Cuando Arjen maduró

ArjenRobbenJULIÁN CARPINTERO | Uno con la izquierda y otro con la derecha. Uno en el primer tiempo y otro en el segundo. El pasado sábado el Bayern humilló al histórico HSV con un 8-0 que será difícil de olvidar, especialmente para los seguidores del equipo hanseático, los mismos que décadas atrás celebraban Copas de Europa junto a los Hrubesch, Kaltz o Magath y ahora penan por la parte baja de la Bundesliga. Gran parte de la culpa en semejante castigo la tuvo el eléctrico Arjen Robben, autor de dos tantos, que recién cumplidos los 31 vive el mejor momento de su carrera después de haber dejado atrás un sinfín de obstáculos que iban desde lo personal hasta lo psicológico pasando por su propio estado físico. Sin embargo, sus ganas de triunfar han sido más fuertes que todo ello. ‘Virtus omnia vincit’, que dirían los romanos.

Hace poco más de un mes que se celebró en Zúrich la gala del Balón de Oro, el pomposo evento que coronó a Cristiano Ronaldo como rey del mundo futbolístico. Antes de que el astro portugués generara en las redes sociales reacciones de todo tipo tras su célebre berrido se llevó a cabo, entre otros actos, la elección del once del año, una alineación de ensueño cuya tripleta atacante estaba formada por el propio Cristiano, por Messi y por Robben. No en vano, no fueron pocos los que se rasgaron las vestiduras por la inclusión del extremo del Bayern junto a los dos grandes iconos del balompié mundial, unas voces que en su lugar reclamaban la presencia de Bale, Neymar, Luis Suárez, Müller, Benzema o Diego Costa. Nada más lejos de la realidad, porque a pesar del increíble nivel mostrado por los anteriormente mencionados, sería un tanto ingenuo negar que Robben lleva varias temporadas siendo el tercer atacante más desequilibrante del planeta.

Hasta su decisivo gol en la final de la Champions League de 2013 la trayectoria de Robben había sido un continuo casi, una sensación similar a esa categoría de los sueños en los que, tras mucho nadar, el protagonista acaba muriendo en la orilla. Eso es, precisamente, lo que tuvo que experimentar un Robben que en un período de dos años —mayo de 2010-mayo de 2012— perdió dos finales de Copa de Europa y otra de un Mundial, circunstancia por la que, no con poca sorna, sus detractores le colgaron el sambenito de gafe. Pasara lo que pasara, cuando el árbitro pitaba el final eran otros los que sonreían. Siempre eran detalles: un quiebro de Milito, el pie de Casillas en Johannesburgo o el penalti que Čech le detuvo en la prórroga del Allianz minutos antes de que Drogba le diera a Di Matteo la Champions más inesperada de los últimos años. Y es que exceptuando la derrota ante el Inter de Mourinho, los otros dos partidos habían pasado por sus botas. Y en ambas falló. Por eso, cuando a falta de dos minutos para que la final ante el Borussia Dortmund se fuera al tiempo extra y el balón cayó en su pie izquierdo sabía que ni Weidenfeller ni nadie podría impedirle tomarse su particular revancha contra el destino, la historia y el azar. Contra sí mismo. Gol.

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De un tiempo a esta parte Robben ha cambiado los lamentos por sonrisas.

A día de hoy, con menos pelo y más espalda, Robben no sólo sigue siendo el veloz extremo que asomó en el Groningen, impactó en el PSV Eindhoven y dejó destellos en el Chelsea para bucear en aquel océano de dudas que por entonces era el Real Madrid, sino que los años le han convertido en un jugador total gracias a su inusitada regularidad. Lanza faltas con precisión, desequilibra —con ambas piernas—, atrae la atención de la defensa rival y ha incrementado notablemente sus cifras de cara a puerta (a estas alturas de temporada ya lleva 14 goles sólo en la competición doméstica). Es un líder al que sus compañeros de club y selección respetan y posee una mentalidad competitiva que le hace digno portador del brazalete de capitán. Aunque en ocasiones siga pecando de individualista, el holandés tiene una conducción tan poco elegante como vertiginosa, casi dando saltos y controlando el esférico con el exterior de su bota izquierda, una cualidad que ilustraba perfectamente una viñeta del diario Bild. En ella se renombraba a la banda derecha del Bayern como ‘Robben’s Street’, una avenida que, cuando llegaba al área, se bifurcaba en dos: si giraba hacia la izquierda desembocaba en gol; si lo hacía hacia la derecha, en asistencia.

Pese a todo, su gran aspecto diferencial quizá resida en su mentalidad, pues pocos futbolistas habrían sido capaces de seguir calzándose las botas después de haber luchado contra un cáncer de testículo, de haberse sobrepuesto a mil y una lesiones musculares que parecían no tener ni explicación ni fin y a esa losa psicológica que le impedía acertar en los momentos decisivos. Cuando Guardiola desembarcó en Múnich en el verano de 2013, pocos habrían apostado por la continuidad a largo plazo de Robben en el Allianz Arena, ya que el gusto del técnico por el juego asociativo parecía mermar las opciones de ese relámpago de sonrisa perenne. Casi dos años después, no es ninguna osadía afirmar que Robben es el jugador franquicia de una escuadra en la que conviven nombres como Götze, Lewandowski, Ribéry, Neuer o el mismo Müller.

En el tiempo de descuento de las semifinales del pasado Mundial de Brasil entre Argentina y Holanda, con el partido empatado a cero, Robben pisó el área de la ‘Albiceleste’ y se dispuso a encarar a Sergio Romero cuando Mascherano se lanzó para impedir que los de van Gaal alcanzaran su segunda final consecutiva. Lo que pasó después ya es historia, pero en esta ocasión nadie podía reprocharle nada a un Robben que brilló con luz propia, fue elegido Balón de Bronce y parte del equipo ideal de la competición. Es decir, la rutina de un hombre que, tanto en la vida como en el fútbol, no ha dejado de mirar hacia adelante.

17/02/2014

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