Agua y anís

imageSERGIO MENÉNDEZ | Tokio. 1 de diciembre de 1998. Real Madrid y Vasco da Gama disputaban en el Estadio Olímpico de la capital nipona la final de la Copa Intercontinental. Los primeros, entrenados por Guus Hiddink, lo hacían como vencedores de la Liga de Campeones, mientras que el conjunto carioca, dirigido por Antônio Lopes dos Santos, un tipo que decidió cambiar el despacho que ocupaba como jefe de policía en una comisaría de Río de Janeiro por los banquillos y pasaría luego a formar parte en calidad de segundo entrenador de la expedición de Brasil que se convertiría en campeona del mundo en 2002 a las órdenes de Luiz Felipe Scolari, como ganadores de la Copa Libertadores. Primera vez que el el club regatista participaba en el torneo. Los futbolistas merengues, por su parte, concurrían por tercera ocasión tras conquistarlo en 1960 frente a Peñarol y después de que los uruguayos les devolvieran la jugada seis años mas tarde. Lleno prácticamente absoluto en las gradas para presenciar un encuentro que, si bien parecía decantado desde el pitido inicial a favor del representante europeo, deparó algunas sorpresas. La principal, una jugada con esa típica denominación que se le suele otorgar a los brebajes de la ‘nouvelle cuisine’ a cargo de Raúl González Blanco que supuso su consagración como leyenda del madridismo.

Restaban únicamente siete minutos para la conclusión y el marcador señalaba 1-1. La lata la había abierto al filo de la media hora de encuentro Roberto Carlos con un supuesto centro desde el carril izquierdo que el lateral ejecutó como si se tratara de un tiro a puerta que el centrocampista rival Nasa desvío inexplicablemente con la cabeza a su propia portería. Todo seguía el plan teóricamente establecido hasta que se produjo la reanudación tras el descanso, momento en que los jugadores del Vasco da Gama parecieron sacudirse los nervios que hasta ese instante les habían mantenido atenazados y protagonizaron una verdadera ofensiva contra la portería de Bodo Illgner. Y el caso es que dio sus frutos, pues una pérdida de Clarence Seedorf en la medular del terreno de juego fue aprovechada por el rival para iniciar un contragolpe por la misma banda que había dado lugar al primer tanto que desencadenó en una sucesión de disparos y despejes hasta que el cuero, previamente repelido por el meta alemán del Real Madrid, descendió a los pies del jovencísimo Juninho Pernambucano, ese paradigma de la precisión a balón parado que contaba entonces con 23 años que, después de quitarse de encima con un recorte a Fernando Redondo, soltó un latigazo con su pie izquierdo directo a la escuadra. Surgían las primeras complicaciones, que no las únicas.

Porque lo peor de todo, sin embargo, no fue el hecho de recibir un gol, sino el efecto que generó en los futbolistas merengues, que adoptaron un comportamiento que el equipo arrastró a lo largo de varias temporadas como una especie de mal endémico que le obligaba a encerrarse en su propio campo a la espera de que el cerco rival volviese a dar sus frutos en forma de gol. Y así se desarrolló buena parte del segundo tiempo, hasta a Raúl le dio por ponerse a buscar en su chistera y protagonizar una acción de pura magia. Debía de andar el bueno de Seedorf con ganas de resarcirse de su error en la jugada del empate cuando vio a Raúl corriendo hacia el área del conjunto carioca, tratando de desmarcarse de los defensas que le encimaban. El balón, que en ese preciso instante se paseaba por la parte derecha del césped a la altura de la línea del centro de campo, pasó con un magnífico cambio de orientación a cargo del jugador nacido en Surinam a la mismísima bota del chico de San Cristóbal, que logró amortiguar el esférico con su pie izquierdo para dar luego paso a la fantasía. Creía el ingenuo de Víctor Caludemir que lo siguiente sería un tiro a puerta y se fue al suelo a tapar el hueco. Demasiado fácil. Apenas había conseguido controlar el cuero, Raúl se decantó por recortar hacia dentro, dejar al defensa brasileño en evidencia y repetir luego la maniobra con Odvan, pasadísimo de frenada, y Carlos Germano. Toda vez que el cancerbero se había caído de culo, sólo quedaba anotar a placer con el interior. El aguanís. Una jugada con nombre propio que, con permiso del gol de Mijatović frente a la Juventus en el Amsterdam Arena, supone un punto de inflexión en la historia reciente del madridismo, pues determina el retorno del equipo a la élite del fútbol contemporáneo a nivel internacional y la guinda a un proyecto que comenzó Fabio Capello, prosiguió Jupp Heynckes y coronó Guus Hiddink.

“Pata negra del fútbol español”, vociferaba Paco García Caridad a los micrófonos de Antena 3 mientras los chicos buenos que no se habían atrevido a hacer novillos para ver el partido por televisión se reprimían las ganas de celebrar la victoria. En el fondo, por mucho que se las dieran de responsables, tampoco estaban por la labor de perdérselo, así que deslizaron un auricular del walkman —un aparato tan extinto como la propia Copa Intercontinental— por debajo del jersey, haciéndole luego pasar a través de la manga de modo que pudieran escuchar la retransmisión del encuentro por la radio sin levantar las sospechas del profesor. Pobres ingenuos, que creían que el hecho de que buena parte de sus alumnos hubieran decidido seguir la lección sin levantar la mirada del libro y sosteniendo la cabeza con la palma de la mano sobre la oreja se debía a una casualidad. Su cabeza, en realidad, se encontraba muy lejos de aquella clase. Pensándolo bien, tampoco tenían alternativa. No en vano, se trataba de acabar con una sequía de casi 40 años sin coronarte como rey de reyes. Y, encima, con ‘aguanís’. Definitivamente, merecía la pena exponerse a la bronca.

15/12/2014

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