Muerte donde fuimos campeones

casillas_mediagallery-pageÁLVARO MÉNDEZ | La noticia sacudió el mundo del fútbol a principios de semana. Senzo Meyiwa, portero del Orlando Pirates, había sido asesinado en casa de su novia en Vosloorus, uno de los suburbios al sureste de Johannesburgo. Su nombre se unía automáticamente al de tantas y tantas personas que pierden la vida en el continente olvidado. Pero el arquero de 27 años no sólo era el líder indiscutible de su equipo, sino un auténtico icono del balompié sudafricano. Dos títulos de la Premier Soccer League y otras tantas copas nacionales figuraban en su exitoso palmarés. Sus extraordinarios reflejos, su capacidad de liderazgo y su endemoniada agilidad compensaban con creces su pequeña estatura —medía sólo 1’75 metros de altura—, lo que le había llevado incluso a ser el meta titular de los bafana-bafana en 2013.

Su pérdida causó un auténtico terremoto en su país natal, aunque las ondas sísmicas llegaron incluso a las altas esferas de fútbol internacional. El fallecimiento de Meyiwa, de hecho, sucedió a tan solo media hora en coche del Soccer City, lugar sacrosanto que vio a Iker Casillas levantar la Copa del Mundo en 2010. Quizá es ésta la causa por la cual su desaparición no ha sido tratada por los medios de comunicación como una más de las que ocurren a diario en la ciudad más poblada del motor de África.

No deja de ser curioso que Sudáfrica se sitúe en el ojo del huracán cuando se la suele englobar dentro de los BRICS (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica), siglas que hacen referencia a las grandes potencias emergentes. No en vano, nos encontramos ante el país que genera el 25% del PIB del continente entero, el primer productor mundial de platino, el tercero de oro y uno de los miembros del selecto club que, en mayor o menor medida, ha sido capaz de esquivar la crisis económica que ha vivido Occidente.

Sin embargo, ese crecimiento económico contrasta con una pésima distribución de la riqueza generada, la corrupción, la existencia hoy en día de numerosos guetos donde se hacina la población negra, el desempleo, el SIDA y la inseguridad que se respira en las calles de las ciudades más importantes del país cuando se pone el sol. Comúnmente se le concede a Johannesburgo el dudoso honor de ser una de las ciudades más peligrosas sobre la faz de la Tierra, aunque también es frecuente encontrar el testimonio de quienes han paseado tranquilamente por sus calles. Las últimas estadísticas muestran, además, que los asesinatos se han reducido en un 40% y el crimen en un 20% con respecto a los primeros años de democracia.

Pero lo cierto es que los hechos hablan por sí solos y el país no acaba de despegar. El asesinato de Meyiwa pone de relieve que la violencia continúa siendo la asignatura pendiente de Sudáfrica, algo de lo que fueron testigos los propios periodistas cuando cubrieron el Mundial 2010. Durante la celebración del campeonato, un periodista del diario MARCA fue desvalijado junto a otros redactores en un hotel, mientras un equipo de Cuatro se vio inmerso en un gran atraco en el que murió un policía. Y es que, por desgracia, las armas se han convertido en el mejor argumento que se puede utilizar en el país. Tal vez por eso merece la pena recordar que aún queda mucho camino por recorrer en el país que más elogios recibe por parte del mundo desarrollado para que el sueño de Mandela no acabe en pesadilla a causa del odio y la sinrazón.

31/10/2014

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