Mensaje en una avioneta

imageSERGIO MENÉNDEZ | 24 de junio de 1995. Johannesburgo. Todo a punto para que comenzara la final de la Copa del Mundo de Rugby que la selección local y Nueva Zelanda disputarían en el estadio Ellis Park. Un partido, como ya sabemos gracias a John Carlin, que trascendía los límites de lo deportivo en la medida que suponía la culminación de un plan ideado por Nelson Mandela en colaboración con el capitán de los ‘springboks’, François Pienaar, para que la población de raza blanca y negra, sometidas hasta ese momento a un cruel enfrentamiento debido a su diferente color de piel, estrecharan lazos a través del rugby y terminaran definitivamente con la segregación. Pese a que habían transcurrido ya tres años desde su derogación, casi medio siglo de ‘apartheid’ había provocado que los habitantes de Sudáfrica adquirieran unos vicios que, si bien la política no podía corregir, quizá desaparecieran mediante el deporte. Tanto fue el empeño que el carismático líder puso en alcanzar un clima de convivencia pacífica y tan fuertes sus convicciones de que proclamándose campeones lograrían borrar del mapa del país las últimas huellas de racismo que los anfitriones, que ni muchísimo menos llegaban a la cita con el cartel de favoritos, se plantaron contra pronóstico en la final.

El resto de la nación, por su parte, también se contagió de ese clima de esperanza. Incluso el propio Mandela albergaba, al principio, dudas en torno al éxito de su campaña conciliadora, pero las gradas del estadio se llenaron y quienes no consiguieron su entrada seguirían el desenlace por radio o televisión, naturalmente. Máxima expectación, en definitiva, para asistir a todo un hito en la historia de Sudáfrica por conseguir que negros y blancos mostraran públicamente su comunión. Y fue justo en los instantes previos a que el balón se pusiese en movimiento cuando se produjo un hecho que confirió al momento de mayor espectacularidad, si cabe. Todo un Jumbo perteneciente a una compañía nacional en vuelo rasante barrió de sombreros y gorras las cabezas de los presentes mientras surcaba los cielos y dejaba a todos boquiabiertos con un mensaje de apoyo para Pienaar y sus chicos. ‘Good luck, bokke’, se podía leer sobre la panza del aparato. Un llamada a la buena suerte realizada en un formato similar a la petición con la que unos hinchas del Manchester United solicitaron la vuelta de Cristiano Ronaldo a casa durante el partido que el Real Madrid disputó el sábado en Villarreal.

Corría el minuto 15 de encuentro y este colectivo de aficionados cumplió la promesa que habían estado preparando a lo largo de la semana. Después de cinco jornadas de Premier League y de haber sumado el mismo número de puntos, la miembros de ‘United Reel’ decidieron juntar algo de dinero con la finalidad de revertir el inicio de curso tan discreto que ha firmado el equipo de Louis van Gaal. Porque la temporada es larga, sí, pero el ridículo que protagonizaron la temporada pasada al finalizar el campeonato fuera de los puestos que dan acceso a torneos continentales supone un fantasma demasiado temible para exponerse a un susto parecido, y como siempre vale más prevenir que curar han querido ponerle remedio a su situación a la mayor brevedad posible.

Se valieron para ese objetivo del soporte publicitario que mejor funciona en las playas del Levante español a la hora de promocionar recitales de artistas del tipo María Jesús, una virtuosa del fuelle sólo igualada por el bueno de Manolete, y medio habitual en lo que a declaraciones de amor a los cuatro vientos se refiere. El Madrigal suponía, por tanto, el marco perfecto para dejar volar su imaginación y suplicar la vuelta del hijo pródigo, de modo que contactaron con un servicio de alquiler de avionetas para que trasladara su súplica a las inmediaciones del feudo amarillo. Come home, Ronaldo, rezaba la pancarta.

Un mensaje claro y directo, una exhortación tan contundente como desesperada cuya escenografía no resultó tan impactante en comparación con la del Boeing 747, pues el motor de esta miniatura no pudo siquiera imponerse al leve y típico murmullo propio de los estadios y ni las circunstancias o el trasfondo del texto constituían lo mismo. También es cierto que, en este caso, la iniciativa se logró finalmente llevar a la práctica gracias a un sistema de donaciones que terminó por reunir los 1.700 euros que, según el piloto, les había pagado la peña a cambio de la difusión y no gozaba del presupuesto de 40.000 dólares que South African Airways destinó en su día a una acción de semejante tamaño.

Pese a todo, sí que lograron robarle un par de miradas al futbolista portugués. Y si bien mostró absoluta y total indiferencia, no deberían bajar la guardia los aficionados del Real Madrid y valorar la efectividad que a la larga han demostrado peticiones de naturaleza similar. Consulten a David Moyes, precisamente, que la temporada pasada fue destinatario de otro mensaje volador donde se proclamaba lo equivocado de su designación como nuevo inquilino del banquillo de Old Trafford y se llamaba a precipitar su salida del club. No se confíen…

29/09/2014

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