Tacones lejanos

imageSERGIO MENÉNDEZ | Que el fútbol es una ciencia que no admite conclusiones precipitadas no deberíamos olvidarlo nunca. Pero, por fortuna, lo bueno que tiene incurrir en ese error es que muchas veces es el propio fútbol el encargado de corregirnos y recordarnos sobre la marcha ese cliché que tantísimo sale a relucir a estas alturas de la película, llamándonos a rebajar el nivel de euforia o no someternos al pánico siempre que el iluminado o el pesimista de turno se apresura a lanzar las campanas al vuelo o a enterrar a su equipo cuando solamente llevamos cuatro partidos de Liga. Un diagnóstico precoz en este tipo de situaciones dispara los riesgos de que nuestras palabras se vean obligadas a desandar el camino que en su día emprendieron al salir por la boca y colapsar al término del campeonato la glotis de los visionarios más prematuros, por lo que conviene ser prudentes y tener en todo momento presente lo cambiante y, en particular, lo largas que resultan las temporadas. Y, como con los pronósticos, sucede también con el llamado ‘gol de la jornada’.

El caso que nos ocupa constituye el ejemplo perfecto de lo que se acaba de plantear. Y es que muchos de los espectadores que el sábado presenciaron el encuentro del Deportivo de La Coruña frente al Real Madrid y se llevaron las manos a la cabeza con el zurdazo con que James Rodríguez borró de tiro cruzado las telarañas de la portería de Germán Lux debieron rozar el éxtasis tras ver el tanto que Pablo Hernández le hizo al Atlético de Madrid horas después. Un balón que Planas recibió en las proximidades del centro del campo y que colgó desde la derecha a la olla contrincante para que el internacional chileno del Celta de Vigo sorprendiese a propios y extraños con un remate de bellísima factura.

Porque es la espuela un remate fuera de lo común, una medida desesperada que los futbolistas despliegan, en el sentido más literal y estricto del verbo, con el fin de mantener la posesión o evitar que una oportunidad se esfume sin remedio. Un recurso que precisa de tantos componentes —habilidad, precisión, temple y, sobre todo, el don de la oportunidad y algo de fortuna— para su correcta ejecución que el hecho de verla terminar en gol confiere a la jugada una plasticidad sin parangón dentro del repertorio de acciones que se producen a lo largo de un partido. Una maravilla de la técnica, en definitiva, que requirió igualmente de toda la elasticidad de Pablo Hernández y un exceso de confianza por parte de Diego Godín y un fallo de colocación de Moyá a la hora de cristalizar y que al cuadro colchonero le empieza a resultar más familiar que anecdótica, pues le viene de lejos.

Y es que fue la escuela holandesa de la mano de Johan Cruyff quien perfeccionó la suerte de impactar al cuero con el espolón durante un partido de Liga que el Barcelona disputaba con el equipo que actualmente dirige Simeone. Corría un 22 de diciembre de 1973 cuando un centro de Carles Rexach que parecía ir directo a saque de puerta lo remachó de forma acrobática un futbolista que desde entonces pasaría a ser conocido como ‘El Holandés Volador’ para colarlo en las redes de Miguel Reina y permanecer, a ojos de la historia, como una de las mayores acrobacias jamás presenciadas dentro de un terreno de juego.

La curiosidad, sin embargo, no queda ahí. Porque de entre la nómina de imitadores que a la postre le surgieron a la flaca leyenda podemos encontrar junto a los Cristiano Ronaldo o Ibrahimović dos nombres que también gozaron de protagonismo la pasada noche en el Vicente Calderón. El primero, Diego Godín, el faraónico central que logró de cabeza el tanto del empate, marcaba a Pablo Hernández en el que de verdad constituyó el ‘gol de la jornada’ y ya tachó lo de anotar de espuela de su lista de cosas pendientes cuando militaba en las filas del Villarreal. Naturalmente, lo consiguió al rematar un saque de esquina y su víctima fue, como no podía ser de otra forma, el Atlético de Madrid. Y el segundo, Raúl Jiménez, una apuesta personal del míster para su punta de ataque que ha logrado desplazar a Iker Casillas en la medida que la grada le castigó con una sonora pitada al percibir en su juego una indolencia que, sumada a las preferencias que en el pasado demostró hacia el eterno rival y la falta de puntería, ha reducido el crédito del joven mexicano hasta la nada. Precisamente él, que en el transcurso del choque de ida de la repesca que su selección disputó contra Nueva Zelanda a fin de disputar el Mundial del Brasil fue capaz de levantar a todo un Estadio Azteca golpeando con el dorso de la bota un balón espectacular que sólo los reflejos del cancerbero kiwi pudieron despejar a córner.

En este sentido, igual que con el gol de James, la afición rojiblanca quizá haya emitido también un juicio precipitado con respecto a su nuevo delantero y le haya sentenciado demasiado pronto. Una temeridad que, en especial, no deberían cometer en la medida que su experiencia en Lisboa les descubrió la condena que supone dar a alguien por muerto si todavía respira.

22/09/2014

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