La ‘otra’ abuela del Betis

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SERGIO MENÉNDEZ | Duquesa de Berwick, Arjona, Híjar, Liria y Jérica, Almazán; Condesa-Duquesa de Olivares; Condesa de Aranda, Lemos, Miranda del Castañar, Monterrey, Osorno, Palma de Río, Lerín y condestablesa de Navarra; Marquesa del Carpio. Todos títulos con Grandeza de España que, junto al de Duquesa de Alba y Tormes y otras treintaiuna dignidades de menor tratamiento, condecoraciones, medallas de oro y cargos honoríficos, convertían a Cayetana Fizt-James Stuart y Silva y su interminable ristra de nombres y apellidos en la aristócrata que mayor número de títulos nobiliarios ostentaba, no sólo de España, sino también del resto del mundo. Fruto de una de tantas leyendas urbanas sin rigor documental que siempre circulan, de ella se decía que en un hipotético encuentro con la mismísima Reina de Inglaterra, tendría que ser Isabel II quien mostrara sus respetos a la noble española. Incluso se barajó la posibilidad, como descendiente de las dinastía de los Estuardo, de que accediera al trono de Escocia en el supuesto de que el país se hubiera constituido finalmente en Estado independiente del Reino Unido. Todos títulos que quedarán repartidos junto a los aproximadamente 3.000 millones de euros en que se cifra su patrimonio —compuesto por latifundios, obras de arte, joyas, valores bursátiles, inmuebles y demás bienes familiares— entre su prole en virtud de esa división anticipada de su herencia que dejó firmada a principios de julio de 2011 y que tanta polvareda mediática suscitó.

Existe, sin embargo, por vastos y difíciles de enumerar que sean sus terrenos y propiedades, un honor que la Duquesa de Alba se llevará a la tumba consigo. Porque hay parcelas, sí, tan personales que resultan imposibles de transferir por vía testamentaria. Ocurre, sin ir más lejos, con la de los sentimientos, una tierra que Cayetana abonó generosamente. Una mirada a su expediente nupcial, donde se ha registrado un total de tres visitas al altar, basta para comprobarlo. Pese a las bodas, ninguna de las relaciones que la llevó a contraer esos matrimonios con Luis Martínez de Irujo, Luis Aguirre y Alfonso Díez  —de quién se destacó, una vez conocido el noviazgo que mantenía con la aristócrata, no sin sorna, su devoción por las antiguallas— fue ni tan intensa ni tan auténtica como el amor que a lo largo de toda su vida le profesó a la ciudad de Sevilla. Habitual tanto de la Feria de Abril, la Semana Santa como de la temporada de rebajas en la calle Sierpes o el palco de La Maestranza y enamorada de la cultura y la sociedad hispalense, algún confidente ha llegado a decir que nunca llevó bien lo de llegar al mundo en las inmediaciones de Ventura Rodríguez. No nacer en Sevilla fue una espina que llevó clavada hasta el día de su muerte. A su juicio, el pecado original por excelencia. Precisamente, fruto de ese idilio tan especial, de su contacto permanente con el latir de la ciudad que siempre concebiría como su verdadero hogar, nació su pasión por el Real Betis, que no por el fútbol. En una línea similar se manifestó , por ejemplo, en política, cuando en su día admitió que lo del socialismo era algo que no le iba mucho, pero que igual Felipe González le hacía tilín. Un título, el de seguidora verdiblanca, que ha paseado con una gracia similar a la que demostró al arrancarse por sevillanas el día de su último enlace y  más orgullo, todavia, hasta su reciente fallecimiento a los 88 años de edad.

