A german rumble

imageSERGIO MENÉNDEZ | “Tenía diez años cuando dije que quería ser futbolista y todo el mundo se burló de mí. Después, al decidir que me dedicaría al boxeo de manera profesional, la gente volvió a reírse. Cometí la temeridad de aventurarles que acabaría convirtiéndome en campeón del Reino Unido. Sinceramente, no me puedo creer que lo haya logrado. Me gustaría brindar el título a mi difunto padre. ¡Yo invito a la bebida!”. En efecto, Curtis Woodhouse lo había conseguido. Y mira que Darren Hamilton, que en esos momentos se retiraba con ayuda de su séquito hacia la esquina desde la que había partido como defensor del cinto, era favorito para las casas de apuestas. Woodhouse, pese a que el margen de beneficio que ofrecían por su victoria era de 50 contra uno, sin embargo, tenía plena confianza en sus posibilidades. Por eso se jugó 5.000 libras a que el aspirante derrotaría al vigente campeón; por eso se embolsó 250.000 libras y la corona británica de peso superligero después de 12 asaltos en que se impuso a su rival a los puntos. Qué menos, pues, que los tragos corrieran de su cuenta, ¿no?

Hubo un tiempo en que Curtis Woodhouse, aquel muchacho que se crió a caballo entre Beverly y Driffield, dos barrios situados en Yorkshire Este, que perdió a su padre siendo todavía un niño a causa de un infarto, disfrutó con el fútbol. De hecho, a menudo solía acercarse a Boothferry Park, el antiguo estado del Hull City, para animar al equipo local y evadirse un rato de esos dramas nada pequeños que se derivan de una difícil infancia. El color de su piel mulata fue, en este caso concreto, la excusa que eligieron los típicos abusones de colegio para intimidar a Curtis, que se vio obligado a sobrevivir en esa jungla de pupitres a puñetazos. Hizo de los pasillos y el patio del colegio o las calles próximas a la casa donde vivía su particular ring de boxeo, siempre dispuesto a zurcir con los nudillos las bocas de los compañeros que le dedicaran algún insulto racista. El fútbol, afortunadamente, se cruzó a tiempo en su vida.

Apenas había cumplido los 14 años cuando ingresó en las categorías inferiores del York City, que en 1997 le vendería al Sheffield United, el club con el que debutó a nivel profesional en la segunda división inglesa y llegó a ser convocado para la selección sub-21 de Inglaterra. Después de cuatro temporadas, recaló en las filas del Birmingham City, con el que ascendió a Premier League en 2002. Para entonces, no obstante, ese carácter tan problemático que el racismo despertó en su interior y el deporte había conseguido amansar ya se había reproducido. La mecha volvió a encenderse tras la final de la Copa de la Liga correspondiente a la campaña previa en que su equipo había sido derrotado por el Liverpool. Para desahogarse por la derrota, Woodhouse acudió a un restaurante de comida india y se enzarzó en una pelea a silletazos con unos estudiantes. Y lo peor es que el hecho de cumplir su sueño de participar en la máxima categoría del fútbol inglés tampoco fue motivo suficiente para corregir su conducta. Según sus propias palabras, fueron varias las ocasiones en que saltó al campo habiéndose pegado antes un buen lingotazo. Me he desenamorado del fútbol, sentenció. Este desengaño, y también el convertirse en padre, fue lo que le convenció de que tenía que hacer un esfuerzo por cambiar de mentalidad si quería salvarse de sí mismo y que sus hijos no sintieran en el futuro vergüenza por él. De este modo, volvió a apretar los dientes y los puños, pero de manera profesional. Un lustro más tarde de tomar aquella decisión, en febrero de este mismo año, cumplía su promesa y se convertía en campeón del Reino Unido de peso superligero.

El caso es que otro antiguo futbolista ha decidido emprender la senda que conduce del césped a la lona. Es alemán, nunca fue víctima de abuso escolar —que se sepa— y se ha decantado por una modalidad de ‘lucha’ más espectacular y menos noble que el boxeo. En realidad, la única relación que guarda su principal adicción con la bebida es que suelen dispensarla en botes de proteínas del tamaño de una barrica de roble, nada de botellas de cristal o petacas. Como máximo, le han expulsado de alguna fiesta de carnaval por armar mas jaleo de la cuenta mientras iba disfrazado de preso. Y no. No se trata de Mickey Rourke. El irreconocible ‘sex-symbol’ de “Nueve semanas y media” volvió el pasado viernes al cuadrilátero a los 62 años para enfrentarse en Moscú a un púgil tres décadas más joven, sí, pero no ha pateado un balón de fútbol en su vida. Y en cuanto al gusto por los espirituosos, ‘Marielito’ —apodo con el que comenzó a boxear—, en fin, hace no mucho tiempo hubiese sido capaz de vaciarse una lata de Titanlux en el gaznate sin pestañear. En cambio, bien podría impartir unas lecciones a Tim Wiese ahora que el antiguo portero de Colonia, Kaiserslautern, Werder Bremen y Hoffenheim fue presentado en sociedad la semana pasada como nuevo miembro de la WWE (World Wrestling Entertainment), la asociación de lucha libre mas famosa del mundo.

