La gloria tras la ‘Casi’

1391248261_extras_noticia_foton_7_1ÁLVARO MÉNDEZ | El nombre de Heysel siempre evoca una extraña sensación de frío y pánico para todo buen amante del fútbol. La tragedia vivida en el coliseo belga aquel fatídico 29 de mayo de 1985 supuso un shock del que el balompié continental tardó mucho tiempo en recuperarse. Sin embargo, el Estadio de Heysel es también un escenario maldito para el siempre sufridor seguidor rojiblanco, ya que allí se vivió una de las noches más negras del Atlético de Madrid.

Corría el mágico año 1974 cuando el equipo colchonero liderado por Luis Aragonés llegó a la final de la Copa de Europa tras dejar en el camino a Galatasaray, Dinamo de Bucarest, Estrella Roja y Celtic. Por primera vez en la historia, el Atlético llegaba a una gran final tras años a la sombra del otro equipo de la capital, del que siempre se llevaba los elogios del mundo entero, del siempre odiado Real Madrid. Frente a los rojiblancos, el todopoderoso Bayern de Múnich de Beckenbauer, Müller Hoeneß que venía de ganar cuatro Bundesligas en los últimos cinco años se alzaba como favorito indiscutible para elevar al cielo belga la deseada ‘Orejona’.

Tras unos primeros 90 minutos de intenso toma y daca pero de sequía goleadora, el encuentro se hubo de decidir en la prórroga. Fue el gran momento de ‘Zapatones’, el de ese mágico derechazo que superó la barrera germana para alojarse en la portería defendida por Sepp Maier. A seis minutos del final del tiempo extra, Neptuno se erigía en Júpiter y dejaba la gloria al alcance los dedos. Pero, instantes después, llegó la fatalidad. En aquel cruel minuto 120 Schwarzenbeck obró el milagro bávaro y sumió a la escuadra rojiblanca en la desesperación al anotar el gol del empate. 1-1 en el marcador y pitido final.

El experimento de la UEFA de celebrar el desempate dos días después dejó a un Atlético hundido que apenas pudo defenderse de los envites germanos. Las lágrimas de Ufarte, Bejarano y Miguel Reina todavía no se habían evaporado del terreno de juego y sendos dobletes de Hoeneß y Müller grabaron un deshonroso 4-0 en la mente de la afición del Manzanares. La imagen de la parábola del ‘Sabio de Hortaleza’ se desvaneció de golpe y el Atlético experimentó en sus propias carnes lo que años más tarde dictaría Gary Lineker: “El fútbol es un deporte que se juega once contra once y donde siempre ganan los alemanes”. Tan cerca y tan lejos. De la gloria a la infamia. “Casi”, siguen repitiendo los más nostálgicos con una mezcla de tristeza, rabia e impotencia.

Sin embargo, el caprichoso destino que ese día le arrebató una Copa de Europa en el último suspiro decidió conceder una segunda oportunidad al Atlético de Madrid. En una actitud clara de desprecio hacia la competición, el Bayern de Múnich se negó a disputar la Copa Intercontinental debido a una supuesta incompatibilidad de calendarios, por lo que la UEFA ofreció la posibilidad de jugarla al equipo rojiblanco. Independiente de Avellaneda esperaba al otro lado del charco, en una abarrotada Doble Visera’ teñida de rojo. Más de 60.000 almas empujaban a los discípulos de Roberto Ferreiro, que acorralaron a los pupilos de un Luis Aragonés que acababa de cambiar el césped por los banquillos. ‘Mencho’ Balbuena marcó el único tanto del encuentro para los locales, dejando abierta de par en par la vuelta en el Calderón.

Fue entonces cuando Luis consiguió que la maquinaria atlética funcionara a la perfección. Apoyado en la magia y el control de Adelardo, Gárate y Heredia, las oportunidades no tardaron en llegar e Irureta abrió el marcador en el minuto 34. El asedio continuó en la segunda mitad y, en esa recta final que tan cuesta arriba se le hizo al Atlético en aquella maldita noche de Heysel, Ayala logró anotar el segundo gol para dar la vuelta al resultado obtenido en Argentina. Era el minuto 84. Quedaban seis para la conclusión del partido. Seis. Como en Bélgica.

Pero esta vez el final fue bien distinto. El colegiado chileno Carlos Robles puso el punto y final a 90 minutos de infarto y el Atlético de Madrid se proclamó ganador de la Copa Intercontinental, ese galardón que estaba reservado únicamente para los más grandes de Europa y Sudamérica. Por primera vez el equipo rojiblanco se alzaba con un gran título mundial. Por primera vez pudo despojarse de la tan manida etiqueta de ‘Pupas’. Y, por primera vez, ser segundo no les convirtió en el primero de los perdedores, sino en el primero de los campeones.

19/12/2014

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