el cruel resultado que ya conocemos: Egipto se desangra.

20/02/2015

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One thought on “Caos sin faraones

  1. La primavera ha mutado en invierno. ¿Llegará el invierno árabe a transformarse en infierno árabe? Para algunos evidentemente así ha sido. Debería, por nuestro bien, haber una mejor solución.

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