Un derbi a caballo entre Tyne y Wear

imageSERGIO MENÉNDEZ | La escena se produjo el 14 de abril de 2013, fecha en que St James’ Park acogía el encuentro entre Newcastle y Sunderland correspondiente a la segunda vuelta de la Premier League. Un partido considerado por el mismísimo Bobby Robson, natural de Sacriston, un pequeño pueblo de Durham, condado que limita en su parte más septentrional con Tyne and Wear, la región metropolitana que comprende a ambas ciudades, como “el derbi más importante de Inglaterra”. Un partido que no entiende de rachas, estadísticas o momentos de forma, donde lo único que importa es ganar, simplemente por el hecho de que una derrota suele llevar implícita una condena en forma de burlas a cargo de la hinchada rival que se repite de manera constante hasta la repetición del choque. Un partido que los seguidores de ambos conjuntos viven con tremendas dosis de pasión, capaz incluso de despertar los instintos más bajos del aficionado que asiste al resto de encuentros tranquilo, el trasero bien pegado al respaldo de su butaca, sin apenas aventurarse a levantar la voz cuando su club perfora las redes. Así sucedió, precisamente, aquella mañana en que Las Urracas cayeron frente a Los Gatos Negros por 0-3 en su propia casa y las inmediaciones del estadio se convirtieron, en cuestión de minutos, en un verdadero campo de batalla entre la policía y los indignadísimos hinchas locales.

Stéphane Sessègnon, Adam Johnson y David Vaughan fueron los culpables, con sus chispazos a modo de goles, de que se prendiera la mecha y un incendio se desatara en el nido de sus eternos rivales. El descontento y la locura colectiva cundieron en el ambiente hasta tal punto que la gente se vio en la imperiosa necesidad de salir a la calle a sofocar su enfado a costa del mobiliario urbano. Y, claro, a las autoridades no les quedó otra alternativa que intervenir. La escalada de violencia, sin embargo, lejos de remitir, crecía por momentos. Había llegado la hora, por tanto, de solicitar refuerzos a la caballería.

Y es entonces cuando entra en juego Barry Rogerson, de 45 años, un operario industrial en paro de Bedlington, Northumberland, que presenciaba con el rostro tapado por una bufanda blanquinegra y enfundado en una camiseta del Newcastle el lanzamiento de adoquines y botellas de sus camaradas a los efectivos de las policía montada. El caso es que, se desconoce si llevado por la confusión o su evidente borrachera, según vio cómo un agente se le acercaba para pedirle que se alejara de la zona, Rogerson la emprendió a puñetazos con Bud, un caballo perteneciente a las fuerzas de policía de West Yorkshire, al que asestó un gancho de derecha en pleno hocico sin mediar palabra ni relincho ninguno y motivó que varios compañeros a pie se le abalanzaran a fin de reducirle. Una agresión por la que Barry fue condenado más tarde a 12 meses de prisión y la prohibición de asistir a cualquier partido de fútbol que tuviera lugar en el Reino Unido y que ilustra a la perfección la atmósfera de tensión que suele rodear al denominado Derbi de Tyne-Wear.

Se trata, como no podía ser de otra manera, de una rivalidad centenaria. Bastante más antigua que el propio fútbol, de hecho, pues su origen se remonta a mediados del siglo XVII, a los años de la Guerra Civil Inglesa que enfrentó a monárquicos y parlamentaristas, donde los habitantes de Newcastle y Sunderland, que en ese momento pertenecían a condados diferentes, lucharon en bandos opuestos. Una hostilidad que se recrudeció posteriormente con ocasión de los levantamientos jacobitas que se sucedieron entre 1688 y 1746, la Revolución Industrial y que se hizo evidente cuando los dos equipos se midieron por primera vez sobre un terreno de juego en 1883.

La última edición de este enfrentamiento la pudimos vivir el pasado domingo en el mismo escenario en que se produjo la pelea de Barry Rogerson contra Bud. Si entonces fue Paolo di Canio, técnico del Sunderland, quien se erigió en protagonista de la zona técnica al celebrar la victoria al más puro estilo de José Mourinho, en esta ocasión le tocó a Gustavo Poyet, actual entrenador de los ‘Black Cats‘, y, en particular, a Mauricio Taricco, su asistente, que festejaron el gol con el que Adam Johnson sellaba el triunfo visitante como si acabaran de ganar el Mundial. En lo que a las aficiones se refiere, el encuentro se desarrolló en un ambiente de absoluta normalidad. De hecho, el único incidente que hubo que lamentar se produjo sobre el césped, cuando a Steven Taylor, central de los ‘magpies’, se le abrieron las carnes del rostro a la altura de la frente y el pómulo derecho tras golpearse la cara con el poste intentando evitar que el balón rebasara la línea de gol de su portería. Los caballos, por su parte, a diferencia de las urracas, salieron ilesos esta vez.

23/12/2014

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