Pasado y presente

ROBBEN HOLANDADAVID PALOMO | Mide la noche las palabras del último suspiro, justo antes de que Morfeo recite versos en la almohada, seduzca la calorina de la noche y apague la luz de los televisores en plena alegría de Costa Rica. El domingo se fue a dormir cuando lo hizo usted. A las 00.00 horas –quizá un poco más tarde, si aguantó a ver los penaltis–, y el sol sucumbió como lo hacen las grandes estrellas cuando les llega el momento de la retirada. Sin embargo, hoy es lunes. Ayer es pasado. Poco importa lo que ocurrió. Lo relevante se escribe en presente. Bien lo sabe Robben, quizá el jugador que mejor sabe lo que significa estar tirado en el suelo, morder polvo, recoger estiércol y, algunos años después, por el azar de los hilos que mueven la maquinaria del destino, resucitar para subir al cielo, mantenerse al lado de Dios y probar de los manjares de las deidades.

La historia del holandés remite al pasado y al presente, al ayer y al hoy, al domingo y al lunes. Aquel niño nacido en Bedum hace 30 años, con la velocidad escrita en su ADN, las entradas adquiridas por herencia y el fútbol incrustado en su cerebro, creció seducido por la ilusión de ganarse la vida pegándole patadas a un balón, soñando con entrar en el Olimpo de sus ídolos. Y así lo hizo gracias a una zurda prodigiosa y unas piernas capaces de driblar sin sucumbir a las lesiones. Todo le fue bien durante su juventud al bueno de Robben, progresando hasta llegar al Chelsea como uno de los jugadores llamados a cambiar la historia en Stamford Bridge.

En Londres se convirtió en un ídolo en poco tiempo, pero también empezó a sufrir la injerencia de las lesiones, el castigo que la vida había elegido para él durante su estancia en Inglaterra y en los años posteriores. El holandés escuchó los cantos de sirena que venían desde el Bernabéu y decidió exportar su talento. No lo consiguió. Madrid fue el principio de muchas desgracias, el comienzo de su gafe durante varias temporadas. Juande Ramos llegó a decir que era demasiado individualista y entre los aficionados se ganó el apodo de ‘hombre de cristal’ por sus reiteradas visitas a la consulta médica.

“Yo no me quería ir, pero desde el club así lo decidieron”, dijo Robben al salir de Chamartín con destino Múnich. Aquel billete le devolvió a la vida tras varios años sin reconocerse a sí mismo. Sin embargo, tuvo que caer de nuevo antes de ser considerado otra vez uno de los grandes. Antes de resucitar por completo, claudicó ante Casillas en el Mundial de Sudáfrica, perdió una Bundesliga fallando el penalti decisivo y una Champions en el Santiago Bernabéu y otra en el propio Allianz desde los once metros.

Pero tras tantas desgracia, ha conseguido cambiar su dinámica en estos últimos años, no sólo por los cinco títulos conseguidos con el Bayern el año pasado, sino también por el momento de forma que vive con su Selección. Ante México fue básico para lograr el pase a cuartos. Su caída en el área –inexistente para un servidor– le dio la llave a Huntelaar para que éste acabara con la escuadra capitaneada por Márquez. Poco importan ya aquellos días en que todo salía mal. Robben sigue en condiciones de pelearle los Balones de Oro a Messi y a Cristiano. ¿Y Ribéry? Nada comparado con el holandés.

30/06/2014

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