El ballet de don Alfredo

DiStefanoJULIÁN CARPINTERO | Fue el 26 de septiembre de 2012 y ante 30.000 personas. Aquel día Real Madrid y Millonarios de Bogotá jugaron la final de la XXXIV edición del Trofeo Santiago Bernabéu, un partido sin demasiada historia que los chicos de José Mourinho ganaron por un contundente 8-0 y en el que Kaká sacó todo el pecho que pudo al anotar un hat-trick y Morata y Callejón se reivindicaron con sendos dobletes. Después de que el que fuera Balón de Oro en 2007 recogiera el trofeo, las luces se apagaron en Concha Espina y todos los allí presentes se marcharon a con una sensación cercana a la indiferencia. Sin embargo, uno de ellos no podía dejar de sonreír al recordar todo lo que había vivido vistiendo las dos camisetas que aquella tarde jugaron para homenajearle.

“La verdadera libertad se encuentra en el arte de bailar como a cada cual le plazca, sin más coreógrafos que nuestra mente y nuestros impulsos”. Esta frase anónima, que habría puesto los pelos de punta al mismísimo Mijaíl Baríshnikov si así hubiera tenido que representar El lago de los cisnes, pareció inspirar a un revolucionario equipo que hasta la llegada de aquellos bailarines no había levantado ni un solo título en su corta pero intensa historia. En este sentido, no resulta extraño que un movimiento tan contestatario como una huelga fuera el que propiciara una revolución de tal magnitud en el fútbol sudamericano, la cual se acabaría extendiendo al este del Atlántico gracias a uno de los mejores jugadores de todos los tiempos: Alfredo Stéfano Di Stefano Laulhé.

A finales de la década de los 40, River Plate era una de las escuadras más reconocidas e influyentes de todo el mundo gracias a su mística y, sobre todo, al legado que había dejado una Máquina cuyos pistones ya funcionaban por separado. Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau formaron la delantera más maravillosa del planeta mientras actuaron juntos, pero desde 1945 un chico rubio y de mirada pícara ya había pedido a gritos un hueco entre ese répoker de ases. Después de haber sido cedido a Huracán, a su regreso al Monumental consiguió el premio al máximo goleador del torneo argentino y fue campeón de América con la Argentina de Guillermo Stábile. Con sólo 23 años era una estrella en ciernes, el presente y el futuro del balompié de La Pampa. Hasta que aquella decisión lo dejó todo pendiendo de un hilo.

Sólo un año después de aquella histórica victoria ante Paraguay, la Asociación de Futbolistas Argentinos se enfrentó a Juan Domingo Perón reivindicando que sus salarios y los ingresos que percibían los clubes gracias a su trabajo no estaban en proporción, especialmente los de los más modestos. De este modo, cuenta el periodista de MARCA Miguel Ángel Lara, la AFA lanzó un órdago al General por el cual irían a la huelga si éste no hacía algo para lograr una cierta paridad. Perón, gran valedor del deporte en la Argentina de mitad de siglo, se sintió traicionado por aquellos ‘mercenarios’ y llevó a cabo reformas entre las que incluyó un salario tope de 1.500 pesos. El éxodo estaba garantizado.

Y así fue como el entramado del fútbol colombiano ofreció una alternativa económica que satisficiera las exigencias de estrellas de la talla de Pedernera, Néstor Rossi, Cozzi o el propio Di Stefano, que no se lo pensaron ni un instante al recibir la oferta de Millonarios de Bogotá. Se iniciaba así un período que en el país ‘cafetero’ se conoció como ‘El Dorado’ en una clara alusión al mito de la ciudad de oro escondida en algún lugar de Sudamérica. Bajo las órdenes de Pedernera y con el embrujo del fútbol de ‘La Saeta’, Millonarios se convirtió en ‘El ballet azul’, un engranaje perfecto que ganó tres Ligas, una Copa y una Pequeña Copa del Mundo, la de 1953, en la que paradójicamente derrotó a River Plate, un torneo en el que Santiago Bernabéu se quedó prendado de aquel todocampista que estaba destinado a marcar una época.

Después llegaría el pleito entre River, Millonarios, Barça y Real Madrid, en el que la FIFA y la RFEF hicieron de árbitros y que a día de hoy sigue levantando ampollas en la ciudad condal, que –erróneamente– siente que la Dictadura les impidió disfrutar de las genialidades a las que juntos habrían dado vida Kubala y Di Stefano. Sea como fuere, don Alfredo ya tiene plaza allí arriba, donde no sólo marca goles, sino que también baila. Gracias, viejo.

22/07/2014

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