El fútbol de siempre

edgar-mendezFIRMA DE SERGIO DE LA CRUZ | Edgar Méndez ha dejado de ser el jugador que menos cobraba en Primera división. Hasta hace tan solo unos días, este tinerfeño que milita en el Almería ostentaba tal condición, con 64.500 euros anuales de salario. Una quinta parte del dinero que se gastó el Barcelona para fletar un avión que trajese a España a los amigos de Neymar. Unos emolumentos que el Real Madrid podría pagar simplemente con la recaudación de un partido. Ahora podrá pegarse algún que otro capricho más, pero Edgar es un currante de nuestra liga, un peón dentro de un inmenso tablero de color verde.

En el mismo equipo, un hombre alto y melenudo daba instrucciones a los jugadores en el duelo ante el Atlético en el Juegos del Mediterráneo a raíz de la sanción de Francisco. Se llama Jaime Ramos, es el segundo entrenador del conjunto andaluz y hace muy pocos años apuraba su carrera futbolística en el humilde San Fernando de Henares, de la Tercera madrileña. Tanto él como Edgar representan la esencia de un fútbol que ya no se lleva.

Un fútbol que se aleja de los focos y el glamour, que no entiende de gominas y anuncios. Fútbol sin aderezos, 100 por cien natural, puro. Sincero, no el más bello, pero sí resultón, con gracia y carácter. ¿Quién no se ha servido de estas razones para venderse como el amante perfecto en una noche cualquiera en un pub de mala muerte? Cómo no quererlo…

Cuando el fútbol es modesto, tiene algo que le hace inigualable. Puede ser su olor a bocadillo de panceta y vasito de caldo. O quizá por ese abuelo que va con el niño de la mano. O, por qué no,  por ese delantero al que gritas desde la banda y que posiblemente te hayas encontrado a lo largo de la semana en la cola de la panadería. Aunque, si tuviese que elegir, yo lo tengo claro: porque después del partido conlleva unas cañas. Nada de Gatorade o Aquarius, sino zumo de cebada y tercer tiempo con la familia e incluso con los rivales.

El fútbol modesto está bañado de una idiosincrasia de la que carece por completo este universo artificial de estrellas publicitarias con el que —servidor se incluye, por la parte que le toca— bombardeamos a la gente. Es el fútbol jugado por amor al fútbol, el de los que llevan a los niños a la escuela, se pasan el día trabajando y sacan tiempo para entrenar a deshoras y llegar tarde a casa privándose del descanso necesario. Es el fútbol de los verdaderos románticos.

Larga vida.

12/10/2014

 

Sergio de la Cruz es periodista, redactor de EcoDiario.es.

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