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rieraMARIO BECEDAS | Ganó azar al ’17’ rojo y un día decidió apostar por el incierto negro. Fue naipe de escalera y color bermellón para acabar de comodín en un banquillo. Buscó la fortuna al 11, pero ya nada estaba en sus trece. Albert Riera, que llegó a crupier del mejor Mallorca, ha terminado perdiéndolo todo tras jugar en el lujoso tapete del fútbol continental.

La historia comenzó, como todo en el fútbol español, tras las gafas de Luis Aragonés. ‘El Sabio’ vio que el talento de la cantera mallorquinista se escapaba por la zurda. Lo pulió en época Champions y le hizo decisivo para ese 2003 en que los baleares ganaron la Copa del Rey entrenados ya por un ‘Goyo’ Manzano que les invitaba a paella. En ese equipo estaban Leo Franco, Nadal, Ibagaza, Harold Lozano, Pandiani y Eto’o.

No pasó desapercibido el arte de Riera, que no parecía extremo, que no parecía veloz, pero que no dejó un lateral derecho en pie. Un desparpajo que hizo que se lo llevaran pronto. El Girondins de Burdeos puso los óbolos y una primera temporada de brillo se tornó en aciaga suplencia. Comenzaría un carrusel que dejó a Riera en el Espanyol como siguiente exilio.

De ‘periquito’ le costó volver a volar. Tuvo una excursión de un año al City que valió para poco. Al regreso a Montjuic refrescó sus tiempos de puñal y alcanzó la heroica en la final de la UEFA perdida ante el Sevilla de Puerta en los penaltis: metió un gol y empotró otra contra el poste. Pero pronto surgirían las desavenencias con el club, con Ernesto Valverde y, posteriormente, con Lotina.

Lejos de buscar lo fácil, Riera quiso apostar de nuevo por el rojo, en este caso de Rafa Benítez. En el Liverpool los destellos fueron más tenues y su lengua se desató pronto contra el entrenador; porque si en el fútbol español todo empieza con Aragonés, quién no ha pasado por él sin tener un enganchón con Benítez. Al ver que no jugaba, Riera llegó a decir que el Madrid nunca ficharía a ese entrenador: “En el Madrid, además de ganar, te piden jugar bien. Así que lo veo difícil”. Su fosa en el once de Anfield ya estaba cavada.

Se produjo entonces el ciclo exótico de Riera, ese viaje a ninguna parte de los futbolistas que saben que no volverán nunca a ser lo que fueron por equipos de los más insospechados recovecos europeos. Un año en Olympiacos fue suficiente para que el manacorense recalara en Turquía, el mayor archienemigo de Grecia. En el Galatasaray fue el reclamo madurito junto a Sneijder y Drogba, pero las pretensiones de nueva primavera fueron otoño y hubo que buscar nueva salida: aún resuena su pelea con Felipe Melo.

Falto de destino, el Udinese le ofreció en marzo de este 2014 un cartel todavía de merecer, si bien se lo empaquetó hasta el verano al modesto Watford inglés. Una vez de vuelta a Udine para pasar revista, empezó la locura. La crítica al equipo en Twitter fueron ese epílogo de un futbolista destruido que sólo puede culminar con una proeza su biografía: aprovechar su ausencia en la convocatoria por lesión para no acudir al partido del equipo y participar en el torno de póquer de un casino.

Aunque pueda parecer una anécdota de artículo de Juan Tallón, lo cierto es que se trata de la última boqueada de un Riera que, pez ya sin el agua del fútbol, como tantos otros jugadores, sólo ve en el ocaso una fatalidad. Despedido por estas hazañas —él habla de rescisión consensuada— y actual “agente libre” en deshonrosas palabras de Wikipedia, Riera se ha quedado a sus 32 años prácticamente fuera de la mesa de juego: es la ruleta del fútbol, casino de tantas vidas y suerte de tan pocas.

04/12/2014

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