Y llegó el octavo

photo1ÁLVARO MÉNDEZ | Hacía ya más de 60 minutos que el partido estaba sentenciado. La Selección de Brasil se arrastraba por el terreno de juego cargando sus lacrimales esperando la señal del colegiado que pusiera fin a su lamentable agonía. Sin ni siquiera tener el propósito de ahondar en la herida, Özil se plantaba solo ante Júlio César tras una estilosa cabalgada marca de la casa iniciada en la banda izquierda. Pero, una vez más, el excelso mediapunta demostraba su falta de puntería en el uno contra uno y cruzaba en exceso el esférico. Nada nuevo bajo el sol que alumbra al más talentoso futbolista de la ‘Mannschaft’, que perdonó el octavo y posibilitó que, minutos más tarde, Oscar anotara el gol más difícil de su carrera, un tanto que ni siquiera podría ser calificado como ‘el del honor’ para una ‘canarinha’ absolutamente desangrada.

Sin embargo, Scolari y compañía tan solo tuvieron que esperar 24 horas para recibir esa puntilla final. Tras 120 minutos para olvidar, Países Bajos y Argentina concluyeron la semifinal de un Mundial con menos goles en la Historia y hubieron de jugarse el todo o nada desde los once metros. Sin el factor Krul a favor, Van Gaal se vio abocado a una tanda de penaltis con el inexperto Cillessen bajo palos y frente a una Argentina preparada para aprovechar su oportunidad. El meta Sergio Romero fue elevado al divino panteón de los Tobas al detener los lanzamientos de Vlaar y Sneijder —quién lo iba a decir— y firmó el pase a la gran final. Delirio albiceleste. Nueva decepción carioca.

Ése fue el octavo gol. Un tanto más psicológico que físico que seguro hundió más aún la moral de la hinchada brasileña, que había pasado la noche anterior en vela con las rodillas hincadas en el suelo. No sólo su equipo hizo el ridículo en el que a priori era su’ Mundial, sino que, además, el eterno rival se clasificó al día siguiente. Y lo hizo utilizando las mismas armas de las que ‘Felipão’ había presumido hasta hace dos días: conformismo, racanería, miedo, conservadurismo y dependencia de la estrella de turno.

Quizá este baño de realidad era más necesario que nunca, aunque las consecuencias pueden ser realmente graves de cara a la finalísima del próximo domingo. Visto el nivel mostrado por la contundente Alemania en el encuentro del pasado miércoles, es más que evidente que los de Joachim Löw parten como claros favoritos. Pero, tirando de tópicos, en el fútbol todo —o casi todo— es posible. Más si cabe teniendo en cuenta que frente a ellos tendrán a un Messi que aún no ha aparecido y que, según la práctica totalidad de los medios de comunicación internacionales, lleva meses reservándose para el gran día.

La sola posibilidad de que Argentina se alce con la victoria en Maracaná apenas tenía cabida en las enfermizas cabezas del pesimismo ilustrado brasileño. Pero la pesadilla es ahora más real que nunca. De nada servirá el infame partido por el tercer y cuarto puesto, una lotería que, en caso de acierto, sólo supondrá una pequeña dosis de morfina para un enfermo terminal que espera en su cama a conocer cuál de sus múltiples enfermedades será la causante de su muerte.

Mientras tanto, únicamente queda la depresión. La náusea. La desesperación. La cólera que ya ha sido expresada en las calles por un pueblo que se divide entre quienes consideran el fútbol una religión, Pelé su Dios y Neymar su Mesías, y quienes claman al cielo por la corrupción y el despilfarro de dinero público. Con muertos y heridos de por medio, la Presidenta Dilma Rousseff habrá de esforzarse para lavar la cara de una nación que, sin haber superado aún el Maracanazo, debe además digerir la casta política y el ‘Mineirazo’. Éste es el retrato a día de hoy de un país al borde del estallido social al que se le acumulan los traumas balompédicos y que necesita urgentemente de un psicólogo para tratar un estigma que, previsiblemente, tardará décadas en desaparecer.

11/07/2014

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