El año de las luces

mundialito2009MARIO BECEDAS | No se podían imaginar ni Messi ni Sabella que cinco años después iban a estar a punto de ganar un Mundial el uno a las órdenes del otro, aunque no se sabe muy bien en qué dirección. Es un milagro comprobar que a Guardiola aún se le veían las patillas y que a Pedro recoger el ‘7’ de Villa temporadas después lo mató: era 2009 y los escaparates de Barcelona estallaban cada pocas semanas.

Fue la borrachera de títulos, la orgía del ‘Sextete’, el milagro no igualado, seis entorchados alzados al cielo en unos seis meses. Los contenedores condales ardían en una vorágine que no paraba de emanar de Canaletas. El Barça había hecho historia en un año, el primero de Pep, y vestido de un rosa que unas veces parecía salmón y otras un Petit Suisse, buscaba su primer Mundialito de Clubes: el premio a esa Champions de Roma arrebatada a un United de récord: no tocó el balón en 90 minutos.

Con Laporta aún pardo de noche, Guardiola aprovechó la confusión de los festejos y se pulió a un Eto’o que ya amenazaba con enseñarle el esmalte de los dientes a Messi. En ese interludio llegó Ibrahimović, un gigante desconocido en la comarca de los locos bajitos. Con todo ese andamiaje el Barça siguió aplastando rivales, hasta que diciembre trajo su siempre necesaria cuota de exotismo.

Traía el Mundialito un recuerdo amargo a los blaugranas. Existía el precedente de 2006, cuando por primera vez el equipo disputaba este formato de torneo que no era más que una vuelta de tuerca a nuestras amadas intercontinentales jugadas en Japón, esos partidos que nos hacían sentir como Bill Murray en ‘Lost in Translation’ y que aprovechaban los jugadores para llenarse las maletas de tecnología nipona en las tiendas del país. Pero Ronaldinho hincó la rodilla en tierra y no la volvió a levantar.

Tres años después, un Guardiola que entonces levitaba cada vez que hablaba —nunca habrá un ser con mayores momentos de iluminación— quitó presión al hecho consumado de que el Barça nunca hubiera ganado este torneo: “Si perdemos hoy, todavía podemos ser el mejor equipo del mundo. Si ganamos, seremos eternos”. Y lo fueron.

pep

Tras un paseo ante el Atlante mexicano, el Barça se las tendría que ver con Estudiantes de La Plata. Un remedo de oficio y tradición. Un conjunto canchero bajo las riendas de un Sabella que aún no parecía Frankenstein en el banco y un Verón atrapado en el círculo central que no veía el momento de retirarse. Lo pasaron mal los barcelonistas, que estuvieron 88 minutos sufriendo y casi 50 vencidos.

Pasada la media hora Díaz la centró desde Mordor, y cuando parecía que nada podía suceder, que ese balón se estrellaría contra la publicidad, apareció la cabeza de Boselli para hacer la picha un lío a Puyol y Abidal. Valdés sintió la bola de fuego en sus manos, pero no la pudo repeler. Se abría un nuevo reto para ese Barça, algo en lo que apenas habían tenido que pensar hasta ese día: jugar con el marcador en contra.

Cuando el luminoso vencía, Ibrahimović era una isla que la enganchaba pero no la colocaba y Messi se hartaba de practicar ‘air-guitar’ en la media luna de Estudiantes, surgió la dinámica de lo impensado que atribuló a Dante Panzeri: en el Barça de la posesión y el toque por bajo, un balón aéreo perdido, dueño de ninguna cabeza, encontró la coronilla de Piqué para quedar muerto en el aire pidiendo la frente de Pedro, que empató y conseguía la machada de marcar en todas las competiciones; si le dejan hasta mete gol en la Copa Libertadores.

El mazazo fue la llave de la prórroga, en la que el Barça volvió a afinar los violines hasta que Messi demostró por qué le habían dado el ‘10’. Inició la jugada en la raya central, se la dio a Xavi, que abrió el compás para un Alves que venía por la banda y que centró hasta que Messi, volando en plancha, remató la jugada que él había empezado 40 metros atrás: era el minuto 109 y la victoria sería para el Barça.

Los culés conseguían otro entorchado en algo que se iba creando poco y poco y parecía no tener fin. Aún restarían muchas cosas por conseguir en este Barça de los milagros en el que las cosas aún carecían de nombre y los aficionados las señalaban con el dedo, pero las lágrimas de Guardiola tras la victoria quizá anticipaban lo que pocos supimos ver en aquel momento: no eran por lo conseguido, si no por lo que se podía conseguir. Era 2009, el año de las luces.

18/12/2014

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