Palabra de Keylor

keylorMARIO BECEDAS | Pez de otoño en el océano de Chamartín. El sol era un recuerdo y Keylor Navas saltaba al Bernabéu con la fauna estomacal de los primeros nervios. Intentaba su calentamiento sobreponerse a la admiración por las azules lenguas del Templo. No perdió la concentración pero sí sabía lo que suponía debutar en casa. Casillas se hundía en su sillón del banquillo hasta llegar casi al vallado publicitario.

Quiso la voluntad popular premiar con el aplauso el nombre de sus dos metas ante el trueno del speaker. Ejecutado el asesinato de Ancelotti, la parroquia tendría que estar feliz y batir la palma de su juicio. Pronto soltó el Elche la tromba de los equipos correosos que empiezan con sandunga su excursión a Concha Espina.

Una pierna de Cristiano en medio de la galaxia del área y estúpido penalti que desencajaba la máscara cucurbitácea del costarricense. Exige la coyuntura blanca que cada cambio de portero se estrene con cierta tragedia. Adán fue expulsado y a Casillas le destrozó la mano el que sus acólitos piensan mejor remate de Arbeloa en su carrera.

Mantuvo Keylor la presencia de ánimo relamiéndose en la reminiscencia de su gestas mundialistas. Se preparó bajo palos y adivinó el lanzamiento de Albácar, pero el balón pasó un metro por encima de su rostro buscando escuadra, toda una quemazón para un portero. No pudo hacer nada, pero Keylor se ciscó en todo segundos antes de animar a su compañeros. Pura vida.

Y pura fe. La pronosticada remontada madridista, auspiciada por los vértigos de Marcelo, pero inevitable a todas las luces, fue el contacto de Keylor con el halo de divinidad que en todo le rodea. Cada gol de sus compañeros resultó un pisar la cal de su dominio, elevar los brazos con los índices hacia el skyline madrileño y santiguarse en agradecimiento.

En cada celebración, imbuido en su azul mahón poco menos que talar, Keylor parecía que iba a ponerse a levitar. El graderío soberano no sabía si algún defensa próximo iría a abrazarle o si el meta ascendería sobre un resplandor de dibujos animados y empezaría a gritar “Kame-Hame-Ha” mientras nacía de sus guantes una Onda Vital.

Pero tuvo ‘Keylor, el santo’, con una santidad muy distinta a la que tuvo ‘San Iker’, su propio enfrentamiento con Patillas, guerra celestial que no llegó a estallar. Le tocó a Albácar ejercer de oficio ante la incomparecencia de su equipo y ser abogado del Diablo. Al penalti marcado a ‘tico’ sumó el bautizo de fuego de éste ante sus feligreses. Un latigazo, remate rápido a media altura, ajustado al palo, con aromas a irse fuera y lamer la madera que el cancerbero contuvo en dos tiempos.

Si la primera reacción fue, de natural, sacarse de encima el balón, el rápido ademán de suricato para blocarlo cuando no había peligro evidente en el contorno de la acción demuestra la presión a la que están sometidos los arqueros del Madrid. Un error de Keylor hubiese roto el discurso mayoritario contra el capitán y hubiese sido un impulso fatal para los caídos de Mourinho, héroes de Soweto.

Pidió Florentino a los “infieles” —palabra de Keylor— en el cortijo de su Asamblea que no se pitara a Casillas y el pulmón de Padre Damián cumplió con cortesía, aunque no como el ‘presi’ quería; no se silbó a quien no jugaba. Salvado el trámite, Ancelotti, que ve cómo le quieren cortar el gollete con el acero de la Décima aún caliente, sabe que le toca otra decapitación en la portería antes del Villarreal. Con razón se le va poniendo la cara de su antecesor en las ruedas de prensa.

25/09/2014

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