La luz al final del túnel

DiegoMilitoFIRMA DE DOMINGO AMADO | Ser un grande en un país con un espectro tan amplio de aspirantes nunca es sencillo. Pese a que cinco son los clubes que gozan de esa condición por derecho propio, son algunos más los rivales con los que pugnar desde hace bastantes años, como Vélez Sarsfield o Estudiantes de La Plata. Ello no facilita la labor para ninguna de las históricas instituciones argentinas, que deben lidiar no sólo con sus habituales problemas endémicos, sino también con un nutrido grupo de aspirantes entre los que suelen colarse clubes que cada día sorprenden menos como Lanús o Arsenal, toda una realidad del último lustro en el fútbol patrio.

Racing Club, aparte de lo anterior, es un caso especial. Tras vencer el campeonato argentino en 1966, el equipo de José —así era conocido popularmente— logró al año siguiente la Copa Libertadores así como la Intercontinental, ambos trofeos tras tener que disputar sendos choques de desempate ante Nacional de Montevideo y Celtic de Glasgow, respectivamente. Lo que se suponía el comienzo de una dinastía fue todo un canto de cisne que duró décadas. Uno de los peores momentos llegó en 1984, cuando la instauración de los promedios les llevó por primera vez a descender, teniendo que soportar que el rival de toda la vida, el que tiene su cancha literalmente en la acera de en frente, ganara tanto el campeonato nacional como su séptima Libertadores. El dolor desgarraba pero la hinchada nunca les abandonaría.

Dos años después regresó La Academia, logrando algunos títulos internacionales —aunque de poco peso específico— entre finales de los 80 e inicios de los 90. Pero el gran anhelo era recuperar una corona nacional que se resistía con el paso de los años. Muchos grandes jugadores vistieron la zamarra blanca y celeste pero nadie conseguía romper la maldición. Hasta que llegó Reinaldo Merlo con un sencillo discurso, el ‘paso a paso’ que tanto recuerda al actual ‘partido a partido’ de Simeone (confeso hincha de Racing y ex jugador y técnico del equipo). De su mano, los Chatruc, Maximiliano Estévez, Gustavo Campagnuolo, Claudio Úbeda, Diego Milito y compañía se coronaron campeones en 2001 tras 35 largos años de espera en una campaña doblemente conmovedora por la necesidad imperiosa ante el acuciante problema del promedio y, sobre todo, por acabar de una vez con la frustración que acompañó durante tanto tiempo a varias generaciones de hinchas académicos.

Sin embargo, aquello no logró mitigar las penas de la entidad. Se habían declarado en quiebra meses antes de aquel éxito, por lo que llegó la época del ‘gerenciamiento’ por parte de Blanquiceleste S.A. Muchos hinchas llegaron a encadenarse al Cilindro para evitar la desaparición del club, con el que el vínculo va mucho más allá que el normal entre éstos y su afición. De hecho, poco antes fueron los propios seguidores los que construyeron las instalaciones de Tita Mattiussi donde se entrenan las categorías inferiores y que ellos mismos administran.

Pero lo que a principios de siglo parecía un renacimiento no fue más que una gota en el océano. Si bien todos los grandes nacionales han pasado por momentos muy malos los últimos años —River e Independiente incluso llegaron a descender—, en Racing el sufrimiento parecía no tener fin. Campañas mediocres, una promoción ganada con mucho sudor ante Belgrano, jugadores marchándose a precio de saldo y los frustrantes títulos perdidos por la impaciencia ante el gran trabajo que realizaron primero Simeone y posteriormente Zubeldía.

Racing1967

‘El equipo de José’, en el que brillaban Cejas, Perfumo o Basile, ganó la Copa Libertadores de 1967 a Nacional de Montevideo.

