Elastina

rafinhaMARIO BECEDAS | En el inmenso prado del Camp Nou, el Barça volvió a practicar la jaula muchas fechas después. Fue un asalto geométrico y una demostración de fuerza. Otra más. La constatación de que el equipo aprendió a remontar. La conciencia colectiva entendió, al fin, que tras los tiempos del oro la única salvación era la velocidad. Correr.

El Villarreal fue preso de un rival que por momentos propuso el cerco de las noches de Guardiola y por ráfagas tornó el gran estadio en un terrado de fútbol sala. En la nueva proposición de juego que se gesta tras las cabriolas del triunvirato atacante, la elastina volvió a ser la proteína que proyectó la disposición táctica de Luis Enrique.

Generador de esa elastina fue, en esta ocasión, el joven Rafinha. Portento y dechado, brasileño y contrachapado, el hijo de Mazinho y hermano de Thiago supo en una hora de disputa contraerse y estirarse como el músculo, cogiendo potencia en la ejercitación. Concentrado y cejijunto en el empeño, su espalda de ‘12’ ocultó la noche.

Tapó el campo en sus coberturas, llegó a todo. En el paroxismo de la circulación, fabricó esos pases curvos a media carrera y de apertura a la banda que en su rosca marcan la diferencia entre los mediocres y los mejores. Como si en esa maniobra convexa la pelota pudiera teledirigirse a los pies del buscado compañero.

Corría el minuto 30 y como un ‘bronco’ de Denver —brazos en caída, mirada de jabalí, hombros tensos— abarcó toda la medular atascando la salida rival a 80 metros de su portería. En un caprichoso ‘flash-back’, lo asumo, uno creyó ver por instantes a un Mauro Silva naciente, sólo que con una serpiente en la bota y buscando la muerte en el área.

Ingenioso en la lectura de los partidos, levantó una pared de magia con Neymar y no quiso, en la guinda de la elaboración, que la cazara Mathieu, porque él, antes que nadie, vio que el francés estaba en fuera de juego. En su haber también quedó el quiebro a dos defensas en un caderazo y el franco espacio para la pizarra de Messi y Suárez.

Quizá le faltó algo de tocaje en este Barça de las piernas cambiadas, pero tuvo Rafinha mérito en la revitalización y capitalización por la diestra de un Alves que lleva tres años buscando nubes desde su tumbona verde. Cortesías del balompié que se sucedieron mientras Iniesta lesionaba a Bruno sin tocarle, de un quiebro.

Sacrificado el primero en la pira de los cambios, Rafinha caminó sobre su orgullo mientras Luis Enrique, buscando por la hierba sus ideas esparcidas, se rascaba el colodrillo sabiendo que, en la decisiva literatura de la línea central, la poesía pasa por los de antes y la prosa por los de ahora. Sólo su hoja en blanco determinará cómo se escribirá el relato.

12/02/2015

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