Desintegración y encuentro

RusiaUcrania1999ÁLVARO MÉNDEZ | Fue la primera vez. Y, hasta el día de hoy, la penúltima. Cuando Mijaíl Gorbachov concibió la Perestroika y la Glasnot como eficaces herramientas de progreso y aperturismo para una Unión Soviética caduca, ni siquiera él mismo era consciente de que, incluso a pesar de obrar con su mejor intención, estaba indirectamente hiriendo de muerte al coloso comunista. Las transformaciones sociales, la caída del Muro de Berlín y el golpe de Estado que sufrió el propio Presidente poco tiempo después no hicieron sino acelerar la desintegración del único país que, hasta la fecha, ha conseguido rivalizar con los todopoderosos Estados Unidos. Los vientos de cambio azotaron el Kremlin con los acordes del ‘Wind of Change’ de los Scorpions como banda sonora y el ayer se vino abajo por su propio peso.

No había vuelta atrás. La fractura del puente que conectaba los años 80 con los 90 pilló al PCUS justo a caballo entre las dos orillas. Y su caída fue irremediable. En aquellos turbulentos tiempos de manifestaciones, reclamaciones identitarias y anhelos nacionalistas, Ucrania fue la quinta república en una cascada de declaraciones de independencia que dejaron a Rusia con la cara de una madre abandonada por sus propios hijos. Adiós al sueño de Lenin, adiós a la ilusión comunista, adiós a la patria proletaria. Cuando, en la Navidad de 1991, Gorbachov se desmoronó en televisión ante millones de espectadores, el mundo entero supo finalmente que la URSS ya era historia.

Sólo habían pasado ocho años desde que el experimento socialista explotara en mil pedazos. El 9 de octubre de 1999, el imponente Estadio Olímpico Luzhniki, escenario de los fastuosos Juegos Olímpicos de Moscú, acogió el primer duelo balompédico entre Rusia y Ucrania, un duelo fratricida que, tarde o temprano, tenía que llegar. Pero, hasta entonces, ambos países habían atravesado caminos bien distintos. Tras la desintegración, la FIFA permitió que cada futbolista eligiera a qué país quería representar. En los difíciles años 90, grandes figuras del fútbol amarillo y azul como Viktor Onopko, Andréi Kanchelskis, Yuri Nikíforov o Ilia Tsimbalar, todos ellos ucranianos de nacimiento, optaron por defender a la Madre Rusia. No sería hasta la llegada de una nueva generación liderada por los jóvenes Serhiy Rebrov y Andriy Shevchenko cuando Ucrania conseguiría un respaldo profesional de categoría.

Así, tal día como ayer hace 15 años, rusos y ucranianos se jugaban la clasificación para la Eurocopa 2000. Ambos conjuntos necesitaban la victoria si querían viajar a los Países Bajos y a Bélgica para codearse con la élite continental. Y, por supuesto, el choque supuso un pulso propagandístico entre dos combatientes que se veían las caras por primera vez tras la desintegración de la URSS. De hecho, el Gobierno ruso se puso manos a la obra y prometió jugosas primas a los futbolistas si lograban la victoria. Estaba en juego el prestigio de una nación que ya había sufrido demasiado a causa de los nacionalismos periféricos, la guerra de Chechenia, el descrédito internacional y la corrupción política. El primer ministro Vladímir Putin, el alcalde moscovita Yuri Luzhkov y varios miembros del Ejecutivo se encontraban en las gradas para ser testigos de la gesta. Incluso se rumoreó que el propio Borís Yeltsin quiso asistir a pesar de su paupérrimo estado de salud.

Tras 75 minutos de toma y daca, el celtista Valeri Karpin puso el 1-0 en el marcador tras un magistral libre directo que atravesó la barrera ucraniana. Las gradas del coliseo estallaron en un grito unánime de júbilo que se oyó hasta en Vladivostok. Sin embargo, la alegría tornó en desesperación cuando, a dos minutos del pitido final, Shevchenko botó una inofensiva falta desde 40 metros. Fácil de despejar, el arquero del Spartak de Moscú Aleksandr Filimonov optó mejor por intentar atrapar el balón. Craso error. Tras tropezar torpemente mientras retrocedía, el esférico se escapó de sus manos y acabó alojado en su propia portería al tiempo que sus compañeros se dejaban caer sobre el terreno de juego llevándose las manos a la cabeza. Un empate a uno que supuso la eliminación directa de Rusia y la posibilidad para Ucrania de jugar una repesca contra Eslovenia por un puesto en la Eurocopa.

El destino, caprichoso en ocasiones, quiso que los pupilos de Yozhef Sabo probaran un poco de su propia medicina y, para gozo de quienes lloraron en el fatídico minuto 88, Ucrania fuera eliminada a falta de diez minutos de la conclusión del partido de vuelta. Seguramente, las heridas balompédicas que dejó aquel mítico encuentro del 9 de octubre estarán todavía lejos de cicatrizar. Sin embargo, no serán pocos los que añoren aquellos tiempos en los que el enfrentamiento entre los hermanos rusos y ucranianos era estrictamente futbolístico.

10/10/2014

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