Amor y pedagogía

MenezInzaghiJULIÁN CARPINTERO | Corría el año 1902 cuando Miguel de Unamuno, sin ser consciente de ello, publicó la primera de sus ‘nivolas’. En aquel subgénero que él mismo inventó para marcar distancia con las novelas realistas de finales del siglo XIX se encasilló “Amor y pedagogía”, la historia de Avito Carrascal y su pretensión por dar forma a un genio desde el momento de su nacimiento. El protagonista de Unamuno tiene la convicción de que este tipo de personas son como las abejas reinas; es decir, nacen igual que las demás pero por la forma en que son educadas acaban siendo superiores física e intelectualmente, por lo que convierte la vida del pequeño Luis en un suplicio que acaba en tragedia. Así las cosas, sería cuando menos sorprendente que el ‘Pippo’ Inzaghi hubiera leído al líder de la Generación del 98, y, sin embargo, parece haber aplicado todos los preceptos que promulgaba Unamuno en este libro con el pirotécnico Jérémy Ménez, un espíritu que necesita sentirse libre para poder volar.

Lo que hizo Ménez ante el Parma el pasado domingo quedará en la retina de los aficionados del Milan durante mucho tiempo. Corría el minuto 79 de partido en el Ennio Tardini cuando la defensa del equipo local reculaba hacia su portería intentando sacar el balón jugado en busca del 4-4. En ese momento, el internacional francés, que ya había hecho un partido descomunal, persiguió una cesión corta para, en unos pocos segundos, dar vida una jugada para el recuerdo: con la puntera hizo un autopase al portero Mirante en paralelo a la línea de meta y, cuando parecía que la opción del gol se había esfumado, se sacó de la manga un taconazo que pasó por arriba del cuerpo del arquero del Parma, que se había ido al suelo en una acción con un enorme aroma a derrota. Jérémy Ménez acababa de firmar la actuación individual más brillante que se le recordaba a un jugador ‘rossonero’ desde el día en que Kaká bajó el telón del Teatro de los Sueños.

Mientras tanto, en la banda, Inzaghi sonreía divertido. El que fuera uno de los goleadores más prolíficos de finales del siglo XX y principios del XXI aceptó con gallardía el pasado mes de mayo el reto de hacerse cargo del equipo con el que fue todo en su carrera. No le asustó ni la inestabilidad del club que en la sombra mueve Berlusconi ni el fiasco del experimento anterior de Seedorf, otra leyenda de San Siro al que la deriva del barco milanista puede haber quemado prematuramente cuando apenas había dado un par de pasos como técnico. Aun así, las hechuras de Inzaghi parecen distintas a las del antiguo centrocampista holandés, que de un día para otro colgó las botas y se enfundó el traje en una vertiginosa transición sólo al alcance de elegidos como Luis Aragonés. Más allá de todo el trabajo que tiene por delante, el gran acierto del disciplinado y trabajador ‘Pippo’ hasta ahora ha sido entender la personalidad de un Ménez al que el exceso de normas le encorsetan y cortan la respiración de su eléctrico fútbol.

Nacido en Longjumeau, una comuna de los suburbios de París, el joven Jérémy parecía destinado al vivir pegado a un balón por una simple cuestión genética, puesto que su padre y su hermano mayor se habían dedicado al fútbol de forma amateur. Las buenas aptitudes del pequeño de los Ménez animaron a su familia a inscribirle en el CFF de París, algo así como una escuela intensiva en la que también se formó Patrice Evra y desde la que llamó la atención del vivero del Sochaux. Con 16 años firmó el contrato que le unía al primer equipo del este de Francia y llegó a ser el futbolista más joven en debutar en la Ligue 1. Así, su meteórica proyección despertó el interés de gigantes como el Arsenal o el Manchester United; de hecho, el por entonces presidente del Sochaux llegó a acusar a Ferguson de reunirse con la familia del jugador a espaldas de su club para persuadirle de que fichara por sus ‘red devils’. Había nacido una estrella. Dos temporadas después daría el salto al Mónaco y de ahí volaría a Roma para regresar como el hijo pródigo al deslumbrante PSG en el verano de 2011. No obstante, la estricta disciplina del fútbol profesional que se encontró en todos aquellos equipos habían limitado sus destellos a poco más que estrellas fugaces que, de cuando en cuando, le abrían las puertas de la Selección.

Pero en Milán todo parece diferente. Allí no se siente eclipsado por los Lavezzi, Lucas Moura o Pastore, no tiene que competir con Ibrahimović —ni con Balotelli— por ver quién mea más lejos e Inzaghi sabe darle la libertad necesaria como para que no se sienta enjaulado entre las barras rojas y negras de la elástica con la que él levantó dos Copas de Europa. Si todo sigue en orden en su cabeza, Ménez debe erigirse en el faro que guíe a Honda, Torres y El Shaarawy en el camino de devolver al ‘Diavolo’ a la élite del fútbol transalpino. Sin que, perdón por el spam, termine en suicidio.

16/09/2014

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