Una fecha

messi-arbeloaMARIO BECEDAS | Se inscribe al magnetismo del fútbol la magia de la fecha. La efeméride se consustancia a la ciencia del balón con la misma fuerza que una bufanda amarra la pasión de unos colores. Cuando el tiempo pasa y las imágenes no son suficientes, surge en el fondo de la mueca de recuerdo un día, un mes, un año. Una referencia. Un hito en nuestra vida o en la del balompié a partir del cual proyectamos el calendario de nuestras existencias y el cálculo de lo acontecido, del tiempo transcurrido; del legado y de lo que nunca volverá.

Si echamos la reminiscencia una década atrás, nos encontramos una España convulsa y tectónica, no tanto como la de hoy, pero sí suscrita a un cambio social, al velo de una tragedia, a una leve sensación de tocar fondo. Era el año en que Madrid y Barça volverían a ser la Liga con un monopolio que ha durado, precisamente, diez años. Todo fue un viaje del Valencia hasta el Atlético en el que estuvo Guardiola, en el que apareció Mourinho, las dos Eurocopas, el Mundial y todas las glorias del fútbol español.

En el requiebro de la memoria, en el callejón del 16 de octubre, que podía ser un día sin más o el más importante en los años de alguien, nos fijamos que hace justo diez años se produjo un fenómeno único, espacial, astronómico, estratosférico, de esos que tienen difícil explicación y en los que apenas cae alguien cuando los meses han sepultado todo recuerdo. Debutaban en Primera división dos futbolistas tan emblemáticos como contradictorios. Tan normales en apariencia como particulares en el desarrollo del fútbol. Tan paradigmáticos como paradójicos.

Uno es el teórico bueno, otro es el teórico malo. Uno es la perfección del arte, el otro del sacrificio. El uno es la individualidad, el otro el equipo. Uno recela de la capitanía, el otro la anhela. El uno sólo puede hablar con el campo, el otro desarrolla su mejor mimética fuera. Uno es atacante, el otro defensor. Uno es el Barça, otro es el Madrid. Uno es alejarse de la polémica y el otro buscarla. Uno ha levantado un Mundial y el otro no. Si algún avezado lector se ha dado cuenta de que se trata de Messi y de Arbeloa, entenderá lo tramposo de la pista.

Un 16 de octubre, 17 añitos, pelo alocado, velocidad endiablada, naso de tebeo de Quino, tango argentino, Messi galopaba a la gloria con el Barça. Le esperaban diez años de todo y no pudo más que sacar el relámpago de sí cuando sustituyó a Deco contra el Espanyol. No diferiría mucho la hora cuando, 21 años, espartano salmantino, pierna robusta, rostro enjuto, tez de cobre, hambre española, podenco de la zaga, ‘Alvarito’ Arbeloa se vestía de blanco sagrado y coronaba ante el Betis su misa sagrada: debutaba en Primera.

Dos trayectorias divergentes, pero también tangentes, de algún modo paralelas. En los dos mejores clubes de la década. En citas para la historia. En Clásicos que nos han hecho inmortales sólo por vivirlos. Ariscos los dos, uno pudo con Ibrahimović, Bojan y no quiero pensar que con Villa; el otro, con Casillas, que vale por todos los del mundo. Messi fue la herradura de la suerte de Guardiola, Arbeloa el mejor escudero que tendrá Mourinho allá donde vaya a llevar su mueca. Todo en una década, la última, la nuestra, la mejor, la inolvidable. Es la grandeza del fútbol, es tan sólo una fecha más.

16/10/2014

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