Un hombre de club

GabiMARIO BECEDAS | Se sacudieron las alfombras y debajo estaba la vida. Como una extensión más de lo que pasaba en España, Levante y Zaragoza parecen haber jugado a los vaqueros enterrando por el camino algún que otro saco con la estampa del dólar. ‘Yo te lo doy, pero mira para otro lado; cógelo, que no muerde; es bueno para los dos y nadie se va a enterar’. Los ‘hashtag’ de la pre-crisis, como no podía ser de otra manera, en las redes del fútbol.

El suceso de autos se remonta al turbulento 2011. Se jugaban los blanquillos el descenso ante un Levante ya libre de esa carga y se especula con que hubo un intercambio poco limpio de dinero. Ingresos varios, extractos a cholón y jugadores granotas comprando todoterrenos a la semana del partido. Una sombra de sospecha para el entonces presidente maño, el flamígero Agapito Iglesias, y sus futbolistas, mención especial al aquellos días mimbre, Gabi.

Caía la primavera por el precipicio de mayo y Gabi certificaba la permanencia zaragocista con dos tantos en un partido que todavía anda jugándose. La Justicia coteja si ese mismo día el centrocampista recibió unos 85.000 euros del club con destino a algún levantino predispuesto que el ex del Zaragoza acabó devolviendo. No se fiaba, y no es de extrañar tras la muestra de confianza que le dio Agapito al preguntarle si esto le tambalearía el IRPF: “No te preocupes, cualquier cosa te lo arregla el club”.

Cuando el dueño de un club te dice algo así, es que los GEO ya trepan hacia las oficinas del equipo. Gabi se limitó a olvidar el revuelo y centrarse en un encuentro en el que tampoco se jugaba mucho: asegura que ya tenía atado su regreso al Atlético. Uno se acaba preguntando si la sospechas de la dama de la venda y la balanza no han surgido del hecho de que Gabi, escoba de campo, lograse dos tantos en 90 minutos, el que ha sido promedio de muchas de sus temporadas.

En medio del trance de togas y mazos, el ahora brazalete colchonero se erige en colaborador de la jurisprudencia, una ciencia que le acusa de no haber denunciado los hechos de los que fue testigo. Un reproche del que el jugador se defiende arguyendo lo que desearíamos oír de cualquiera de nuestros sicarios: simplemente cumplió órdenes del club.

Así que era eso. Ya lo sospechábamos, pero no lo queríamos creer. La autoridad que defendía la dinámica atlética del ‘Cholo’ Simeone como una reverberación de Robin Hood, el aguerrido capitán que glosó el romanticismo de su vestuario, el líder de un “equipo del pueblo” y para el pueblo era un perfecto hombre de club. Una cremallera para la ley del silencio de los equipos españoles, tan cercanos al muelle de Brando y Kazan.

No importa el delito. No hay que hacer preguntas. El cadáver del fútbol español estaba en el maletero, pero Gabi y sus compañeros sólo cumplieron directrices de arriba. El club es como la familia y siempre se le debe un favor. Lo demás da igual. No hay que cuestionarse nada, los chivatos acaban mal. Hace poco, en una entrevista, Gabi reconocía que una Liga de dos era muy aburrida; si hubiese seguido callando, hasta podría haber sido de 21.

09/10/2014

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