Wilfred

wilfredMARIO BECEDAS | Está jugándose la Copa de África, pero eso importa poco. Ni siquiera un clásico como Nigeria está en el torneo, pero eso importa menos. El fútbol, especialmente el africano, pasa hoy por el velatorio de Wilfred Agbonavbare, sonrisa de marfil pegada a un portero que nos ha dejado para siempre y como lo hacen los héroes: arrasado por la vida.

Wilfred fue nuestro primer cromo del Rayo Vallecano, el artífice de un glorioso empate de los franjirrojos en el Bernabéu en 1993 y uno de esos mitos que se nos esfuman poco antes de la retirada para resurgir por algún motivo extradeportivo. Escrutando como dato que jugó con Nigeria el Mundial del 94 y que se retiró en el Écija, no nos volvimos a preocupar de él hasta que los faros de la televisión nos deslumbraron en la carretera del olvido.

Un armazón como Wilfred estaba, 20 años después de todo aquello, colocando paquetes en el Adolfo Suárez-Barajas una media de siete noches a la semana. Los brazos que cada domingo despejaban tantos balones ahora eran una máquina de empaquetar. El motivo no era otro que una fortuna dilapidada en mandar dinero a su mujer para que saliera del cáncer: no lo consiguió.

Dispuesto después del serio revés a traerse al resto de su familia desde Nigeria y ahorrar para construir una escuela de fútbol allí, Wilfred empaquetaba y empaquetaba, llorando ante la cámara de La Sexta pero sin borrar la sonrisa: “Tengo que trabajar y trabajar”. Todo el mundo se conmovió ese domingo por la noche, pero nadie fue capaz de ofrecerle nada. El lunes todo sería igual.

Siguieron cayendo las frías noches en Barajas, como gajos de desesperación, hasta la vuelta de tuerca que todos tememos. A Wilfred se le diagnosticaba un cáncer de difícil solución, como si alguno la tuviera fácil. El partido de la vida se tornaba en contrarreloj: había que traer a su familia a España para que sus hijos, al menos, pudieran despedirse de él.

No había dinero, parecía un imposible, y en el Madrid de los pequeños nidos de solidaridad entre fondos buitre apareció Carmen, la mujer a la que el Rayo ayudó contra el desahucio, que puso encima de la mesa el dinero que le sobró de su finanza para que la familia de Wilfred viniera a Madrid. Por supuesto, la burocracia lo ha evitado y los hijos han tomado tierra cuando su padre ya sólo está presente en su recuerdo.

Es la enésima desgracia de una vida llena de golpes, avatares y humillaciones. La resistencia de una persona ante la adversidad, la enfermedad y la muerte. El reto de levantarse cada día y sonreír como hizo Wilfred, con sus palmas reventadas, con sus córneas llorosas y sacando el corazón por la boca. Luchando por los suyos hasta el final y con el premio de no poder dar la mano a sus hijos en la agonía ni recibir el beso de la mujer que amó hasta el final.

Qué hacer ante esto. Qué pensar frente a una lección así. ¿Nos odiamos? ¿Nos cabreamos? ¿Nos matamos por el fútbol y por todo lo demás? ¿Despreciamos los instantes? Es increíble que, en el transcurso de la vida, sea la muerte la que a veces alumbre la ruta. Gracias al fútbol, esta vez, porque es el que nos ha vuelto a abrir los ojos. Hasta siempre Wilfred, ya eres camino.

28/01/2015

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