‘Txapeldunak!’

imageSERGIO MENÉNDEZ | Un cielo plagado de nubes de color gris impedían que las ondas hertzianas llegasen con total nitidez a las radios de la España de principios de los 80. Tarde de transistores la de aquella jornada, la última del curso. Corría el 26 de abril de 1981 y ya se sabe lo que toca por esas fechas, más todavía en esa tierra, verde de montes y negra de minerales, a la que Pedro Garfia dedicó unos versos que Víctor Manuel transformaría luego en himno de la comunidad astur. Aguas mil, vaya.

El Molinón recibía la visita de la Real Sociedad, que llegaba como líder a falta de un empate para alzarse con el primer título de Liga de su historia, oportunidad que los donostiarras se habían ganado en una recta final con un trazado de montaña rusa. Si bien se mantuvieron en la zona alta de la tabla durante el grueso del campeonato, una derrota a diez encuentros de la conclusión del mismo en el Camp Nou les dejaba a seis puntos de la cabeza y les precipitaba desde la cuarta hasta la séptima plaza. Atlético de Madrid, Barcelona, Valencia, Betis, el propio Sporting y Real Madrid, en ese orden, se interponían a la hora de hacer realidad una quimera que se libraba entre los márgenes de un pañuelo.

Esa fatídica jornada 24 supuso, no obstante, para los futbolistas de Zubieta una ocasión perfecta a fin de conjurarse y no volver a fallar lo que restaba de curso. Y el caso es que, al tiempo que los tropiezos de sus rivales desencadenaron todo un baile de posiciones, su efectividad les llevó a protagonizar, siete partidos más tarde y después de vencer al Sevilla por 3-0, una escalada que desbancó de la cima al Atlético de Madrid – principal aspirante al triunfo durante la mayor parte del calendario – en favor del cuadro ‘txuri-urdin’ cuando sólo quedaban tres fechas en rojo por tachar. Sus sucesivas victorias frente a Murcia y Espanyol les permitieron seguir fieles a la causa, depender de sí mismos y saltar al prado gijonés, literalmente, a punto de convertir el sueño en realidad. Más les valía conseguirlo, pues el hecho de caer derrotados significaba ceder la Liga a los únicos capaces de aguantar su tirón, el llamado Madrid de los García, algo difícil de perdonar tanto por lo insoportable de morir en la orilla después de tanto remar como por la intolerancia al merengue que suelen desarrollar los nacidos cerca de La Concha. Cosa de dos.

Un par de horas faltaban, precisamente, para el inicio del choque y las 35.000 localidades del estadio se encontraban ya ocupadas. Los típicos prolegómenos de un encuentro que había logrado generar un ambiente espectacular y alguna que otra suspicacia, empezando por la designación de Enríquez Negreira, miembro del colegio catalán, como juez de la contienda en un partido cuyo resultado podría motivar un título blanco. No hace falta decir nada más, que declararía Schuster. Pero no fue la única, pues se suscitó asimismo cierta polémica en torno a la figura de Francisco Javier Aguilar, delantero titular del Sporting que, habida cuenta de su pasado madridista y los rumores de que el club entonces presidido por Luis de Carlos podría haberle concedido una sustanciosa prima a repartir con sus compañeros a cambio de ganar el partido, fue excluido de la convocatoria a petición de Manuel Vega-Arango, máximo mandatario del Sporting de Gijón.

Nada le impidió alinear su once de gala a Alberto Ormaetxea, que dispuso sobre el tapete un dibujo que sus aficionados se sabían de carrerilla a esas alturas: Arconada, Celayeta, Olaizola, Alonso, Górriz, Kortabarria, Idígoras, Diego, Satrústegui, Zamora y López Ufarte. Fueron, sin embargo, los jugadores locales los que echaron a rodar el balón y quienes manejaban el encuentro con placidez y buen tiempo hasta que un saque de banda de Zamora en campo rival provocó un rebote que López Ufarte aprovechó para salvar la entrada de Redondo y tratar de repetir la acción con Maceda, que logró derribarle cuando había irrumpido en el área. Penalti que transformó Kortabarria y la grada visitante que estallaba de júbilo.

La jugada debió repercutir en los cielos y contagiar a las nubes con la electricidad del extremo de Fez, pues comenzó a descargar sobre el campo un ‘txirimiri’ que no tardaría en embarrarlo. Situación propicia para los asturianos, mejor acostumbrados que sus rivales a la hora de desplazar el esférico sobre los charcos, pues lograron dar la vuelta al marcador gracias a un doblete de Mesa que mandaba al garete las aspiraciones de la Real Sociedad. Por si fuera poco, el Real Madrid estaba cumpliendo su parte al vencer por 1-3 al Valladolid mientras Juanito no veía el momento de realizar su promesa y se iba arrodillando para salir de Zorrilla a gatas.

Fue entonces, al filo de los tres pitidos, cuando un centro de Alonso desde la banda izquierda del ataque donostiarra – casualmente, donde la circulación se había vuelto más lenta por culpa del agua – fue repelido a la frontal por Castro, portero del Sporting y primo de Quini. Cayó el balón a los pies de Górriz, que al disparar de forma tan desastrosa hizo de su tiro un pase perfecto para que Zamora perforase la meta contraria y desatar así la histeria colectiva en San Sebastián. Un gol que trajo el primero de los dos títulos de Liga que el club conquistó de forma consecutiva, el fin de un trienio de monopolio a cargo del Real Madrid y ese momento en que Vicente del Bosque se acercó a su colega de Fuengirola rogándole que se incorporase porque lo de marcharse a cuatro patas había dejado de tener sentido.

18/08/2014

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