-Semestre para la esperanza

¿Puede una situación adversa convertirse en una oportunidad? Pese a que hace años que la gestión externa del club tocó a su fin ello no significa que las cosas vayan todo lo bien que cabría esperar, ni en lo institucional ni en lo deportivo. Muchos son los nombres que han pasado por el banco de Racing los últimos tiempos: Alfio Basile, Carlos Ischia, de nuevo Reinaldo Merlo, los anteriormente mencionados Simeone y Zubeldía… La lista parecía no tener fin hasta el consenso que aparenta haber conseguido Diego Cocca. El ex de Gimnasia, Huracán o Defensa y Justicia, entre otros, llegó a ‘La Academia’ tras rechazar Ricardo Gareca el puesto. Con mucho que demostrar ante las acuciantes urgencias de la entidad, sus comienzos no fueron sencillos. Eso sí, el retorno del ídolo Diego Milito tras su prolífera carrera europea calmó las aguas, ganando el técnico no sólo a un jugador de notable categoría, sino también a alguien con la suficiente trascendencia sobre el grupo como para ejercer de segundo entrenador sobre el césped.

El Torneo Transición que dará paso a la liga de 30 (!) dio inicio con dos victorias de Racing a las que siguió un baño de realidad a manos de Tigre, cuyo 4-0 bajó a la tierra a quienes creían que éste podría ser una buena ocasión para campeonar. Dos derrotas más en los siguientes tres partidos no hicieron más que confirmar las sensaciones. Cocca poseía un plantel en formación que sufrió muchas modificaciones en los últimos tiempos, por lo que debía acoplar las piezas lo mejor posible intentando no comprometer el promedio. El objetivo era crecer, realizar un campeonato tranquilo que sentara las bases para pelear más en serio en 2015.

Pero de forma inesperada algo cambió a finales de septiembre. Un encuentro suspendido por una lluvia que dejó La Bombonera impracticable se reanudó con la victoria parcial de Boca a falta de media hora. En ese periodo un doblete de Bou dio la vuelta al partido. Aunque a Racing no le han faltado victorias ‘clásicas’ recientemente, algo cambió esa noche tras aquel inesperado triunfo. Las burlas sobre Bou, un desconocido que suplía la lesión de Wason Rentería —el colombiano llegó como figura pero una lesión no le ha permitido jugar hasta ahora más que 68 minutos—, decayeron desde ese momento. El punta comenzó una dulce racha que de la mano de sus compañeros le ha llevado a ubicarse entre los máximos goleadores del torneo, y lo que es aún más importante, Racing ha sumado desde entonces ocho triunfos en diez encuentros, algunos tan buenos como las goleadas a domicilio contra Banfield y Estudiantes y otros tan sufridos como la esencial victoria en cancha de Quilmes, un 0-1 logrado por el propio Bou en los instantes finales con un salvaje tiro libre que le salió del alma. En esos momentos jugaban con uno menos y antes Saja había detenido un penalti. No ganar hubiera supuesto despedir toda opción de pelear la corona nacional, pero sobrevivieron a lo grande.

Gracias a ello el destino les regaló una oportunidad ante el hasta entonces intratable River Plate, cuyo juego había maravillado durante meses permitiéndoles obtener una cómoda ventaja al frente de la clasificación. Empero, a principios de noviembre comenzaron a notar el cansancio. Ausencias como la de Teófilo Gutiérrez —concentrado con la Selección colombiana— y la inoportuna lesión de Kranevitter, auténtico sostén del mediocampo de ‘La Banda’, resquebrajaron a River, que encadenó tres partidos sin triunfos que diluyeron al mínimo su colchón. Quisieron los caprichos del calendario que el emparejamiento en semifinales de la Copa Sudamericana ante Boca Juniors se disputase con el duelo en el Cilindro ante Racing de por medio. Los hombres del ‘Muñeco’ Gallardo poseían únicamente un punto más que ‘La Academia’, apareciendo en el horizonte otras amenazas como Lanús e Independiente, a una victoria de distancia. Era, por tanto, un momento difícil.

Cilindro

El Cilindro fue una caldera para recibir a River, un partido que los jugadores ganaron sobre el césped y la hinchada desde la grada.

