La fuerza de las raíces

Porto's Yacine Brahimi celebrates his goal against BATE Borisov during their Champions League Group H soccer match in PortoJULIÁN CARPINTERO | Una pared en la frontal del área. El clásico ‘tuya-mía’ con el colombiano Quintero. Un recorte hacia la izquierda, un quiebro en dirección contraria y el balón que sale percutido por su bota derecha en dirección a la escuadra de la portería de Rui Silva, el indefenso arquero del Nacional de Madeira. El protagonista de la acción no fue otro que Yacine Brahimi, la gran e inesperada estrella del Oporto de Julen Lopetegui, un futbolista que creció codeándose con la actual flor y nata del fútbol francés pero que, a diferencia de su ídolo Zidane, acabó abrazando la bandera de las tropas de Abdel Kadir.

El pasado 16 de julio, apenas tres días después de que Götze hubiera cosido la cuarta estrella en el escudo de la Mannschaft, Nuno Pinto da Costa, esa suerte de Shylock del fútbol que dirige los designios del Oporto desde 1982, cerraba con el Granada el fichaje de Brahimi, aquel ‘trequartista’ menudo que apenas superaba los 170 centímetros de altura pero que era capaz de desarbolar a las defensas más pobladas gracias a su habilidad y visión espacial. El gran Mundial que Yacine había realizado en Brasil, donde lideró a Argelia hasta los octavos de final —cuando llevaron a la a la postre campeona Alemania a la prórroga en el Beira Rio de Porto Alegre— había hecho que los ojeadores de los grandes clubes europeos apuntaran su nombre en rojo mientras esbozaban una sonrisa nerviosa, mitad incredulidad mitad deseo. En este contexto, cuando los emisarios del ‘Dragão’ se presentaron en Los Cármenes dispuestos a pagarle seis millones y medio por Brahimi a Quique Pina se le dibujaron en las pupilas los símbolos del euro y preguntó que dónde tenía que firmar. Equivocado o no, el caso es que el ‘10’ del Granada cambiaba el Genil por el Duero cuando hacía las maletas, una constante que ya se había convertido en rutina a sus 24 años.

Como casi todos los niños hijos de inmigrantes de las colonias francesas que nacieron en París y se criaron en los ‘banlieus’ de la capital francesa, Yacine pasó su infancia con un balón debajo del brazo y unos zapatos carcomidos de tanto que le pegaba al cuero. En las plazas de Montreuil soñó con ser un Zidane que cuando él tenía ocho años dio a Francia la primera Copa del Mundo de su historia. Así, a medida que se hacía mayor, su fútbol de calle empezó a llamar la atención de los scoutings que vigilaban a aquellos potenciales malabaristas del balón, por lo que desde el equipo de su barrio fue reclutado por el vivero del Vicennois, el mismo en el que floreció el hoy centrocampista del PSG Blaise Matuidi. Para entonces, Brahimi —que, como sus progenitores, practica la religión musulmana— ya era un asiduo en las convocatorias de las selecciones inferiores de Francia, que en las últimas décadas se han surtido, precisamente, de jóvenes de ascendencia africana. Él no lo sabía, pero la llamada del combinado francés sub-16 en 2006 acababa de poner la semilla para un conflicto interno que tardaría años en resolver: jugar para Francia, el país en el que había nacido y que le había dado un futuro, o hacerlo para Argelia y honrar las raíces de sus padres.

No obstante, aún era pronto para saber qué rumbo acabaría cogiendo la carrera de un Brahimi que ingresó en la prestigiosa academia de Clairefontaine, el campo de cultivo de las futuras estrellas del PSG. Allí coincidió, entre otros, con el ahora central del Liverpool y de ‘les bleus’ Mamadou Sakho, aunque sus caminos se separaron cuando en 2009 Yacine escuchó la llamada del Rennes en vistas de que el megaproyecto que la familia Al-Khelaïfi acabaría cerrándole las puertas del Parque de los Príncipes. Y en ningún caso fue un error, pues en el club bretón empezó a dar muestras de lo que iba a ser capaz. Una cesión al Clermont y otra al Granada acabaron por lanzar definitivamente una carrera en la que, en paralelo, seguía abrazando al gallo francés.

Hasta que en 2013, cuando faltaba poco más de un año para que diera comienzo el Mundial, Brahimi tomó la decisión de unirse al grupo de Vahid Halilhodžić y comandarle para estar presente en su cuarta Copa del Mundo. Él, que había sido un habitual en las convocatorias de Francia en los torneos de las categorías inferiores, abandonaba a los Boudebouz, Rivière o M’Vila para enfundarse la camiseta argelina. Y en la cuna del fútbol samba, con el ‘11’ a la espalda, Brahimi dio lo mejor de sí hasta el punto de que Lopetegui no tuvo más remedio que llamar a Pinto da Costa para comunicarle que él debía ser la piedra angular de su ambicioso proyecto en Oporto.

Ni corto ni perezoso, el salto no se le ha quedado pequeño a Yacine, que en su debut en la Champions League fue capaz de hacerle un hat-trick al BATE Borisov ante el asombro de toda Europa y ya se ha convertido en el eje de un talentoso centro del campo en el que conviven cerebros como Óliver Torres, Rúben Neves o Héctor Herrera. La única duda que planea ahora sobre su futuro es cuánto dinero será capaz de sacar por él Pinto da Costa, alguien para quien vender al alza le resulta tan sencillo como a Brahimi buscar el hueco que no existe.

04/11/2014

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