The end

MagiaresMágicos

Segundo por la izquierda en la fila de arriba, Jenő Buzánszky fue el último ‘magiar mágico’ con vida.

JULIÁN CARPINTERO | El pasado domingo aún estaba desperezándose cuando saltó la noticia del triste fallecimiento de Anita Ekberg, la actriz sueca que Fellini inmortalizó en “La dolce vita” bañándose en la Fontana di Trevi delante de un Marcello Mastroiani que, incomprensiblemente, parecía que nunca se iba a desabrochar los cordones. En el momento de su muerte —que se produjo en la villa romana de Montegiove—, la exuberante rubia de Malmö tenía 83 años, seis menos que Jenő Buzánszky, quien también se marchó este 11 de enero siendo el último sobreviviente de aquellos ‘Magiares Mágicos’ que revolucionaron el mundo del fútbol a mediados del siglo XX, la misma época en la que la belleza de Ekberg hizo perder la cabeza a Frank Sinatra y a Gary Cooper.

Jenő Buzánszky dijo adiós. El ex futbolista y entrenador húngaro llevaba un mes ingresado en el Hospital de Esztergom, donde había sido operado a causa de unos problemas de salud que llevaban años atormentándole y de los que su familia no ha querido facilitar los detalles. Con su muerte se cierra una de las páginas más brillantes de la historia del balompié, la de aquella generación de futbolistas que hicieron de Hungría una de las mayores potencias a nivel futbolístico en la década de los 50 y a la que sólo una confusa tarde impidió coronarse campeona del mundo. En este contexto, su legado fue tan grande que incluso sirvió para desmitificar ese dogma que pregona que la historia únicamente recuerda a los vencedores, pues los ‘Magiares Mágicos’ y la Naranja Mecánica, su digna evolución, seguramente sean los ejemplos más palpables de que la forma puede ser más importante que el fondo.

El fallecimiento de Grosics, el arquero que custodió la meta de la filarmónica de Sebes, en junio del año pasado dejó a Buzánsky como el único representante vivo de aquella selección con la que debutó el 12 de noviembre de 1950 en un empate 1-1 frente a Bulgaria. Por aquel entonces tenía 25 años y jugaba para el modesto Dorogi Bánsyász, un pequeño club del norte del país cuya camiseta también había defendido su amigo Grosics antes de poner rumbo al Honvéd, el equipo del Ejército comunista. Porque si algo definió a Buzánsky durante su carrera eso fue el amor a los colores del Dorogi, al que nunca abandonó a pesar de los cantos de sirena con los que le tentaron desde Budapest. Esta decisión le impidió ganar ningún título a nivel de club, ya que la final de Copa que en 1952 perdieron ante el MTK sigue siendo, a día de hoy, la gesta más importante de una entidad que en la actualidad vaga por la tercera categoría del fútbol húngaro y que durante la época de esplendor del mismo nunca pudo competir con los gigantes capitalinos, que presumían de Bozsik, Puskás, Hidegkuti o Czibor.

Sin embargo, la poca relevancia del Dorogi no fue óbice para que el seleccionador Gusztáv Sebes convirtiera a Buzánsky en el tercero de los mosqueteros que protegían la portería de Grosics junto a Lóránt y Lantos. Su primer gran torneo llegó en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952, a los que Hungría llegó tras dos años imbatida y en los que hizo buenos los pronósticos que la daban como favorita al colgarse el oro ante Yugoslavia. Buzánsky fue titular en cuatro de los cinco encuentros, incluido el 6-0 de semifinales frente a Suecia, la vigente campeona, un experimento que terminó de consolidar la columna vertebral del equipo antes de su canto de cisne.

AnitaEkberg

Federico Fellini y Anita Ekberg durante el rodaje de la famosa escena de “La dolce vita“.

Un año después del triunfo olímpico —donde el fútbol todavía estaba reservado a los amateurs— los ‘Magiares Mágicos’ se alzarían con la victoria en la llamada Copa del Doctor Gerö, un campeonato en forma de liguilla impulsado por el austriaco Hugo Meisl que dirimía quién era la mejor selección de Europa central y al que acudían Austria, Italia, Checoslovaquia, Suiza y Hungría (Yugoslavia sólo participó en su última edición, la de 1960). El ‘Aranycsapat’, nombre con el que se conoció a la escuadra en Hungría, derrotó a Italia por 3-0 en el último partido como preludio del acto principal, que llegaría en noviembre, cuando humillaron a Inglaterra en el famoso Math of the century de Wembley por 3-6 con un triplete de Hidegkuti, otro par de Puskás y otro más de Bozsik y una nueva presencia de Buzánsky en la línea de tres defensiva.

Aquella exhibición catapultó al estrellato a Sebes y sus chicos y los situó como claros favoritos para hacerse con el Mundial de Suiza del año siguiente. Antes de que el balón rodara en tierras helvéticas, los ingleses, más heridos en su orgullo que nunca, pidieron jugar un partido de revancha, esta vez lejos de las islas, con el objetivo de demostrar que si ellos habían inventado el fútbol por algo sería. Nada más lejos de la realidad, Hungría redobló la apuesta y apabulló a los ‘Three Lions’ por 7-1 sin que Billy Wright, Finney y compañía tuvieran tiempo de pestañear. Una vez más, Buzánsky volvía a ser de la partida en ese rol coral escaso de brillo pero tan necesario para que los tenores principales pudieran afinar sus voces. Ya inmersos en la Copa del Mundo, los ‘Magiares Mágicos’ se pasearon en la fase de grupos con sendas goleadas contra Corea del Sur (9-0) y la RFA (8-3), antes de imponerse a Brasil en La Batalla de Berna y  a Uruguay, que ostentaba la estrella de campeona, para plantarse en una final a la que los húngaros llegaron cansados y mermados físicamente. Sólo así se entiende que Fritz Walter y Rahn tallaran el milagro y cortaran la racha magiar —que era de 32 partidos sin conocer la derrota— en el momento más inoportuno. El ‘Aranycsapat’ dejó escapar una oportunidad histórica, pero no se deshizo en la final de Berna, sino que aún cosecharía victorias importantes como el triunfo ante Escocia en el santuario de Hampden Park (2-4) en 1955 o el 0-1 ante la URSS un año después.

Ni en vida ni una vez muerto tendrá Buzánsky la dimensión y el reconocimiento de sus compañeros, pero lo que nadie podrá negarle es haber pisado los mismos campos que ellos a la hora de forjar un equipo de leyenda que ha perdurado en el tiempo por la gran influencia que ejerció en las décadas posteriores. Vaya donde vaya, a Buzánsky le esperarán con los brazos abiertos Budai, Kocsis, Zakariás y el resto de los ‘Magiares Mágicos’. La única diferencia es que Buzánsky, aunque tarde, llegará de la mano de Anita Ekberg como si de Mastroiani, Sinatra y Cooper, todos al mismo tiempo, se tratara. Y ahí, en la compañía, sí que será el mejor de todos.

13/01/2014

Anuncios

One thought on “The end

  1. Precioso y sucinto artículo en homenaje a Buzansky y el equipo de oro húngaro. Sin olvidarse de Anita, claro está. Muy conmovedor.
    He visto juegos de los magiares y no conozco nada igual en el fútbol. El más hermoso y emocionante ejemplo de este deporte.
    Felicitaciones a tu acertada pluma.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s