Aduriz

adurizMARIO BECEDAS | El sol traza su aritmética de domingo en la mañana del Ciutat de Valencia. El partido está tenso y sólo un gomazo en el ojo de un delantero puede romper la elastina del juego. Aritz Aduriz recibe de espaldas al portero, se da la vuelta zafándose de los tacos en alto de dos defensores y bate por bajo y a palo cambiado a Mariño. Escupe denuestos Alcaraz en la banda y el Levante choca contra el iceberg de su estadio.

La maniobra de auténtico ‘9’ desarruga el pergamino de Aduriz, su cara de niño travieso pero asustado, capaz pero temeroso. Ha vuelto a marcar en Liga y su equipo piensa en alejarse del averno. El suplicio de La Catedral lo es menos alejados de las ‘txapelas’ con entrecejo, la exigencia del socio. Confeccionado de ikurriña, lleno de combustible Petronor en la pechera, el ariete vasco remata la faena en el descuento.

Balón que entra al área, Aduriz que baila con el aire y un sutil golpe que entra por media vaselina a la red, procaz humillación para el conjunto local. Alcaraz es un pebetero al lado del cuarto árbitro y los leones piensan en volver a rugir. Todos hemos vuelto a disfrutar de ese punta que quisimos ser en el patio del colegio.

Con este golpe en la mesa Aduriz rompía con una de las obligaciones del delantero más puro que el cacao, la de las rachas. A cinco partidos seguidos marcando se suceden otros cinco sin oler puerta, llenos de desesperación y frustración. Una dinámica lejana a la de las grandes estrellas que no son puntas, ni extremos, ni mediapuntas y que, por supuesto, marcan todas las jornadas del campeonato nacional.

El ajo en la portería fue en este caso la Copa del Rey, amuleto de fe en la aorta del Athletic. Frente al Málaga, en ese eterno retorno que es repetir entre ida y vuelta de Copa el anterior partido liguero, Aduriz hizo el 1-0 decisivo. Tan desquiciado estaba por volver a meterla, que después reconoció a la prensa su temor ante el fallo: “Me he acojonado vivo”. Unas declaraciones que dicen más de lo que dicen.

Con estas palabras Aduriz pone en el mostrador la idiosincrasia del delantero. Su velocidad de reacción. Su sapiencia en el gol. Cuando cualquiera recibe un balón en las altas latitudes y lo golpea de inmediato sin vacilar, nuestro protagonista sabía cuándo le iba a llegar al pie, cuánto iba a tardar en preparar la pezuña y si ese golpeo iba a ir dentro o no. Una experiencia acumulada a base de años, un orgullo para el fútbol de los años 50.

Cresta de niño, muslo de Zarra, gamberrismo aplacado, juventud eterna, irregularidad manifiesta, hijo de las grandes noches, carne de racha, borrachera del remate, malabarista del área y bailarín de defensas, Aduriz, que en su paroxismo no lleva el ‘9’ en la espalda, sino el ’20′, no es que haya vuelto, como dicen las rotativas; en realidad, nunca se había ido.

02/02/2015

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