La conquista del mundo

RealMadridPeñarol1960JULIÁN CARPINTERO | Por mucho que los ingleses saquen pecho al considerarse los inventores del fútbol han sido sus vecinos del norte, los franceses, quienes han ido modelando al deporte rey hasta convertirlo en el mayor espectáculo del mundo. Fue un francés, Jules Rimet, quien desde la presidencia de la FIFA impulsó la celebración de la primera Copa del Mundo en 1930; fueron dos franceses, Gabriel Hanot y Jacques Ferran, los que a través de L’Équipe promovieron la creación de la Copa de Europa y el Balón de Oro en 1955; y tuvo que ser un francés, Henri Delaunay, la persona que soñara con resolver la incógnita que planteaba una final de clubes a nivel mundial. O lo que es lo mismo, la Copa Intercontinental, en cuyas bases se estableció que los contendientes serían el campeón de Europa y el de América, las dos regiones del planeta que a mediados del siglo pasado gozaban de un fútbol estable y profesional. Sin embargo, a aquel ex futbolista que también probó como árbitro el tiempo y su débil salud le hicieron perder la partida antes de que el sueño cristalizara, pues no llegó a presenciar su primera edición, la de 1960.

“El Real Madrid se pasea por Europa como antaño se paseaban los vikingos, arrasándolo todo a su paso”. Cuando el articulista de The Times utilizó esta metáfora para iniciar su crónica sobre la final de la Copa de Europa que el Real Madrid le acababa de ganar al Eintracht de Fránkfurt en Glasgow no era consciente de que estaba creando un mito que ha acabado llegando hasta nuestros días. Aquel 18 de mayo, los de Miguel Muñoz —que también habían vencido en las cuatro ediciones anteriores— entonaron su particular canto de cisne a ojos del viejo continente en la que, sin discusión, ha sido catalogada como la mejor final de todos los tiempos. Cuatro fogonazos de Puskás y otras tres ráfagas de Di Stefano permitieron que Santiago Bernabéu, la figura que junto a Hanot y Ferran había dado vida al torneo, viviera una de sus tardes más felices. De este modo, el club de Chamartín sería el representante de la UEFA en la novedosa Copa Intercontinental que se estrenaba ese mismo año. Su rival lo conocería apenas un mes después de su triunfo, y no sería otro que el poderoso Peñarol de Montevideo, que en una final a doble partido había conseguido derrotar al Olimpia paraguayo (2-1) en la también primera edición de la Copa Libertadores, creada a imagen y semejanza de la de Europa.

Así, el primer envite —las normas de la competición estipulaban que la final se jugaría a ida y vuelta, y que en caso de empate sería necesario un tercer choque en estadio neutral— tendría lugar en la capital uruguaya. El 3 de julio, Peñarol y Real Madrid saltaron al césped de un Estadio Centenario en el que, a pesar del frío del invierno austral, se congregaron casi 80.000 hinchas aurinegros. Tanto Scarone como Muñoz, a pesar de las 36 horas que tardó la expedición blanca en pisar tierras charrúas, pusieron en liza a sus mejores hombres, aunque en el caso de los merengues hubo una ausencia reseñable: la de Paco Gento, que por aquellos días sufrió una de las pocas lesiones que tuvo en su carrera. En su habitual carril del ‘11’ salió Manolín Bueno, el habilidoso extremo gaditano capaz de hacer malabares con una pastilla de jabón —según le contó Zoco a Alfredo Relaño— pero que vivió a la sombra de ‘La galerna del Cantábrico’, y que aquella tarde formó delantera con Del Sol, Canario, Di Stefano y Puskás. Por su parte, la gran amenaza ‘manya’ se personificaba en el cuarteto que formaban Luis Cubillas —autor del gol del triunfo uruguayo en Asunción—, ‘El Verdugo’ Hohberg, Borges y el ecuatoriano Alberto Spencer, que a día de hoy sigue siendo el máximo goleador histórico de la Libertadores. Sin embargo, contra todo pronóstico, lo que prometía ser un festival de goles acabó en un empate a cero, el resultado del que años más tarde ‘La Saeta’ diría ser más triste que un domingo sin sol, gracias al desatino de aquel escuadrón de bombarderos, a causa de un césped encharcado y al buen hacer de los guardametas, Maidana y Rogelio Domínguez.

Por lo tanto, los dos gigantes firmaron un armisticio y decidieron dejarlo todo para la vuelta, concertada en el coliseo de Concha Espina para el 4 de septiembre, más de dos meses después. Y fue entonces cuando el Real Madrid, cuya maquinaria ya estaba engrasada una vez acabada la clásica preparación física veraniega, decidió que los juegos se habían terminado y noqueó a Peñarol por la vía rápida, con tres directos a la mandíbula en forma de goles —obra, cómo no, de Puskás (dos) y Di Stefano— en los nueve primeros minutos. Antes del descanso, Chus Herrera hizo el cuarto, mientras que Gento, que regresaba tras sus molestias, hizo el quinto y definitivo en la reanudación antes de que Spencer maquillara el resultado en el 80. Minutos después de que el inglés Aston decretara el final, ante el delirio de todo el público, Zárraga descendió las escaleras que daban acceso al verde alzando entre sus manos aquella copa dorada para, justo después, ser levantado a hombros por sus compañeros, que, curiosamente, en las camisetas no lucieron el escudo del Real Madrid, sino el de la UEFA. Marquitos, Pachín y compañía acababan de convertirse, de facto, en los reyes del mundo.

Tendrían que pasar 38 años para que el cuadro blanco volviera a abrazar la ya desaparecida Copa Intercontinental, en parte por su desamor con la Copa de Europa, en parte porque el propio Peñarol se la arrebataría en 1966 al equipo de los ‘yé-yés’, en una especie de ‘vendetta’ poética ejecutada por el propio Alberto Spencer. Sea como fuere, la quimera por la que tanto había luchado Delaunay, secretario general de la UEFA e inspirador también de la actual Eurocopa, ya era toda una realidad. Al fin y al cabo, si algo han dejado los 60 eso son los sueños. Pero en francés: ‘il avait un rêve’.

16/12/2014

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