‘La cabrona’

imageSERGIO MENÉNDEZ | Todo comenzó, como suele ocurrir con este tipo de fenómenos, en Estados Unidos, país experto en lo que a dotar de viralidad a demostraciones absurdas de fuerza, valor o inexistencia de sentido del ridículo, convertirlas en autenticas modas y exportarlas al resto del mundo se refiere. Sucedió, por ejemplo, con el llamado Fire Challenge, una prueba consistente en situarse cerca de una piscina, río, ducha o cualquier lugar provisto de agua, embadurnarse el cuerpo con alguna sustancia inflamable, preferiblemente gasolina, prenderse fuego a renglón seguido y correr de inmediato a zambullirse o empaparse del líquido elemento para detener la combustión. Por dotarlo de algún sentido, es necesario que la hazaña se lleve a cabo con una cámara como testigo que luego permita colgar el vídeo en Internet y mostrar a la red la ausencia total de materia gris por parte de su pirómano protagonista. El caso es que la prueba cuajó y miles de norteamericanos se han sumado a lo largo del verano a la intrépida causa, para colmo de las unidades de quemados del planeta. Ahora, sin embargo, pese a que el desafío siga resultando un cierto ilógico a nivel de ejecución, se trata de hacerlo por una buena razón.

Fue en marzo de 2012 cuando a Pete Frates, jugador de béisbol universitario en el Boston College, le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), también conocida como ‘la enfermedad de Lou Gehrig’, quien fue un gran bateador, precisamente, de los New York Yankees durante los años 20 y uno de los primeros y más famosos casos de muerte por culpa de esta degeneración de las células del sistema nervioso que provoca una atrofia y posterior parálisis de los músculos que va, poco a poco, extendiéndose por todo el cuerpo, hace que el organismo vaya delegando funciones vitales hasta que se apaga para siempre. Por si fuera poca crueldad, no afecta en absoluto al cerebro, de modo que el paciente es consciente en todo momento de su paulatina conversión a estado vegetativo. Una patología tan devastadora como extraña, en la medida que se desconoce la fórmula de su cura y que, a día de hoy, cuenta como único remedio la recaudación de fondos para su investigación.

Y esa es justo la idea con la que nació el Ice Bucket Challenge, una iniciativa que los compañeros de equipo de Frates convirtieron en pionera a mediados de este mes y cuyo mensaje viene a ser ‘Contra la ELA, mójate’ y que consiste en vaciarse un cubo de agua helada sobre la cabeza y retar a varias conocidos a que hagan lo propio. Si aceptan, aparte de una hipotermia transitoria, sólo tendrán que contribuir con 10 dólares a la búsqueda de tratamiento; de lo contrario, librarse del jarro lleva implícito un peaje de 100 dólares de donación.

Por supuesto, la acción ha calado hondo en los entusiastas habitantes del país, que han saturado YouTube y las redes sociales con sus demostraciones personales de temple, y ha triunfado entre los famosos, que lo han convertido en un éxito rotundo y un fenómeno internacional. En el caso de Charlie Sheen, a su manera. El nuevo ‘selfie’, vaya, un fenómeno a la altura de Juan Gato.

Al otro lado del charco, concretamente en España, los futbolistas constituyen uno de los colectivos más implicados desde que Darren Fletcher nominara a Cristiano Ronaldo y, entonces, la criogénica moda se extendiera como un reguero de pólvora por los vestuarios de toda Europa, incluyendo a ese otro portugués con fama de arisco llamado José Mourinho. No así a ‘Carlos’ Ancelotti, su simpático sucesor al frente del Real Madrid, pese a que Sergio Ramos le pasara el testigo. Y no por falta de gracia, que ya demostró con ‘La Décima’ que si la situación pide folclore se puede contar con él para acompañar el himno. Por desgracia, al bueno de Carlo no le hace falta concienciarse de lo que significa padecer ELA. Si bien no ha tenido que sufrirla en sus propias carnes, le ha tocado vivirla de cerca, pues en su etapa como jugador del Milan coincidió en el tiempo y el espacio con otro deportista que, como en el caso de Gehrig o Frates, en última instancia, ha multiplicado su cuota de relevancia por culpa de la enfermedad y por el que puede no haber derramado jamás un cubo de agua helada, pero sí alguna lágrima: su amigo y ex compañero de equipo Stefano Borgonovo.

“Recuerdo al ver el balón entrar, el silencio absoluto. Solamente oía las voces de mis compañeros y el sonido de la lluvia”. Postrado en la cama y conectado por la tráquea y mediante un tubo a una máquina que respira en su lugar, Borgonovo repasa las sensaciones que le produjo meter el gol que clasificaba a los ‘rossoneri’ para la final de Copa de Europa de 1990. Palabras que su boca es incapaz de reproducir, ya que los músculos de su cara se encuentran prácticamente inertes a causa de la ELA, aunque todavía conserva fuerzas para esbozar una leve sonrisa, casi impercetible. Un programa de ordenador que detecta a través de una cámara el movimiento de los ojos, permite teclear el texto y emitirlo por el altavoz es la única forma que tiene de comunicarse. Como se suele decir, han transcurrido sólo 18 años de aquella heroicidad y su imagen dista mucho del joven y apuesto delantero que destilaba júbilo y salud a raudales mientras celebraba el tanto que a la postre supondría levantar frente al Benfica el cuarto título continental para la entidad, el segundo obtenido de forma consecutiva.

Definitivamente, era un tipo con suerte. ¿Cómo explicar, si no, que durante su única campaña a las órdenes de Arrigo Sachi, después de dos temporadas cedido en el Como, su club de siempre y donde inició su etapa profesional, y Fiorentina, donde formó con Roberto Baggio la delantera ‘B2’, fuera a proclamarse campeón de Europa y compartir ese honor con estrellas de la talla de Marco van Basten, Ruud Gullit, Franco Baresi o Frank Rijkaard y su íntimo colega ‘Carletto’? A lo mejor Stefano no brillaba tanto si lo comparamos con semejante constelación de talento, pero pasaría a la historia igualmente por haber contribuido con su gol a que la gente asociara su nombre a una plantilla tan laureada.

Quiso la mala fortuna, sin embargo, jugarle una mala pasada y degradarle con el tiempo de héroe a mártir al infectarlo y convertirlo junto a Gianluca Signorini en icono de una enfermedad que constituye un verdadero tabú dentro de la sociedad italiana. De hecho, una de las hipótesis que se maneja a la hora de que determinar su origen y el hecho de que la mayoría de afectados por ELA sean jugadores de fútbol guarda relación, no tanto con la exposición a la alta concentración de metales pesados que presenta el subsuelo en determinadas zonas del país donde los equipos tienen construidas sus instalaciones, como sucede en las proximidades del lago Como, por ejemplo, lo cual podría haberles contaminado dado que mantienen un contacto diario con la hierba, y sí con el consumo excesivo de antiinflamatorios o el ‘doping’ que tan de moda estuvieron, nunca mejor dicho, en el Calcio entre los años 60 y 80. Independientemente del motivo, la ocasión que nos brinda el desafío del cubo de agua helada merecía rendir homenaje a Stefano Borgonovo, un hombre que vio cómo en 2008 tres letras le costaban la vida, pero que nunca llegó a perder el buen humor y la filosofía a pesar de lo dramático de su caso. No en vano, siempre se refirió a ella en términos de ‘La cabrona’.

25/08/2014

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