Cuarto en discordia

imageSERGIO MENÉNDEZ | “A la gente le encanta hacer comparaciones. Si repasamos la historia, por coincidencia, a mí siempre me han comparado con los argentinos. Con los europeos como Beckenbauer, Cruyff o Best, no me ocurría. Primero fue con Di Stefano, después con Sívori, de quien se ha olvidado ya todo el mundo, luego con Maradona y ahora han empezado con Messi. Los argentinos no saben ni cuál es el mejor futbolista de su historia. Yo les propongo lo siguiente: decidan, en primer lugar quién ha sido el mejor en Argentina; después, veamos quién ha sido el mejor del mundo”.

Fue un 13 de enero de 2014 cuando Pelé recibió en Zúrich el primer Balón de Oro honorífico desde que el galardón que hasta ese momento venía designando al mejor jugador del año por la revista France Football se fusionó con el FIFA World Player. La ceremonia de entrega, además de suponer la ruptura del monopolio que hasta entonces había instaurado Leo Messi al hacerse con el trofeo que desde 2010 pasó a denominarse FIFA Balón de Oro durante tres ediciones consecutivas en favor de Cristiano Ronaldo, le valió al máximo organismo del fútbol internacional para reconciliarse con su pasado y conceder al astro brasileño un premio al que nunca pudo aspirar en activo por no haber nacido en Europa, requisito indispensable a la hora de hacerse con la preciada esfera.

Al menos, así se produjo hasta que en 1995 la cabecera gala decidió suprimir esta condición para condecorar al liberiano George Weah y hacer lo propio con Diego Armando Maradona en compensación por los impagables servicios que prestó al fútbol a lo largo de su carrera con el que, en realidad, constituye el primer Balón de Oro honorífico que se entregó con ese nombre. Porque a Diego, al igual que le sucedió a ‘O Rei’, el hecho de gozar de pasaporte argentino jamás le permitió ser reconocido oficialmente como el mejor jugador del mundo. Un episodio que le valió a ‘El Pelusa’ para mandar un enésimo recado su némesis futbolística cuando hace aproximadamente un año, escudándose en esa suerte de cambio de era que se produjo con la fusión de FIFA y France Football, se mostró orgulloso de recibir un premio que, según sus propias palabras, venia a constituir el primero que se fallaba en reconocimiento a la contribución mas importante realizada hasta ese momento a la historia del fútbol. Indignado con la falta de memoria de Pelé, el crack de Lanús se apresuró a los pocos días a llamar la atención sobre el error que había cometido al congratularse a ese respecto y olvidar que él había sido ya distinguido como mejor futbolista de todos los tiempos hacía aproximadamente 20 años. “Pelé volvió a llegar segundo. Le pasó con Senna cuando los brasileños tuvieron que elegir al mejor deportista de su historia y ahora conmigo. Esta acostumbrado a llegar segundo”, dijo.

Declaraciones que el ídolo del Santos aprovechó para destacar la falta de criterio por parte del pueblo argentino a la hora de discernir al jugador más brillante de su historia entre Alfredo Di Stefano, el propio Maradona, Leo Messi y Enrique Omar Sívori, un cuarto hombre que, si bien no disfruta en la actualidad del mismo espacio que el resto de sus compatriotas ocupan en la memoria colectiva, como señalaba el propio Pelé, constituye uno de los peloteros más talentosos que jamás ha conocido su país. De hecho, cuenta en su palmarés con un título que esa divinidad de pelo rizado considerada de manera prácticamente universal como el mejor futbolista que caminará sobre el planeta no pudo conseguir mientras estaba en activo, pues es junto a ‘La Saeta Rubia’ y ‘La Pulga’ el único jugador nacido en suelo argentino en conquistar el Balón de Oro. Sucedió en 1961, mientras militaba en las filas de la Juventus, al imponerse a Luis Suárez, el único jugador español en obtener el premio justo el año anterior como jugador de aquel Barcelona dirigido Helenio Herrera, y Johnny Haynes, del Fulham. Sin embargo, lo que resulta de verdad anecdótico es que, al igual que Di Stefano, que a pesar de su origen argentino pudo conquistarlo en 1957 y 1959 gracias a que también contaba con la ciudadanía española, Omar Sívori, conocido en su círculo de confianza como ‘El Cabezón’, repetiría la hazaña dos ediciones después, pero en representación de Italia.

Oriundo de San Nicolás de los Arroyos, ciudad situada en el extremo norte de la provincia de Buenos Aires, el pequeño Omar aprendió a jugar al fútbol en esa cantera de picadito y potrero que tantos futbolistas ha formado a pie de calle. Fue allí donde Sívori desarrolló junto a esa personalidad tan fuerte y las incuestionables dotes de liderazgo que siempre le caracterizaron sobre el terreno de juego una calidad e intuición como mediapunta que le catapultaron a las categorías inferiores de River Plate, camiseta con la que debutó en primera división el 4 de abril de 1954 a las órdenes de José María Minella, apenas un año después de alcanzar la mayoría de edad. Narran las crónicas de entonces que nadie había sido capaz de desplazar hasta ese momento de la titularidad al mítico Ángel Labruna, leyenda del club y pieza fundamental de la delantera franjirroja que triunfó a lo largo de la década anterior bajo el nombre de La Máquina, hasta su irrupción en el equipo.

Tres temporadas completó Sívori en las filas del plantel millonario en las que contribuyó a conquistar otros tantos títulos de liga (1955, 1956 y 1957). No pasó desapercibido en absoluto su prometedor futuro a ojos de las Juventus, que al finalizar esa temporada le fichó a cambio de un desembolso récord para los tiempo que corrían: 10 millones de pesos argentinos. Un dinero que, según se pudo conocer con el tiempo, permitió finalizar la construcción del Monumental. Previamente a su llegada al conjunto turinés se produjo, no obstante, la más brillante de sus actuaciones con la Selección albiceleste. Fue durante el Campeonato Sudamericano de 1957 disputado en Perú, una cita donde el combinado dirigido por Guillermo Stábile cautivó a propios y extraños gracias, en particular, al papel que Sívori, elegido mejor jugador del torneo, protagonizó junto a Orestes Corbatta, Antonio Angelillo, Humberto Maschio y Osvaldo Cruz, quinteto atacante conocido como ‘Los Ángeles Carasucias’ que escribiría su propio capítulo en la historia al imponerse a Brasil en la final.

Al servicio de la ‘Vecchia Signora’ formó en compañía del italiano Giampiero Boniperti y el galés John Charles, alias ‘El Gigante Bueno’, otra delantera de ensueño que agrandó su palmarés con tres Scudettos (1958, 1960 y 1961), dos Coppas de Italia (1959 y 1960), un título de ‘Capocannoniere’ en la campaña 1958/59 y el mencionado Balón de Oro de 1961, poco después de finalizar los trámites para obtener la nacionalidad italo-argentina. Un trayectoria que acabaría por culminar disputando con la Selección ‘azzurra’ el Mundial de Chile de 1962 y marchándose a Nápoles en 1965 para convertirse, como lo hizo décadas mas tarde Maradona, en todo un héroe para la afición local. Estadísticas que, pese a todo, no han impedido que Enrique Omar Sívori se haya visto condenado con el tiempo al ostracismo y que suponen une nueva muestra de lo injusto y cruel que puede llegar a ser en ocasiones este deporte.

05/01/2015

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