Del Vélodrome a presidente de Argelia

ben-bella1ÁLVARO MÉNDEZ | El desenfreno, la fugacidad y la dedicación suelen ser características comunes a todos aquellos futbolistas que han triunfado sobre el terreno de juego. Cuando apenas son chavales que luchan contra el bolígrafo rojo del profesor para terminar sus estudios, el balón se cruza en sus caminos desviando la trayectoria de sus vidas para siempre. Trabajo, trabajo y más trabajo con el tiempo justo para descansar y poco más. Lo que ocurre fuera de esta burbuja balompédica en la que viven las estrellas del planeta fútbol queda momentáneamente en un segundo plano reducido a un pequeño titular de periódico que nadie leerá. Sin embargo, el ocaso de sus carreras suele venir acompañado de una sensación de responsabilidad ligada a la edad y al hecho de darse cuenta de que existe todo un universo fuera de los estadios.

Por eso no es extraño ver a grandes figuras que, tras colgar las botas, deciden probar suerte en la política para defender los intereses de aquellos sectores sociales que posibilitaron su gloria. Primero, la vocación. Luego, el deber. Romário, George Weah, Andriy Shevchenko o Kakha Kaladze son ejemplos de futbolistas que, con mayor o menor fortuna, se han servido de su éxito futbolístico como trampolín para la vida pública. Sin embargo, ninguno de ellos ha llegado tan lejos como Ahmed Ben Bella.

Nacido en Orán en plena Gran Guerra, se crió en la Argelia francesa de principios del siglo XX en la que los estereotipos raciales estaban a la orden del día. Como todo joven de la época, Ahmed jugaba a la pelota en sus ratos libres y en su escuela de Tlemcen. Para escapar de su situación de inferioridad con respecto de los colonos en la que se encontraban todos los argelinos, se alistó voluntariamente en el ejército francés y fue trasladado a Marsella en 1936 para llevar a cabo el servicio militar. Y el fútbol le abrió una puerta que jamás podría imaginar.

Sus habilidades con el balón no pasaron desapercibidas y pronto ingresó en las filas del Olympique de Marsella, un club que por aquel entonces ya coqueteaba año tras año con las primeras posiciones de la primera división del fútbol galo. Su recién estrenado feudo, el Stade Vélodrome, se convirtió en la envidia de todo un país y en el símbolo de la Copa del Mundo de 1938. Ahmed Ben Bella jugó su primer —y, a la postre, único— partido con ‘Les Phocéens’ un 29 de abril de 1940, en un enfrentamiento de la Copa de Francia frente al FC Antibes. Convertido en centrocampista, el argelino logró incluso uno de los nueve tantos con los que el Olympique humilló al modesto club de la Costa Azul.

El cuerpo técnico le ofreció la oportunidad de continuar en el equipo, oferta que Ben Bella rechazó para combatir a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Miembro de la Infantería Alpina, participó en la batallas de Monte Cassino y en la liberación de Roma, honores por los cuales el mismísimo Charles de Gaulle le condecoró con la medalla militar francesa a la valentía. Sin embargo, los acontecimientos en Sétif al término de la contienda supusieron un punto de inflexión en su vida. Tras diversas manifestaciones en favor de la independencia de Argelia, las fuerzas armadas francesas ejercieron una brutal represión en las calles que se cobró la vida de más de 2.000 personas.

Fue entonces cuando Ben Bella se unió a la lucha armada y fundó finalmente el celebérrimo Frente de Liberación Nacional. Transfigurado en cabeza visible del movimiento, el que fue un día mediocampista del Olympique de Marsella fue capaz de liderar con determinación la dura batalla contra el colonialismo galo, consiguiendo que el 5 de julio de 1962 Argelia fuera reconocida como Estado independiente. Las elecciones del año siguiente llevaron a la Presidencia a Ben Bella, quien recibió orgulloso la misión de guiar el destino de una nación que acababa de cumplir la mayoría de edad. Porque, a veces, es necesario anteponer la obligación a la devoción.

07/11/2014

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