Di María se va con la fideuá a otra parte

DI MARIA MANCHESTERFIRMA DE RAFAEL AZNAR | Estaba cantado desde hacía semanas, pero no deja de ser desconcertante: el Real Madrid se ha desprendido de los esforzados servicios de Ángel Di María, uno de sus mayores baluartes —según el Cholo’ Simeone, el mejor— sobre el césped, el lugar donde, al fin y al cabo, se resuelve quién es mejor y quién es peor en el arte de dar patadas a un balón. El argentino ya es jugador del Manchester United, a cambio de 84 millones de euros (75 fijos, cinco en variables y cuatro por derechos de formación), una barrabasada dineraria, la mayor inyección de liquidez por un traspaso en la historia de la entidad, muy por encima de los 50 o los 42 por los que se les dio boleto a Mesut Özil y Robinho, respectivamente. Sin embargo, ni esa lluvia torrencial de billetes mitiga la sensación generalizada de que el club madrileño ha cometido una equivocación mayúscula.

El Real Madrid le ha abierto la puerta a un futbolista que, en el engranaje de Carlo Ancelotti, era igual de importante que Cristiano Ronaldo o Gareth Bale, los dos fichajes más abultados de la historia del fútbol. Su papel en las dos finales de la Copa del Rey ganadas al Barça o su galardón de MVP de la final de la última Champions, coronados con un gran papel en el Mundial de Brasil —quién sabe si Argentina habría podido salir victoriosa de Maracanã de no haberse lesionado él en el partido de cuartos de final contra Bélgica—, dan cuenta de su condición de jugador superlativo. Si no fuera porque ya lo tenía desde 2010, sin duda, Florentino Pérez se habría lanzado, sin red, a dar la luna por sus huesos para poder presentarlo al son de la cantinela de su supuesto derecho de cuna a jugar en el Real Madrid.

Antes bien, ignorando la posesión de tan importante activo empresarial, lo que sucedió fue que el club —o FP, que tanto monta– se enceló en contratar a otra de las estrellas que más brillaron en las noches brasileñas de junio y julio: James Rodríguez. De la billetera salieron 75 millones con destino a Mónaco, un principado que, curiosamente, debe parte de su fama a un casino. Florentino decidió probar fortuna y, a la espera de ver qué sale en la ruleta del cafetero, la corazonada general es que la inversión de fichas ha resultado tan caprichosa como innecesaria, pues, sin ir más lejos, la posición de mediapunta —o ‘trequartista’, que dicen ahora los modernos que es donde mejor se desenvuelve James, ni siquiera existe en el entramado táctico de Carlo Ancelotti, apegado al 4-3-3, casi innegociable por la presencia indiscutible de Ronaldo y Bale en las bandas. Habrá que ver si, con la marcha del propio Di María y la inesperada salida de Xabi Alonso, no acaba por intentarlo de nuevo con su receta del ‘árbol de Navidad’ o con un 4-2-3-1. Sería interesante conocer también el papel exacto que ha desempeñado en todo este proceso el camaleónico Jorge Mendes, agente del argentino y del colombiano, así como experto en cambios multimillonarios de cromos.

Volviendo a Di María, hay que poner de relieve la forma en que ha ido agigantándose su figura en el Bernabéu con el paso de los años, una paradoja respecto a su desgarbada y escuálida figura, canjeada, desde sus comienzos, por el mote del ‘Fideo’. Cuando llegó al coliseo blanco ya desprendía talento, pero, si por algo era conocido, era por derrocharlo por una sola de sus piernas, la izquierda. Zurdo cerrado, a más no poder, el argentino, que ya había deslumbrado en aquella Argentina que se proclamó campeona olímpica en 2008, tenía su mayor recurso en la rabona, un gesto tan plástico y complejo de ejecutar como ‘fraudulento’, por estar destinado a cubrir la carencia de no saber manejar con aplomo la pierna contraria, la derecha, reducida casi a mero punto de apoyo. Igual que Cervantes era el ‘Manco de Lepanto’, Di María, en lugar del ‘Fideo’, podría haber sido tranquilamente el ‘Cojo de Rosario’ —entiéndase esto como algo jocoso y no despectivo, en ningún caso—.