Hablamos del llamado pressing catch, vaya. Un negocio que vivió su época dorada a lo largo de los 80 y principios de la década siguiente, sufrió en su popularidad las consecuencias del ‘efecto 2000’, volvió a llenar pabellones a medida que entrábamos en el nuevo siglo e incorpora ahora a su nómina de mallas ajustadas a quien fue internacional con Alemania en seis ocasiones, miembro de la convocatoria de Joachim Löw para el Mundial de Sudáfrica 2010 y candidato de José Mourinho para sentar a Iker Casillas. Retirado del fútbol desde enero de este mismo año, Tim Wiese, que el próximo 17 de diciembre cumple 33 años —la edad exacta que tenía Curtis Woodhouse cuando se proclamó campeón ante Darren Hamilton hace escasamente nueve meses— siempre fue amante del fisioculturismo. Se encontraba, de hecho, todavía en las filas del club de Bremen cuando los médicos le diagnosticaron vigorexia. O lo que es lo mismo: adicción al gimnasio. Hasta tal punto llegaba su placer a someterse a largas sesiones con ejercicios de pesas que hubo un momento en que la báscula empezó a marcar cifras superiores a la centena. “Era todo músculo, pero no podía ni moverme”, reconocía el jugador, que tuvo que bajar hasta los 90 kilos para recuperar la agilidad, el salto y la rapidez que se precisa dentro del área.

Precisamente, de no ser porque ese exceso de masa muscular le impedía desenvolverse con la soltura suficiente para cumplir con sus funciones bajo los palos, a buen seguro que Wiese se hubiera negado en rotundo a adelgazar. Siempre fue un hombre de mucha personalidad, de los que sentía que absolutamente nadie, por mucha autoridad o jerarquía que pudiera tener sobre él, estaba en condiciones de decirle si tenía que hacer o dejar de hacer algo. Pupilo de Harald Schumacher, el temperamental arquero que dejó inconsciente al francés Patrick Battiston con un tremendo golpe de cadera en España ’82 y le formó en Colonia, un día se le ocurrió abandonar el vestuario del Bayer Leverkusen, club que le fichó con solamente 15 años para sus categorías inferiores, con el torso desnudo bajo la americana. Su entrenador de entonces, que le preguntó si se había mirado al espejo, le mandó de vuelta a la caseta amenazándole con expulsarle del equipo si no obedecía. Wiese, naturalmente, no se presentó al día siguiente a entrenar. Tampoco al siguiente. Jamás se le volvió a ver el pelo por allí. Cosa nada sencilla, por cierto, pues no hay cabeza que brille como la suya bajo la luz solar. La culpa, por supuesto, la tiene la gomina con que se atusa la melenita cada mañana a manos llenas y que confiere junto al fitness, las vestimentas horteras —a su look de tronista fuera del campo habría que destacar la preferencia por las equipaciones de colores chillones, particularmente rosas— y las salas de bronceado, otro hábitat bastante común entre los degustadores de cocktails a base de L-Carnitina y óxido nítrico, sentido a su actual existencia.

Defenestrado por sus propios compañeros y cuerpo técnico, que le culparon de los malos resultados que el Hoffenheim cosechó a principios de la temporada 2012/13 en la que el equipo terminó antepenúltimo en la clasificación de la Bundesliga, únicamente a un puesto de descender, precipitaron la caída en desgracia de un Tim Wiese que encontró en las mancuernas el consuelo que le negó el fútbol. A diferencia de Curtis Woodhouse, que desde pequeño reconoció en los púgiles Mike Tyson, Nigel Benn o Chris Eubank a sus verdaderos ídolos, el hombre que ha dotado de forma y color humanos a ‘Hit Man’, el tipo que le compra la mansión al señor Burns cuando le desahucian y le califica como “cuello de lápiz”, siempre fue admirador de Oliver Khan. El bueno de Wiese no se desenamoró del fútbol. Fue el fútbol quien le prefirió como amigo. Ahora le toca labrarse un nuevo futuro a la sombra de los Hulk Hogan’, ‘The Undertaker’, ‘El Último Guerrero’, Batista’, ‘El Hombre del Millón de Dólares’, Jimmy ‘La Estaca’ Duggan, Randy ‘Macho Man’ Savage, John Cena o los míticos ‘Sacamantecas’ en el arte de destrozar sillas plegables contra espaldas ajenas. Aunque sea, a diferencia de cuando pillaron a Curtis, sin olor a curry ni pollo tandoori a su alrededor.

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Tim Wiese a punto de preguntar a Smithers por la tienda de suplementos nutricionales más próxima a su nueva mansión en Springfield.

 

01/12/2014

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