No resulta frecuente ver a Manuel Ruiz de Lopera, un hombre con un elevadísimo concepto de sí mismo, inclinándose ante un congénere. La ocasión y, en particular, el personaje bien merecían la reverencia, no obstante. Corría el mes de junio de 2005 cuando el Ayuntamiento de Sevilla se vestía de gala y abría las puertas para recibir a los recientes y flamantes ganadores de la Copa del Rey. La expedición, liderada por el antiguo Presidente del club, a su vez, llegaba para ofrecer el título a los cientos de seguidores que se agolpaban en la Plaza Nueva. Minutos antes de salir a la balconada y jalear a la multitud tocó, como de costumbre, asistir al correspondiente discurso del alcalde y la típica foto de familia que retratara a las personalidades del municipio con el trofeo. Una presencia femenina llamó, sin embargo, la atención de Lopera mientras se colocaba para la instantánea. Ya había departido con ella y con su hija homónima (Cayetano Martínez de Irujo, el vástago que ostenta el título de Conde de Salvatierra, por su parte, se decidiría a cambiar de chaqueta y apoyar al conjunto anteriormente conocido como Atlético de Madrid, hoy ‘equipo del pueblo’ o ‘los incómodos del bosque de Sherwood’, después de que el Real Madrid presentara a Cristiano Ronaldo, porque el luso proyectó la típica imagen de terratiente cacique y ‘ayatolá’ que tanto rechazo suele generar entre los humildes jornaleros de la aceituna como él) durante la noche anterior al coincidir en el palco del Vicente Calderón poco después de la final que disputaron contra Osasuna, le transmitió sus felicitaciones por la victoria. La duquesa de Alba, “más bética que futbolera”, según reconocía, y amiga personal del primer edil, tampoco quiso perderse la fiesta y se acercó al consistorio, lo que obligó al carismático dirigente que a comienzos de la década anterior le ordenaba a un tal Reinaldo que en veinticinco minutos le realizara una transferencia de 800 millones de pesetas a fin de salvar el beticismo, dueño de un husky siberiano de nombre Hugo, a proceder con la genuflexión hacia la dama que entonces ya lucía el típico cardado de los caniches en los concursos de belleza perruna. Un caniche del mejor pedigrí, en este caso.

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Lopera muestra sus respetos a la duquesa de Alba en el Ayuntamiento de Sevilla el día después de ganar la Copa del Rey de 2005

Sea como fuere, ahí estaba él, que perfectamente habría firmado las declaraciones del homólogo que durante años constituyó su némesis, huésped de una prisión onubense en la actualidad, José María del Nido, comentando que única y exclusivamente se sacaría el fedora en presencia del Papa, estrechando con una sonrisa la patita de tan ilustre bética en lo que significa uno de los momentos de la celebración junto a la secuencia de Joaquín Sánchez entrando a la carrera en el hotel del equipo en Madrid con síntomas evidentes de diversión mientras los primeros rayos de luz despuntaban en el horizonte.

Dicho lo anterior, no faltará quien trate de restarle valor a su beticismo al comentar que a las maduras, claro, solemos estar la mayoría, pero que es a las duras cuando se descubren a los aficionados de verdad. Quizá no sepan que la oligarquía y el gusto por las franjas verdiblancas, más o menos, son dos cosas que le vienen de cuna. Que se lo consulten, precisamente, a Alfredo Sánchez Monteseirín, quien fuera alcalde de Sevilla a finales de mayo de 2009, el año en que el equipo consumó por undécima vez en la historia su descenso a Segunda división. Ni Lopera, en calidad de máximo accionista del la entidad, ni José León, alias ‘El Cuchara’, su presidente-marioneta, que había dejado de acudir a los partidos, ni su segundo de a bordo, víctima de una arritmia, se personaron aquella tarde en el campo, lo que puso al jefe del concejo y a la aristócrata, apenas los únicos rostros reconocibles del palco de autoridades, en la tesitura de escuchar los insultos que se colaban entre las botas de los antidisturbios de boca de los hinchas más indignados, que luchaban por escalar el muro situado al pie de la planta noble del estadio, nunca mejor dicho. Manteniendo el tipo mientras el capitán del barco y sus oficiales, al ver que el naufragio que se les avecinaba, hacía tiempo que se habían tirado a las aguas del Guadalquivir. Porque quien es del Betis, lo es de manera incondicional. “Manque pierda”.

También se escaquearía Lopera de tener que despedirla para siempre en nombre del club. Se comió el marrón Rafael Gordillo, Presidente de su fundación, que destacó de ella que “quería mucho al Betis” y los recuerdos tan gratos que le guardaba. Por su parte, desde Heliópolis emitieron un comunicado oficial dándole el pésame a la familia, aprovechando para recordar la activa militancia que la Duquesa ejerció en todo momento, participando incluso en la cena de conmemoración del centenario que se celebró en los Reales Alcázares y para comparar su figura a la de otros seguidores ilustres como el diestro Curro Romero, mientras 80.000 personas hacían cola a las puertas, no del Benito Villamarín ni para comprar localidades, sino de la capilla ardiente que se instaló en el Ayuntamiento, dispuestas a darle un último adiós, a la espera de que sus cenizas fueran depositadas bajo el Cristo de los Gitanos. El mismo al que Machado, uno de sus grandes referentes literarios, le dedicó una saeta y conserva ahora los restos mortales de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, la mujer que vivió y murió como le dio la gana. La ‘otra’ abuela del Betis, con permiso de la yaya original, Concha Andrade.

24/11/2014

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