El triunfo de la voluntad

imageSERGIO MENÉNDEZ | Justo cuando se cumplían 24 años y cinco días después de tocar la gloria por tercera vez, precisamente, ante la selección de Argentina, el pueblo alemán se echaba de nuevo a las calles para celebrar la consecución de su cuarto Mundial. Como ya ocurriera en la edición de 1990, donde un tanto de Brehme en el Olímpico de Roma sirvió para doblegar al combinado de Maradona y desencadenar la histeria colectiva en una nación todavía partida a la mitad, el zurdazo que Mario Götze convirtió el pasado 13 de julio en la ceremonia final de Brasil 2014, celebrada en Rio de Janeiro con Dios mediante desde lo alto del cerro de Corcovado, pasaporte a la eternidad del centrocampista del Bayern de Múnich, supuso en esta ocasión de estímulo para que los tudescos saliesen del escondrijo en el que habían permanecido durante prácticamente cinco lustros y festejaran su vuelta a la gloria.

La puerta de Brandenburgo fue el escenario elegido para que, dos días después, los héroes de Maracanã se dieran un merecido baño de masas salpicado con cerveza de monasterio. El caso es que, no se sabe si por la acción del calor berlinés, la suficiencia propia de quien se siente campeón, los efectos del trigo fermentado o todo a la vez, hubo un momento en que los jugadores se entregaron por completo al frenesí de la victoria y, puede que debido al hecho de haberse coronado hacía solamente unas horas, mostraron cierta dolencia al saberse ganadores, olvidaron en la misma medida el respeto hacia el contrario y comenzaron a hacer leña del árbol caído. No les bastó a Neuer, Höwedes y Schweinsteiger con saltar al escenario en fila y con la mano apoyada en el hombro del compañero de delante, alusión evidente a la forma que tenían de salir del túnel de vestuarios los jugadores de Brasil, a quienes endosaron siete goles en semifinales. Fue entonces cuando a las voces cantantes de Klose y Götze se unieron Weidenfeller, Schürrle, Kroos y (de nuevo) Höwedes en lo que ha venido a denominarse La danza del gaucho. Un baile que, básicamente, consistía en imitar los lánguidos andares de los llaneros de La Pampa, en teoría caracterizados por llevar las rodillas flexionadas y la espalda como si padecieran una lumbalgia, al tiempo que se susurra “Los gauchos caminan así; así caminan los gauchos”, para luego estirarse todo lo que permita la privilegiada anatomía del germano en cuestión y avanzar orgullosos a saltitos y con los brazos en alto proclamando a los cuatro vientos “Los alemanes caminan así; así caminan los alemanes”, comparativa de poca fortuna y menor gusto que despertó la indignación del mismísimo Víctor Hugo Morales, tótem de la radiodifusión balompédica que tildó a los jugadores de la ‘Mannschaft’ de “nazis asquerosos”.

Y es que, aparte de resultar nada elegante, no debió reparar el quinteto cómico, ejemplos del prototipo de varón nacido en los Länder –rubio, ojos claros, piel blanca, facciones bien marcadas, complexión atlética y, en especial, una estatura en torno al 1’90– de que su principal valuarte al frente de la Selección y sobre el terreno de juego no es precisamente un dechado de centímetros. Más bien al contrario, lo cual multiplica el mérito de haberse consolidado como un fijo en el lateral derecho tanto del Bayern de Múnich como, en este particular, de Alemania, teniendo en cuenta que la línea de defensa de Joachim Löw tiene a disposición tallos a la altura de Hummels o Jérôme Boateng. Si bien constituye el suelo de cuantos jugadores componían la última convocatoria de su seleccionador, Lahm siempre quiso compensar su pequeña envergadura con una disciplina y una carga de trabajo directamente proporcional a la frondosidad de sus cejas, verdaderas cualidades del modelo teutón. Porque el capitán de la reciente y flamante campeona del mundo ha sabido ser en todo momento un ejemplo de constancia y superación personal, virtudes que le han permitido tocar el cielo como profesional del balón, a pesar incluso de su 1’70. Su triunfo, que nos disculpe Morales por el símil, es el mismo de la señorita Leni Riefenstahl: pura voluntad.

Llegó, por tanto, para el esforzado de Philpp, la hora de echarse a un lado y batirse en retirada a nivel internacional. Corría el mes de febrero de 2004 cuando recibió por primera vez la orden de adherirse a la causa futbolística de su país, entonces comandada por Rudi Völler, que le llamó a filas con motivo de un amistoso frente a Croacia. De esta forma se producía el salto definitivo de Lahm a la Selección absoluta, combinado al que llegaba tras despuntar con la sub-19 durante el campeonato de Europa disputado en 2002, torneo que a punto estuvo de conquistar de no ser porque nos cruzamos en la final. No sería la última ocasión en que España y, concretamente, Fernando Torres, truncaban sus sueños a tres colores.

Al fiasco de la Eurocopa de Portugal, primer compromiso de envergadura, donde Alemania fue eliminada en la fase de grupos, y su ausencia de la Confederaciones del año siguiente por lesión, le sucedieron el Mundial de 2006 celebrado en tierras germanas, al que concurría tras su primera temporada completa con el Bayern de Múnich después de dos campañas cedido en el Stuttgart y que le sirvió para consolidarse. De hecho, abrió la nómina de goleadores merced a su magnífico derechazo a la escuadra en el partido inaugural contra la selección de Costa Rica.

Ese tercer puesto con Klinsmann a la cabeza supuso el inicio de toda una concatenación de propósitos en busca de la gloria que nunca terminaban de cuajar. Ya bajo la batuta de Löw y pese a firmar un papel bastante digno, la cita continental de 2008 significó para Philipp un golpe demasiado duro, en la medida que quedaría retratado como el hombre que no supo cubrir el balón ante la salida de Lehmann y concedió la oportunidad a Torres de apuntarse el tanto que les volvía a dejar a las puertas de un título. Un par de años después la historia se repetía de nuevo, en esta ocasión con Puyol de verdugo, en semifinales de un campeonato del mundo y con Sudáfrica de fondo. Lo que Lahm desconocía es que únicamente le quedaba un golpe por encajar contra la Italia del forzudo Mario Balotelli en la Eurocopa de Polonia y Ucrania antes de repetir la hazaña de colarse entre los cuatro mejores combinados del planeta y, ahora sí, hacerse con el triunfo. Ironías del destino. Porque quién le iba a decir, por voluntarioso que haya resultado el esfuerzo a lo largo de sus diez años con la Selección, a este diminuto alemán que conseguiría despedirse en todo lo alto.

20/07/2014

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