‘DB7’

imageSERGIO MENÉNDEZ | Lo que ocurrió el sábado fue algo, por definición, extraordinario. Y no, no nos referimos a la aplastante victoria del Atlético sobre el Real Madrid. Ver a los muchachos de Simeone ponerle a los derbis más huevos que su colega Ancelotti ha pasado a convertirse en toda una tradición. Lo único que tendría de inusual el partido del Vicente Calderón es que, en esta ocasión, los locales, aparte de vencer, convencieron.

Quizá la incógnita resida en la cuota de responsabilidad que debería otorgarse a colchoneros y merengues en el resultado. ¿Mérito de los primeros o demérito de los segundos? He ahí la cuestión. En cambio, si de verdades irrefutables trata la cosa, lo cierto es que los vigentes campeones de Liga fueron el único equipo que se pudo ver sobre el terreno de juego. No estuvo bien el árbitro. Debió parar el partido y suspenderlo de inmediato cuando se pudo comprobar que el conjunto rival decidió no comparecer. Si llegan a saber la magnitud del desastre que se avecinaba, a buen seguro que hubiesen preferido que se les diera el encuentro por perdido y la sanción de tres puntos, pues se habrían ahorrado un gol de diferencia y una humillación como no se producía desde 1987, cuando Menotti y Beenhakker, Futre y Buyo, Salinas y Butragueño. En aquella ocasión, para colmo de males, la derrota se produjo en el césped del Santiago Bernabéu, que tampoco presentaba su mejor aspecto, precisamente.

Cristiano Ronaldo tampoco tuvo el día esta vez. Al igual que las derrotas del Madrid ante el Atlético, que empieza a ser costumbre, según se ha visto en lo que llevamos de temporada, el portugués da la sensación de haber adoptado la ausencia como su patrón de conducta en 2015. Dicen quienes creen conocerle que sigue sin superar la ruptura con Irina y que, teniendo en cuenta todo lo que implica dejar de compartir sus días y, en especial, sus noches con la modelo rusa, es normal que el muchacho se encuentre un poco apático.

Ese desánimo, sin embargo, logró que el sábado comenzara a cundir el pánico en el aficionado merengue, que en cuestión de cuerpos con curvas solamente tiene ojos para las vertiginosas siluetas que se perfilan en su sala de trofeos y asiste con impaciencia al momento en que su estrella recupere el instinto depredador. Mientras, después de que la grada del Manzanares se pasara el partido aullándole a cada balón que tocaba y sembrar las dudas en torno a la inteligencia de un periodista de TV3 en zona mixta, se fue a celebrar su trigésimo cumpleaños con Keylor Navas, Marcelo, James Rodríguez y el cantante Kevin Roldán a un restaurante de La Finca.

Una fiesta que ha dejado, entre otros documentos, un vídeo que tiene profundamente indignado a Jorge Mendes en el que Cristiano, paradigma de la profesionalidad, aparece con sombrero y micrófono de purpurina haciéndole los coros al intérprete colombiano en una actuación al más puro estilo Banco Espírito Santo; una fiesta que se producía, no lo olvidemos, la noche en que el equipo acababa de caer estrepitosamente por 4-0 frente a su irreconciliable vecino; una fiesta que transcurría casi al mismo tiempo que David Barral, jugador del Levante con pasado madridista y fama de crápula, le anotara al Málaga el primer hat-trick de su carrera después de 12 años pateando balones de manera profesional.

He ahí lo verdaderamente extraordinario, en el cambio de tornas, pues no deja de resultar irónico que David Barral, el hombre que provocó una de tantas lesiones de Woodgate cuando ambos trataron de batirse en carrera por un balón en largo durante un entrenamiento con el Real Madrid, que a raíz de su salida del Sporting de Gijón retuiteó y marcó como favorito el comentario de un aficionado que invitaba a que todos aquellos que se alegraban de la marcha del gaditano le comiesen la polla “a muerte”, que destacó su etapa en Turquía como una mala experiencia debido a una comida horrible y la ausencia de alcohol, que inspiró la expresión ‘hacer un Barral’ para hacer referencia a los estados de embriaguez y que el pasado verano se pasó Twitter con unas píricas declaraciones donde comentaba que, como solución digestiva contra el calor, prefería un coño a una sandía bien fresquita, delantero centro de profesión, cosechara por primera vez un logro que Cristiano Ronaldo, abstemio reconocido, inflexible para los horarios y un ejemplo de implicación total en el deporte que, si bien se acabará desempeñando en esa posición, no juega en punta de ataque, obtuvo por vigésimo tercera vez en Liga a principios del pasado mes de diciembre contra el Celta de Vigo, mientras el luso trataba de alejar sus penas en una fusión a medio camino del fado y el electro latino. Ahora, para alegría de los granotas y desesperación de la afición merengue, que desespera por que ese cambio de tornas sea anecdótico y que la tendencia se invierta de nuevo, los dos tienen algo más que un dorsal en común.

09/02/2015

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