No obstante, para Racing se trataba de la inesperada oportunidad que premiaba el trabajo callado de un plantel de perfil bajo que ha ido de menos a (mucho) más a medida que se consumía el calendario. La hinchada lo vio claro: tras 13 años de sinsabores, acompañando siempre al club en las malas, había que reventar en Cilindro, dejarse el alma apoyando a los suyos mientras comían la moral del rival. En un ambiente absolutamente abrumador como sólo puede evocar la pirotecnia y el ‘empuje’ sudamericano en su máxima expresión, Racing saltó al césped entre los vítores de una gente que soñaba con repetir el último logro, que curiosamente fue posible gracias a otro envite mítico ante el mismo rival en el mismo escenario.

Las primeras ocasiones fueron para River, dos jugadas de gol muy claras que un Saja colosal logró desbaratar con ayuda de su defensa. Una de las máximas más antiguas del fútbol declara que aquél que perdona lo paga, como así acabaría sucediendo. Racing fue tomándole el pulso a su adversario, siendo vitales las asociaciones entre Milito y Bou que tan buenos réditos daban a la hora de armar la contra. Transcurrido el primer cuarto de hora Gastón Díaz remontó la banda derecha con más fe que acierto. Su primer centro fue repelido por el lateral contrario, pero un nuevo intento llevó el esférico al área. Bou intentó empalmarla pero el balón estaba destinado a llegar al mejor jugador sobre el tapete, un Diego Milito que tras meter la punta perdió la referencia del balón. ¿Dónde fue? ¿Qué pasó en ése instante de confusión? En un escorzo, Barovero había despejado pero el rechace rebotó en la espinilla de Funes Mori colándose lenta pero irremisiblemente en la portería. Por una vez Racing tuvo la fortuna de cara en el momento justo.

Diego Milito festejó apasionadamente en una carrera frenética hacia el fondo que copa ‘La Guardia Imperial’. Se ponían en ventaja no sólo en el marcador, sino también en lo psicológico. Otro palo más para un oponente herido, otro empujón anímico para un equipo en volandas. El choque mantuvo la emoción hasta el último instante al no definir el local ninguna de sus claras oportunidades para sentenciar ni poder River voltear un encuentro que comenzó a escapársele desde la abrumadora salida de vestuarios. Además, el inconmensurable Videla, que pareció tener siete pulmones, se encargó de ahogar repetidamente la salida del balón ‘millonario’, logrando la increíble cifra de 16 robos. A la conclusión, el estadio estalló en una conmovedora fiesta, otra comunión irrepetible entre 50.000 hinchas representados por once hombres que se dejaron hasta la última gota de sudor para lograr el objetivo. Diego Milito, el hilo conductor entre el campeón de 2001 y el actual Racing, ante la pregunta de un periodista frente al impresionante ambiente declaró: Racing es todo, es mi vida, volví para esto.

Dos duelos le quedan a Racing para proclamarse campeón, si bien podría lograrlo este mismo domingo en caso de vencer a domicilio a Rosario Central —que el miércoles se llevó un varapalo tremendo al perder ante Huracán la final de Copa Argentina— si pinchan tanto River como Lanús, ambos a dos puntos de distancia. En caso contrario, aún quedará un envite en casa ante Godoy Cruz de Mendoza, a resolverse también en un Cilindro que la semana que viene volverá a ser una fiesta, ya sea para festejar un título o para agradecer a sus chicos que dejaran todo sobre la cancha. En diciembre, además, se celebrarán unas elecciones muy esperadas en el club. Todo ello en un marco de optimismo y esperanza como hacía muchos años que no se respiraba en Racing. Quizá, tras muchísimos altibajos, haya llegado el momento en que tanto la institución como sus jugadores hagan las cosas correctamente para corresponder a la que, quizá, es la hinchada más fiel, sufridora y apasionada del mundo. La que muchos años después puede volver a ver al Racing de su vida campeón, en una inequívoca señal de percibir, por fin, la luz al final del túnel.

30/11/2014

 Domingo Amado es periodista freelance.

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