Con una mano delante y la otra detrás

imageSERGIO MENÉNDEZ | Se conoce como streaking a un fenómeno surgido a lo largo de la década de los 60 en Estados Unidos que alcanzó bastante popularidad en los principales campus universitarios del país durante la década posterior, casi al mismo tiempo en que se producían los estertores de muerte del movimiento ‘hippie’. Consistía, básicamente, en correr desnudo. Correr desnudo, sí, pero no como una variante de tipo deportiva del nudismo, sino a modo de acto reivindicativo. La intención del ‘streaker’, denominación que recibe el colectivo formado por las personas que practican esta modalidad de protesta, es llamar la atención del público en torno a cuestiones que no gozan de la importancia que se merecen dentro del pensamiento colectivo. Así lo consideran, al menos, los seguidores más puristas de esta corriente, hoy formada por miembros de asociaciones feministas o grupos ecologistas en su mayoría, que irrumpen del mismo modo en que vinieron al mundo luciendo el mensaje que pretenden difundir en llamativas pancartas o grabados sobre la piel en lugares concurridos y donde la presencia de cámaras de televisión les garantice la posibilidad de ganar unos segundos de fama para su causa.

Se trata, en esencia, de conseguir notoriedad gracias al escándalo. Las cumbres internacionales del tipo G-8 o los grandes acontecimientos deportivos constituyen dos de los escenarios donde más probabilidades existen de presenciar a los llamados espontáneos corriendo delante de los vigilantes de seguridad del recinto mientras enseñan al respetable sus partes pudendas. De hecho, en lo concerniente a las finales o partidos de cierta repercusión mediática, se suele generar entre los portadores del chaleco reflectante y los asistentes al estadio un clima de expectación y una curiosidad malsana por detectar desde qué parte de la grada se producirá la entrada del desvergonzado de turno a medida que el encuentro se termina. Deberían pensarse las casas de apuestas lo de empezar a ofrecer cuotas por predecir el minuto en que estos improvisados protagonistas iniciarán su particular carrera de obstáculos tratando de zafarse de los placajes de la gente de Prosegur. En este sentido, si también se permitiera poner dinero por acertar la identidad del agente provocador, el nombre que menos beneficios reportaría sería, sin género de dudas, Jimmy Jump. Un personaje que, si bien no se vio obligado jamás a despojarse de su ropa a cambio de repercusión mediática y su principal objetivo nunca fue salvar las ballenas o solidarizarse con las Pussy Riot sino convertirse a sí mismo en una marca comercial, ahora ve peligrar su principal fuente de ingresos tras acumular una deuda en torno a los 280.000 euros a raíz de las multas que los diferentes organismos reguladores deportivos le han ido imponiendo a lo largo de su trayectoria como espontáneo y después de que la justicia haya decidido retenerle la mitad de su nómina mensual. “No tengo dinero”, ha declarado recientemente el célebre invasor de campos.

“Que es mi salto mi tesoro; que es la fama mi libertad; mi ley, la fuerza y el viento; mi única patria, Jimmy Jump”. He aquí la parodia de José de Espronceda con que Jaume Marquet i Cot, el hombre bajo la barretina más famosa del planeta fútbol, resume la filosofía de su oficio como ‘saltador’. “La canción del pirata” constituye la síntesis perfecta del ideal, por llamarlo de alguna forma, que llevó a este catalán de 38 años natural de Sabadell, hincha del Barça y admirador de Abelardo a dedicarse de manera profesional al abordaje de las citas deportivas de más alto copete. Casi 40 saltos, la mayoría ejecutados sobre cal y césped, conforman la tarjeta de presentación de un individuo que ha logrado hacer de su afición a reventar actos públicos, no sólo un arte, sino también un pequeño imperio comercial basado en la venta de merchandising.

Copa del Rey, Mundial, Champions League, Euro, Copa América, Mundialito de Clubes, Copa de África o incluso Roland Garros, Copa Davis, Mundial de Rugby y hasta Juegos Olímpicos. No hay fase final de un torneo que se precie que no haya contado con su repentina presencia. La diversificación siempre fue una máxima en su negocio, en cualquier caso. Para el recuerdo quedarán su participación en la gala de los premios MTV para Europa en 2004 desde Roma, los San Fermines de 2005 o, más próximas en el tiempo, el momento en que se unió a Daniel Diges para interpretar la coreografía de “Algo pequeñito” (“Wuo, uo, uo…”) en el Festival de Eurovisión de 2010 o cuando subió a recoger el Goya al mejor actor protagonista un año después para sorpresa de Antonio de la Torre, Javier Bardem y Luis Tosar, víctimas de sus trastadas como lo fueron en su día Leo Messi, Sergio Agüero, Cristiano Ronaldo, Eto’o, Zlatan Ibrahimović o Luis Figo, con quien pagó su traición al Barcelona tirándole una estelada a la cara en plena final de la Euro de 2004.

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‘Jimmy Jump’ tratando de colocar una barretina sobre la Copa del Mundo antes del comienzo de la final del 2010. El hombre de traje se lo impidió.

Lejos queda, por tanto, el advenedizo que irrumpió sobre el asfalto del circuito de Montmeló en 2004, cuando Fernando Alonso no había conquistado siquiera el primero de sus dos Mundiales de Fórmula 1, corriendo como un descosido por la parrilla de salida los instantes previos a que comenzara el Gran Premio, su primera aparición conocida sobre suelo español.

Más valdría preguntarle, de todos modos, por lo de ‘español’, habida cuenta del profundo nacionalismo que profesa. Un movimiento en torno al cual ha construido su imagen de marca, haciendo de la barretina su principal reclamo a nivel comercial y un motivo suficiente para que la detección visual de un gorro típicamente catalán entre los ocupantes de la grada obligue a que los walkie-talkies a pie de campo comiencen a desprender humo. Hasta tal punto llega su compromiso tanto con el objetivo de alcanzar la fama como con el sentimiento de pertenencia a la tierra que le vio nacer que se permite el lujo de vender este artículo en edición limitada con logo oficial en su tienda on-line a cambio de la friolera de 100 euros. Y es que, al margen de que la pela, ya se sabe, es la pela, no le quedan demasiadas opciones por explotar al desafortunado de ‘Jimmy’ ahora que le oprimen las deudas y que tiene prohibida la entrada a la mayoría de eventos deportivos que se celebran en el planeta. Lo que no deja de ser curioso es haya tenido que ser la justicia quien dejara a un tipo que nunca llegó a desnudarse del todo, como se dice coloquialmente, con una mano delante y la otra detrás.

17/11/2014

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