Aullidos

WolfsburgJULIÁN CARPINTERO | Después de más de un mes de paréntesis invernal, la Bundesliga regresó el viernes pasado con un Wolfsburg-Bayern que prometía ser todo un espectáculo. Segundo contra primero en un Volkswagen Arena a rebosar que guardó un estremecedor minuto de silencio en memoria de su jugador Junior Malanda, el centrocampista belga que falleció en un accidente de tráfico a principios del mes de enero con sólo 20 años. Y a fe que no defraudó a nadie, pues 90 minutos después de que Tobias Weltz decretara el inicio del partido la afición local seguía cantando y saltando. Y no precisamente para combatir el frío que sacudía a la Baja Sajonia, sino porque los hombres de Dieter Hecking acababan de regalarle a su hinchada una noche que tardará mucho tiempo en olvidar.

Fue algo parecido a un rayo. Una sacudida que paralizó al gigante de Baviera y que le dejó a merced de un equipo que pocas veces había hecho tanto honor a su apelativo de ‘lobos’. Sólo se habían cumplido cuatro minutos cuando el flamante finalista del Balón de Oro Manuel Neuer tuvo que recoger de sus redes el primero de los cuatro balones que mancillarían su portería, una escena que el ariete holandés Dost y el fenomenal enganche De Bruyne, ese imberbe ilusionista del balón, se encargaron de convertir en ritual. De poco sirvieron el gol de Bernat y el hecho de que el Bayern aglutinara el 64 por ciento de la posesión, pues la conclusión que arrojó el 4-1 final fue la de que sobre el césped se jugó a lo que quiso el Wolfsburg: bien replegado, con las líneas muy juntas, hizo estériles los intentos de los de Guardiola a la hora de llegar a las inmediaciones de Benaglio y se permitió el lujo de correr a su antojo para buscar la espalda de la adelantada defensa muniquesa. Su aplastante victoria ante el dictador de la competición germana —nunca antes Pep había perdido un choque de Bundesliga antes de ser campeón— vino a representar un puñetazo encima de la mesa que refrendó la sensación de que el conjunto verdiblanco está en disposición de situarse como la segunda fuerza de la locomotora de Europa. Y lo que es más importante, no sólo a nivel futbolístico.

El mal momento del Borussia Dortmund —que en pleno febrero continúa, incomprensiblemente, como colista de la competición teutona— parece haber completado este cambio de poderes en Alemania, un conjunto cuyo resurgimiento en el último lustro de la mano de Jürgen Klopp ha sido uno de los grandes reclamos del torneo para el aficionado europeo. En este contexto, la descapitalización del Borussia, que año tras año se ha visto obligado a prescindir de futbolistas como Şahin, Götze o Lewandowski, contrasta con la inyección económica procedente de Volkswagen con la que siempre ha contado el Wolfsburg, unas cifras que, lejos de disminuir, han aumentado en este intervalo de tiempo. Sólo así se explica la capacidad financiera de una entidad que en las últimas campañas ha hecho desembolsos millonarios por Luiz Gustavo, De Bruyne o Perišić, refuerzos de primer nivel procedentes de rivales directos y a los que desde ayer se ha unido André Schürrle, la joya de la corona sajona, todo un campeón del mundo que desembarca en el Volkswagen Arena a cambio de 32 millones de euros más otros cinco en variables —con los que Mourinho se ha dado el capricho de fichar a Cuadrado—. No en vano, esa solvencia a la hora de realizar incorporaciones de tronío como la de Schürrle no serviría de mucho sin su capacidad para retener a jugadores cuya puerta ya han tocado los grandes del continente, como pueden ser los casos del lateral Ricardo Rodríguez o el pivote Arnold.

Uno de los grandes artífices de este exitoso proyecto es el Director Deportivo Klaus Allofs, antaño goleador irreductible en Fortuna Düsseldorf o Colonia, que tras haber hecho una tremenda labor en el Werder Bremen cogió el timón del Wofsburg en 2012, sólo tres temporadas después de que los ‘lobos’ alzaran su primer —y hasta ahora único— título de la Bundesliga gracias, en gran medida, a la inolvidable dupla goleadora que formaron Grafite y Džeko. Su buen olfato para rastrear el mercado es una de las claves para que equipos con más tradición que ellos, como el HSV, el Schalke o el Gladbach sean incapaces de seguir su vertiginoso ritmo.

Sea como fuere, todavía parece una utopía que el Wolfsburg o cualquier otro equipo de Alemania vaya a ser capaz de disputarle el trono local al todopoderoso Bayern, pero lo que nadie podrá negar es que algo se está moviendo en el norte del país. El corazón de los habitantes de esa ciudad que la empresa automovilística Volkswagen ideó a mediados del siglo XX para que sus trabajadores tuvieran un lugar en el que vivir late ahora al ritmo de los escorzos de Caligiuri, los quiebros de De Bruyne, las estiradas de Benaglio y el pundonor de Naldo. Y lo que esté por venir, porque parece evidente que si el equipo logra clasificarse para la Champions League el goteo de estrellas no habrá hecho más que empezar. Bienvenidos a la era del lobo.

03/02/2015

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