Sonreír con Tuchel

ThomasTuchelJULIÁN CARPINTERO | Sucedió, como muchas tragedias, al final y sin querer. Un disparo casi sin ángulo de Fede Cartabia con su pierna izquierda fue escupido por el poste de la portería que defendía Zubikarai para, a continuación, pegar en el brazo de un Xisco que, despistado, ni siquiera estaba mirando al balón. Murphy y su estúpida, pero precisa, ley acababan de ajustar la soga al cuello de Jagoba Arrasate, el apático técnico de la Real Sociedad, probablemente el hombre más impopular de los últimos meses en la victoriana Donosti. Porque el empate ante el Córdoba ha sido la gota que ha desbordado el vaso del que bebe la planta noble de Anoeta, harta de comprobar cómo el incalculable talento de la actual generación se pierde en la desembocadura del Urumea para irremisiblemente esparcirse en la Concha.

En San Sebastián siempre se ha mirado con recelo a Arrasate, con la misma desconfianza con la que se escruta a un vecino que no va a misa. A pesar de ser un hombre de la casa —jugó en las divisiones inferiores de Zubieta y llegó a ser la mano derecha de Philippe Montanier—, nunca ha conseguido despertar ni las simpatías ni la pasión necesarias para comulgar con la grada de Anoeta. Quizá por su carácter taciturno o por su escaso libreto de soluciones tácticas, la realidad es que Arrasate parece haberse enquistado en el banquillo de una Real que ha sugestionado los mismos vicios que su técnico y que llora a moco tendido la marcha de Griezmann a la capital. Eliminada en la previa de la Europa League por el inhóspito Kuban Krasnodar ruso, el cuadro ‘txuri-urdin’ pena en el puesto 17 de la tabla, con seis puntos y sólo una victoria en nueve jornadas, un peligroso sendero sobre el alambre que puede acabar en tragedia si no encuentra un revulsivo que reactive al equipo lo antes posible. En este contexto, la Junta que preside Jokin Aperribay podría tener decidido el nombre del agitador que, semana sí y semana también, reclama la hinchada donostiarra y que no es otro que el germano Thomas Tuchel, cuyo apellido le será relativamente desconocido a todo aquel neófito de la Bundesliga a. P. (antes de Pep).

Es joven y enérgico, suele llevar barba y tiene una mirada pícara que le permite vivir el fútbol con pasión. Si a esta descripción se le suman su carisma, su capacidad para conectar con la afición y su decidida apuesta por las categorías inferiores todo llevaría a pensar que se está hablando de Jürgen Klopp. Nada más lejos de la realidad, pues el gigante Thomas Tuchel (192 centímetros) ha desarrollado su corta —y exitosa— carrera bajo la eterna comparación con el cacique del Borussia Dortmund. Sus increíbles temporadas con el modesto Mainz le pusieron en el punto de mira de los grandes equipos de Alemania, más aún cuando el pasado mes de mayo rescindió, para sorpresa de propios y extraños, su contrato con el cuadro renano. Fue entonces cuando se especuló con la posibilidad de que ocupara el puesto de Klopp si éste se dejaba seducir por los cantos de sirena que le llegaban desde Manchester, aunque su decisión de tomarse un año sabático no sólo no zanjó los rumores, sino que los alimentó. ¿Estaría Tuchel preparándose para sustituir a Joachim Löw cuando éste pusiera el punto y final a su aventura en la Mannschaft? Si, como todo hace indicar, acaba firmando por la Real, la respuesta sería no.

Y es que el Mainz ha sido, sin duda, su ópera prima, la gran carta de presentación con la que seguramente aterrizará en las faldas del Monte Urgull. Tuchel llegó al banquillo del vetusto Stadion am Bruchweg en agosto de 2009, cuando sólo tenía 35 y no contaba con experiencia en el primer nivel, ya que después de no haber sido capaz de triunfar como defensa en el Stuttgart Kickers y el SSV Ulm encontró su sitio en la cantera del Augsburg. Sin embargo, cuando en Maguncia decidieron prescindir del noruego Andersen fue su teléfono el que sonó para, precisamente, ocupar el hueco que con tanto mimo había moldeado Klopp entre 2001 y 2008. La primera campaña, que también era la del retorno del Mainz a la Bundesliga, consiguió mantener al equipo sin apuros, mientras que la segunda significó el canto de cisne de aquella generación. Incorporó al fantasista Caligiuri, al habilidoso Holtby, al sacrificado Fuchs y al potente Szalai, que se unieron a la buena materia prima con la que ya contaba y entre la que sobresalía el excepcional Schürrle —la trufa de su cesta—, unos mimbres con los que encadenó siete triunfos en los primeros siete encuentros, incluida una victoria en el Allianz ante el Bayern de van Gaal. En mayo, el Mainz acabó quinto, una posición con la que certificaba la clasificación para la Europa League por segunda vez en sus 106 años de historia. Un hito, al fin y al cabo.

De concretarse su fichaje por la Real Sociedad, Tuchel se encontrará una camada de ‘txuri-urdines’ que únicamente necesita una idea y la dosis de confianza necesaria para mostrar lo que tienen adentro. Si algo les sobra a los Rubén Pardo, Zaldua, Íñigo Martínez, Canales, Finnbogason, Vela o Rulli es calidad, de modo que las dos premisas anteriores dependerán de un Tuchel cuyos registros oscilan entre el toque y la posesión y el vértigo y la velocidad en las transiciones. Es decir, la miscelánea tan identitaria del fútbol alemán contemporáneo. Y que, a diferencia de Arrasate, sonríe.

28/10/2014

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