La suerte de Kuwait

imageSERGIO MENÉNDEZ | El nombre de Kuwait permanecerá ligado en la memoria colectiva hasta nueva orden a la Guerra del Golfo, el conflicto armado que se declaraba oficialmente la mañana del 2 de agosto de 1990, fecha en que el ejército de Irak decidió invadir a sus vecinos del sur para después anexionarse su territorio. Bautizada como “la madre de todas las batallas” por Sadam Husein, presidente de Irak en aquel momento, parece ser que los motivos que desencadenaron la ocupación militar, si bien a día de hoy no están todavía claros, tuvieron que ver con la presencia de un yacimiento de petróleo en Rumalia —una parcela de terreno situada en la frontera entre los dos países cuyos límites nunca habían quedado bien definidos— donde los kuwaitíes habían estado llevando a cabo extracciones a lo largo de la década de los 80, según sostenía el Gobierno de iraquí. Un hecho que venía a constituir, en definitiva, la apropiación indebida de unos recursos que, al menos en parte, les pertenecían, y habrían permitido al emirato aumentar de forma notable su producción, desencadenando así la depreciación del barril de crudo y, en consecuencia, un problema al resto de miembros de la OPEP. Particularmente a Irak, que amenazó con hacer uso de la fuerza si Kuwait no rebajaba su ritmo de extracción.

No debieron los kuwaitíes satisfacer del todo las exigencias del dictador de origen suní y complejo de Saladino, que mandó a sus carros de combate y tropas de infantería cruzar la frontera en una maniobra que condujo al que se considera el primer conflicto armado emitido por televisión. Destellos de color verde que encendieron las noches de Oriente Próximo durante siete meses hasta que una coalición militar enviada por la ONU y liderada por Estados Unidos obligó a las fuerzas invasoras a replegarse, devolvió el orden en el país y permitió al emir Yaber Al-Ahmad Al-Yaber Al-Sabeh volver a palacio.

Cultura general aparte, en lo que a conocimientos futbolísticos se refiere, seguro que muchos aficionados españoles recuerdan de forma especial a la selección de Kuwait que participó en el Mundial disputado el verano de 1982 en nuestro país. Y no porque se tratara de una selección especialmente talentosa, ni mucho menos. De hecho, nunca se han destacado los hombres de ‘Al Azraq’ —en árabe, ‘El Azul’— por practicar un fútbol exquisito. Obviando la Copa de Naciones del Golfo, título que ha levantado hasta en diez ocasiones (más que ningún otro país) y la Copa de Asia, un torneo que desde el pasado 9 de enero celebra en Australia su decimosexta edición y que Kuwait conquistó en 1980, la de Naranjito es la única cita mundialista que ha contado con su exótica intervención. Mereció la pena, sin embargo, su presencia, pese a que el combinado entonces dirigido por Carlos Alberto Parreira cayó en primera ronda, sólo por el espectáculo que el Presidente de la Federación de Fútbol de Kuwait protagonizó sobre el césped del José Zorrilla en el partido que les enfrentó a la Francia de Michel Platini el 21 de junio de aquel año. Un episodio que superó en surrealismo la decisión de incorporar a la expedición un camello que hiciera las veces de mascota y que acabarían donando a un zoológico de Bilbao toda vez que su labor deportiva había finalizado.

Corría el minuto 83 de encuentro cuando se escuchó un fuerte pitido en el campo. Los jugadores, creyendo que el árbitro había detenido el juego, se volvieron hacia Miroslav Stupar para saber qué había señalado. Cuál fue su sorpresa, sin embargo, cuando vieron que el colegiado extendía los brazos indicando que siguiese la acción, lo que generó entre los futbolistas kuwaitíes una confusión que el cuadro galo aprovechó para marcar y poner el 4-1 en el marcador. Al parecer, el silbido se había producido desde un sector de la grada. No contaban los chicos de Michel Hidalgo con que el Presidente de la federación rival, Fadh Al-Ahmad Sabah, un hombre con tanto carácter como espesura de bigote, ostentara al mismo tiempo el cargo de hermano del emir, lo que terminó de cargarle de razón a la hora de bajar en persona a la bocana de vestuarios, ordenar desde la banda a sus jugadores que se retiraran del terreno de juego y compartir su indignación por lo sucedido con el trencilla soviético. Todo, por si fuera poco, bajo la estupefacta mirada de los policías españoles, que asistían a la escena con incredulidad.

El caso es que, tras diez minutos de conversación donde, a juzgar por las conclusiones, el jeque desplegó todas sus habilidades para la sugestión, en una decisión sin precedentes, Stupar optó por anular el tanto de Alain Giresse y reanudar el partido mientras Fadh Al-Ahmad Sabah regresaba a la tribuna, ahora sí, bien vigilado por los agentes . “La mafia es pequeña al lado de la FIFA. No me importan las sanciones. Yo me iré y otro cubrirá mi puesto. Yo no obligué al árbitro a anular el gol, lo hizo porque estaba convencido”, aseguró al concluir un choque en el que Francia terminaría logrando el cuarto gol que se le había negado a un minuto del descuento por mediación de Maxime Bossis.

Más de 20 años después de aquel disparate, no parece que la suerte de Kuwait haya cambiado mucho, pues su selección se encuentra a estas alturas eliminada de la Copa de Asia después de ser derrotada por Australia (4-1), Corea del Sur (0-1) y Omán (1-0) y firmar junto a Corea del Norte la peor actuación del torneo a falta de que los grupos B y D disputen entre hoy y mañana la última jornada de la ronda de clasificación para las eliminatorias finales. Y eso que en su primer enfrentamiento contra Australia los kuwaitíes pegaron antes. ¿Qué fortuna cabía esperar, no obstante, si la única diana que has logrado en la competición la ha anotado un jugador que se llama Ali Hussain? Ironías del destino y la dicción.

19/01/2015

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