Hacer el amor con un árbol

valdano-mouMARIO BECEDAS | Requiebro en el verde como piola de la palabra en la extensión del terreno, no ha dejado de ser Jorge Valdano la metáfora del fútbol, la tortuga que mató con una letra a la liebre del balón. Desde chico en Las Parejas entendió que arrear patadas al esférico también era un arte. Una greguería que igualmente se podía sentar en el diván.

Tan espigado como transparente de ojos, Valdano dejó la Argentina por una España en nacimiento. En ese Alavés de la Transición aprendió todo lo que hay que saber de fútbol. Lo poco que le faltaba desde la escuela del asfalto santafesina. Ayudó que un día de lluvia de aquellos últimos 70 Di Stéfano invadiera su coche. Estaba Valdano escuchando música antes de un partido, esperando que se callase el cielo, cuando el antiguo ídolo se acogió a su calidad de leyenda y se metió en el asiento a escuchar tres tangos. Entrenaba al Castellón y le dio tres consejos de oro, siendo el más importante el “no se apresure, que la vida es larga”.

Vino después el Zaragoza y más tarde el Madrid, en una época en la que no era tan fácil vestir de blanco. Fueron los años del ‘Buitre’ y bastaron cuatro temporadas para que Valdano, que en México iba a ganar el Mundial con Maradona, se erigiese en el Freud de Concha Espina. Su gol más recordado en Chamartín es el diagnóstico que hizo de los equipos que visitaban el Bernabéu: el miedo escénico. Una expresión de García Márquez que él llevó a fútbol.

La hepatitis le apartó pronto del cuero. No llegó al Mundial del 90 pese a intentarlo. Cuando Bilardo no le convocó, se sacó de la chistera otra de sus máximas universales: “Nadé a través del océano y me ahogué en la orilla”. Seguía siendo niño bonito del madridismo tras su marcha, y aún lo sería más, pero antes ya dio un aviso de que su prevalencia era la poesía. Hizo carrera de banquillo y desde el sol del Heliodoro dirigió al Tenerife que le quitó al Madrid las dos ligas de Cruyff. Una lágrima para Míchel y violines para unos ‘chicharreros’ que jamás estuvieron tan arriba. Valdano, con Redondo o Pizzi sobre el campo, tejía las tácticas como Penélope, con otro guante de la palabra, Ángel Capa, también argento, sujetando la rueca.

No pudo aguantarse Mendoza y se lo trajo a la que fue su casa. Valdano advino a un Madrid que arrastraba el lirismo fallido de Floro. Arengas, cojones y el saque de banda desde el vestuario del Lleida como versos sueltos de su glosa. El argentino dio la vuelta a la tortilla. El equipo empezó mal, pero acabó ganando la Liga con un 5-0 al Barça que venía del tetra-brik de títulos con Cruyff. En el haber de Valdano quedó también descubrir a su amigo Raúl.

Y con esa reminiscencia volvió, porque en varios años apenas si entrenó al Valencia y el resto fue fabricar palabras de belleza en torno al deporte rey. Florentino le repescó para su megalómano primer proyecto. Hasta le hizo responsable del ‘basket’. Ahí fichó a Ronaldo, el brasileño, tras semanas de horror. Dijo que fue más intenso que su máster de negociación en Harvard. Aun así, salió disparado cuando su Presidente, que le volvió a recoger cuando regresó al sillón. Pero antes Valdano había escrito demasiado, y sus lanzas de plomo habían ido contra el polémico costado de Mourinho, algo que le acabó matando.

Flexible en el devenir, Valdano no dimitió, que hubiese sido lo más cómodo, y se tragó el sapo de presentar al luso, que le miraba con la soga entre las manos. Un extremo que se confirmó cuando el Madrid prescindió del verso por influjo del prosaico entrenador. Empezó ahí la ‘tournée’ mágica de Valdano, henchido de rencor y buscador de las raíces, de sus raíces. Sus colaciones con Zubizarreta y el Loco’ Bielsa desprendieron las retinas madridistas de él.

Algo que ha empeorado volviendo a los ataques a Mourinho, como el que estos días ha puesto en luz: “Nunca he escuchado, en público o en privado, una frase suya sobre el fútbol digna de ser recordada”. Atizando después con un: “Si Guardiola es Mozart Mourinho es Salieri. Sería un gran músico si no existiese Mozart”. Una declaración de intenciones que no sé por qué indigna a los madridistas, ya que Valdano, antes que con los colores, hizo fortín con su primera máxima: “Jugar contra un equipo que se defiende es como hacer el amor con un árbol.”

11/09/2014

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