DI MARÍA MADRID

Por aquel entonces, el argentino era un extremo puro y duro, de los de recorrer la banda junto a la línea de cal y tirar diagonales hacia dentro. Podría seguir siéndolo —y, seguramente, en Manchester lo vuelva a ser—, pero las vicisitudes le obligaron a reciclarse hace un año. La llegada de Gareth Bale, que a punto estuvo de dar con sus maletas en el aeropuerto —finalmente, el ‘sacrificado’ para dejar paso al galés fue Özil—, propició su recolocación en el campo, una veintena de metros por detrás. Al argentino le costó desentrañar su nuevo rol en el equipo, ejemplificado en aquel ‘ajuste testicular’ que pareció dedicarle a la grada y cuyo incendio tan bien supo sofocar Carlo Ancelotti. Superado ese mal trago, con el paso de los partidos, Di María se reconvirtió en un ángel salvador con potestad para ir del cielo atacante al infierno defensivo, para alegría de Luka Modrić y Xabi Alonso, sus compañeros en la medular madridista. Gracias a su inconmensurable fondo físico, el rosarino pasó a ser no ya un ‘todocampista’ clásico, sino una especie de ‘falso mediocentro’, con un recorrido kilométrico para regatear, asistir, golear y robar a golpe de pulmón, como un martillo contra un yunque. Su gigantesco partido contra el Atlético de Madrid en Lisboa, la que había sido su casa durante su estancia en el Benfica, puso su nombre en la historia del Madrid como gran artífice de la ansiada Décima, con permiso de Sergio Ramos y su cabezazo en el minuto 93 del tiempo reglamentario.

En cualquier empresa, los trabajadores esperan que sus esfuerzos se vean recompensados. Especialmente, en el mundo del fútbol, donde el dinero va y viene como si fuese calderilla molesta, los aumentos salariales son un asunto recurrente, hasta el punto de que hay quien renueva y engrosa su contrato un año sí y otro también. La espiral es realmente absurda, con cifras multimillonarias que rayan en lo indignante, pero, partiendo de que el chiringuito está montado como está montado, en una burbuja ajena a la mundanal realidad, parece evidente que a Di María no se le reconocieron sus esfuerzos. La temporada pasada cobraba 3’5 millones de euros netos al año y, al parecer, tras su gran rendimiento, lo máximo que le llegó a ofrecer el club para renovar fueron cinco millones, lo que le habría situado entre los mejor pagados de la plantilla, desde luego, sólo por detrás de Cristiano Ronaldo, Gareth Bale e Iker Casillas. Ahora bien, si se tiene en cuenta que los emolumentos del portugués, renovado, precisamente, la temporada pasada, son de 17 millones por temporada, puede entenderse cierto agravio comparativo. Unos, tanto; otros, tan ‘poco’

En su carta de despedida, recogida por el diario MARCA, Di María aprovechó para anticiparse a la clásica jugarreta de tirar balones fuera de los mandatarios de turno. “Lamentablemente, hoy me toca irme, pero quiero dejar claro que ése nunca fue mi deseo […] Siempre quisieron atribuirme la iniciativa de salir del club, pero no fue así. Lamentablemente, no soy del gusto futbolístico de alguna persona”. El argentino aprovechó también para aclarar que el económico no fue el único factor que decantó su marcha, pero, en todo caso, en el juego de tahúres que es el mercado laboral del fútbol, nunca queda del todo claro quién miente y quién no, si la empresa o el trabajador. Lo que sí está claro es la similitud del caso de Di María —que, para más inri, tiene sólo 26 años y aún le quedan unos cuantos al más alto nivel— con el de Claude Makélélé, el pulmón de aquel mítico Madrid galáctico, que abandonó el club en el verano de 2003 en unas circunstancias muy similares, tras sentirse ninguneado. Sería bueno saber si los mandamases de la entidad han considerado la posibilidad de asistir a un ‘déjà vu’ de lo que entonces aconteció, es decir, el marchitamiento acelerado de un gran equipo. No sería la primera vez que un hombre tropieza dos veces con la misma piedra.

Sea como fuere, Ángel Di María no volverá a vestir los colores del Real Madrid —seguro que se queda con las ganas de vestir de rosa y de escama de dragón—. Su gesto del corazón con las manos tampoco volverá a captar los focos del Bernabéu. El argentino se ha ido con la fideuá a otra parte y casi nadie se explica aún por qué, ni siquiera Carlo Ancelotti, quien pasó de venerarle a decir que no le necesitaba para la vuelta de la Supercopa de España, quién sabe si con la voz de un ventrílocuo o con los hilos de un titiritero.

31/08/2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s