El orgullo de Mestalla

JoséLuisGayàFIRMA DE FÁTIMA MARTÍN | Es el Valencia un club orgulloso. El orgullo, palabra de origen franco-catalán, forma parte de su ADN y vertebra su casi centenaria historia. Este orgullo rebelde fue el motor que empujó a la mítica Delantera Eléctrica —Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza— a dominar el fútbol patrio de los años 40 huyendo del frío y el hambre de la Valencia de posguerra; así como el empuje de un club que, de la mano de Rafa Benítez, se levantó del varapalo que supusieron las dos finales de Champions perdidas para hacerse con la Liga de 2002 y el doblete de 2004. El orgullo de unas raíces que llevó a Puchades a encargar, para presidir el que sería el hogar de toda su vida, unas vidrieras con las imágenes de un futbolista y un arrocero; o el que supuraba la mirada de Ricardo Arias mientra comía con fruición, cara a la grada, los gajos de una clementina arrojada por un hincha rival durante un partido de Copa al grito de “¡Naranjero!”. El orgullo irreverente e inconformista que llevó a su afición a adoptar como santo y seña aquel apelativo de “bronco y copero” que acuñó la capital para burlarse del equipo de provincias o a negarse a admitir que el objetivo de ser terceros en Liga sea asumible o deseable.

Hoy el orgullo del valencianismo se ha hecho carne en esos chicos de la cantera, renombrada como Academia Gloval desde la llegada de los nuevos métodos de Rufete, que han irrumpido en el primer equipo tirando abajo la puerta del vestuario, que diría Camacho. Un Paco Alcácer consolidado, a fuerza de gol, en la entidad ‘ché’ y al que le sienta como un guante el ‘9’ de La Roja. Un Carles Gil que, fogueado en el sufrimiento del Elche, le está ganando la partida a fichajes como Rodrigo De Paul o Bruno Zuculini. Incluso un Robert Ibáñez que ha ganado seis kilos de masa muscular desde pretemporada y, compatibilizando el Mestalla con el primer equipo, espera paciente que Feghouli se marche a la Copa de África para mostrar lo desequilibrante de su fútbol. Con igual o más fuerza, los blanquinegros se enorgullecen de José Luis Gayà, jugador revelación del arranque liguero y digno sucesor de la saga de ilustres laterales que han devorado kilómetros en la banda zurda de Mestalla los últimos años: Jordi Alba y Juan Bernat.

Muchos son los que se preguntan qué desconocida receta se usa en Paterna, especializada en producir talentos en una posición con escaso abolengo en las canteras patrias. Pero la cosa ha tenido tanto de trabajo como de azar. Si bien es cierto que durante años los ojeadores del Valencia han peinado España en busca de talentos zurdos —Silva, Mata, Isco…— no centraban su atención en la demarcación de lateral. De hecho, conviene diferenciar entre los citados Alba o Bernat y Gayá. Éstos crecieron como extremos, fueron retrasados a la defensa ante las necesidades del primer equipo y tuvieron que aprender sobre la marcha; mientras que el pedreguerense ejerce el oficio de lateral desde infantil, con lo que ello significa de ventaja en la consolidación de conceptos defensivos. La rapidez con la que Gayà se ha adaptado a la Primera división procedente de Segunda B hace que el camino parezca fácil a simple vista. Sin embargo, el sendero fue largo y sinuoso, lleno de sacrificios y momentos en los que tuvo que tirar de casta y orgullo ‘ché’ para seguir adelante.

Aproximadamente 120.000 kilómetros tuvo que hollar el lateral en sus primeras tres temporadas en la cantera del Valencia. Son los que separan su localidad natal, la alicantina Pedreguer, de Paterna —más de 120 kilómetros por carretera—, multiplicados por dos viajes al día y cuatros días por semana. Con 11 años fue captado en su pueblo por el club de sus amores y su familia no dudó en concederle el capricho, siempre y cuando siguiera viviendo en casa y rodeado de su gente. Bocadillos, deberes y legañas en el coche formaban parte de su rutina, al igual que las decenas de trallazos con los que perforaba las mallas rivales como delantero del Alevín A. Las palizas de coche se convirtieron en máxima autoexigencia, a ritmo de 60 goles por temporada. Jamás se quejó del cansancio. Sólo se permitía poner mala cara los días de lluvia, y únicamente porque el club le prohibió ir a entrenar y realizar un trayecto que puede ser peligroso en días de gota fría.

AlcácerCarlesGil

Paco Alcácer y Carles Gil son, junto a Gayà, los grandes exponentes del buen momento de salud del que goza la cantera del Valencia.

El entrenador del Valencia Infantil A, Vicente Castro, tuvo la ocurrencia de colocar por primera vez a Gayà como lateral tras la marcha de Grimaldo a Barcelona y la conversión de Salva Ruiz en central zurdo. Pretendía aprovechar su cambio de ritmo y buen dribling, liberándole de toda marca y dándole campo. Funcionó mejor de lo esperado, pues no tardó en asimilar los conceptos defensivos y en desarrollar una visión de juego que aún hoy cuenta entre sus mejores virtudes. El niño que soñaba con ser Vicente, en su prematura madurez, aceptó de buen grado el cambio porque, aunque le gustaba hacer goles, lo que quería era jugar. Aún marcaría muchos tantos como lateral y cómo interior, demarcaciones que compatibilizó desde entonces hasta hoy, puesto que Nuno Espirito Santo también confía en su versatilidad cuando un partido exige amplitud por bandas.

No son pocos los canteranos que se han perdido en la inestabilidad institucional y deportiva del club de Mestalla en los últimos años. No fue el caso de Gayà. Debutó con el primer equipo en un partido de Copa contra la Llagostera de la mano de Pellegrino, se convirtió en el blanquinegro más joven en jugar un partido europeo ante el Kuban Krasnodar con Đukić y deslumbró en su primera aparición liguera secando a un enrachado Raúl García bajo las órdenes de Pizzi. El mánager general del Valencia no dudó en abrirle paso al primer equipo cuando Bernat puso rumbo a Múnich, deshaciéndose de Cissokho y Guardado. La apuesta de Rufete salió a pedir de boca. A sus 19 años, siendo el benjamín de la plantilla más joven de Primera, cuesta adivinar cuál será su techo. Del Bosque le ha declarado como alternativa para la España postmundialista —aunque sólo acumula dos internacionalidades como sub-21, ya ha devorado todas las etapas en ‘La Roja’—. Como siempre, sin hacer ruido, se ha convertido en indiscutible para Nuno, siendo el tercer valencianista que acumula más minutos. Sin adornos ni estridencias, combina con maestría sus virtudes ofensivas —poniendo  los centros dónde a él le gustaba recibirlos como delantero— con la disciplina defensiva.

El orgullo ‘ché’ que llevó a ‘Mundo’ a pedirle matrimonio a su esposa con una alianza coronada por el escudo de Mestalla o el que llevaría a Gorostiza a morir arruinado por la bebida en un asilo abrazado a la pitillera de plata que le regaló Luis Casanova con la inscripción “Al mejor extremo izquierdo del mundo de todos los tiempos” es el mismo que hoy hace que, cuando Gayà visita la casa de su padres en Pedreguer, duerma en una habitación decorada con los trofeos ganados a lo largo de su trayectoria en cantera del Valencia y una foto en la que el pequeño José Luis posa feliz junto a David Villa. En las sábanas le arropan los murciélagos mientras, ahora sí, sueña con convertirse en la versión zurda de Philipp Lahm.

23/11/2014

Fátima Martín es periodista ex del diario MARCA y futmi.com.

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