Diamantes de sangre

130124162417-mbemba-mbokani-horizontal-large-galleryÁLVARO MÉNDEZ | Aún no ha terminado, pero la Copa de África ya ha dejado multitud de historias, anécdotas y personajes que merecen la pena ser recordados. Y es que, como en toda película en que se narra la vida en el continente olvidado, existen los villanos, los cómplices de los malvados y los héroes. Ahí está, por ejemplo, Guinea Ecuatorial, anfitriona tras la negativa de Marruecos, que ha sido capaz de dejar atrás 13 años sin clasificarse para el gran torneo continental y que en esta edición ha logrado llegar hasta semifinales —de momento—. Todo ello, bajo la más que sospechosa sombra del régimen de los Obiang. Por otro lado están quienes no han sabido estar a la altura, como Camerún, Malí o Gabón, que ni siquiera han pasado de la primera fase. Y, por último, sobresaldrán quienes se llevarán todas las portadas el próximo 8 de febrero cuando alcen al cielo de Bata la ansiada copa.

Sin embargo, los auténticos héroes se esconden en lo más inhóspito de África, allá donde la caoba y el ébano tejen una selva que, por un lado, llena de oxígeno y vida al planeta, y por otro deja a la vista la codicia y el egoísmo de Occidente. Casi con total seguridad se podría afirmar que nadie hubiese apostado por la República Democrática del Congo como posible semifinalista del torneo. Tres empates ante Túnez, Cabo Verde y Zambia fueron suficientes para llegar a cuartos, donde esperaban los vecinos de la otra orilla del majestuoso río Congo. Una milagrosa remontada en la última media hora de juego tras empezar perdiendo 2-0 volteó el marcador hasta el 2-4 final. Kinshasa fue el epicentro de una fiesta que no tiene por qué acabar.

Aunque lo cierto es que el país tiene, desde hace tiempo, muy pocos motivos para la alegría. Más de 20 años de guerra civil tienen la culpa de ello y de los más de cinco millones de personas que han muerto a causa de esta violencia sin escrúpulos. Pero, aun así, las cifras —por muy escandalosas que sean— ni siquiera son capaces de demostrar la realidad de una catástrofe que viene ocurriendo desde hace dos décadas mientras Europa y Norteamérica miran hacia otro lado. Y es que, por muy crudo que sea reconocerlo, Occidente ha espoleado indirectamente las luchas tribales financiando a señores de la guerra para conseguir a un ridículo precio toneladas de diamantes y coltán, ese oro tecnológico que pone en funcionamiento cada uno de nuestros móviles y tabletas.

Por todo ello, el éxito para la República Democrática del Congo en esta edición de la Copa África ya está cosechado. Llegar a semifinales por segunda vez en 40 años y contra todo pronóstico es una auténtica gesta que adquiere una especial dimensión si tenemos en cuenta, además, que apenas cuenta con figuras de primer nivel que despunten en ligas europeas. Los de Florent Ibengé funcionan como una maquinaria de coraje, energía y pasión en la que Dieumerci Mbokani, ariete del Dinamo de Kiev, pone los goles.

El partido de hoy ante Costa de Marfil supone una oportunidad única para dar al pueblo una alegría que ayude a mitigar la tragedia que vive el país. Llegar a la final sería toda una hazaña, pero más importante es aún que el público pueda situar en un mapa dónde está la República Democrática del Congo y localizar en sus corazones el sufrimiento de quienes allí viven. Por desgracia, poco se hablará de ellos a partir de ahora en cuanto termine la Copa de África. Pero que por nosotros no sea.

04/02/2015

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