Instantes

Sin títuloJULIÁN CARPINTERO | África sonríe desde Brasil. En el Mundial más atractivo para el espectador de cuantos se recuerdan en las últimas décadas también hay hueco para que las selecciones del continente negro, eternas candidatas a consagrarse como revelaciones del torneo, disfruten y hagan disfrutar con su fútbol salvaje y un tanto anárquico. ¿Para qué defender pudiendo salir en tromba al ataque? ¿Para qué guardar la posición en una contra teniendo la posibilidad de marcar? ¿Para qué blocar un balón cuando existe la opción de adornarse con una estética estirada? Son esas unas preguntas que no tienen respuesta en la cabeza de ghaneses, marfileños o nigerianos, pues aunque cada vez compitan mejor, para ellos la Copa del Mundo no deja de ser una fiesta.

No se sabe muy bien si será una cuestión psicológica, física o una mera coincidencia, pero lo cierto es que Sudamérica parece que sigue sin ser un lugar propicio para que una selección europea conquiste un Mundial dentro de sus coordenadas. Al descalabro de España se han sumado las decepcionantes actuaciones de Inglaterra y Portugal, los tropiezos de Italia o Alemania y el pobre papel de Bosnia, Suiza o Rusia. Sólo Holanda y Francia –y, en menor medida, Bélgica– han dado la talla postulándose como serias alternativas al dominio sudamericano. Y es que, aun a riesgo de ser una conclusión precipitada, el fútbol está cambiando, pues nadie habría imaginado hace diez años que Estados Unidos zarandeara en las jarcias al equipo del actual Balón de Oro, que México fuera capaz de maniatar a la anfitriona y pentacampeona del mundo en el mismísimo Maracaná o que sólo un chispazo de genialidad de Messi en el último instante hiciera hincar la rodilla a la inhóspita Irán.

Sea como fuere, si algo han dejado claro estos primeros 12 días de competición ha sido que el fútbol asiático ha sufrido un estancamiento después de años de crecimiento desmedido, pues sería toda una sorpresa que Japón o Corea del Sur acabaran colándose en octavos de final. Del mismo modo, el africano amenaza con cumplir esa especie de profecía que inició la Camerún de Roger Milla en 1990 y que continuaron Nigeria, Senegal o Ghana en los Mundiales posteriores, por la cual el continente negro, más pronto que tarde, presumirá de tener un representante en el Olimpo del fútbol. En este sentido, cada una se distingue por las particularidades propias de su región y las tácticas diseñadas por un cuerpo técnico que no siempre es autóctono, pero sí es cierto que a todas les une un nexo común: la alegría por el juego y la ilusión por hacer que en los suburbios donde aprendieron a sobrevivir tengan un motivo para sentirse orgullosos.

Las lágrimas del marfileño Serey Die escuchando el himno de un país al que devastó una guerra civil serán, sin duda, una de las imágenes de esta Copa del Mundo. Porque en Yamusukro el fútbol se siente en la piel, una intensidad que escenifican a la perfección el lateral derecho Aurier –al que dos exhibiciones le han servido para firmar por el Arsenal– o los eléctricos movimientos de Gervinho en el extremo izquierdo del ataque de los de Lamouchi, que se ha echado la responsabilidad ofensiva a la espalda ante el inevitable declive de Drogba y la opacidad de Touré Yaya.

Ghana baila al son de los hermanos Ayew. Hijos del mítico Abédi Pelé, André anotó un espectacular gol en el empate de las ‘black stars’ ante Alemania, un partido espectacular en el que los de Appiah rebuscaron en su orgullo para sobreponerse a la derrota ante Estados Unidos y al directo de derechas que supuso el gol inicial de Götze, y a los que sólo el postrero tanto del cazador Klose privó de sumar sus primeros tres puntos en Brasil. La columna vertebral sigue siendo la misma que hace cuatro años hizo llorar a toda África con su dramática eliminación en cuartos ante Uruguay, y aunque Essien ya no sea el caudillo que lideraba el ejército, Muntari, Prince-Boateng y Asamoah Gyan mantienen bien alta la barbilla ghanesa.

Un escalón por debajo se encuentra Nigeria, actual campeona de la CAN, que aún añora los tiempos de Finidi, Okocha y compañía, pero que con Enyeama, Musa o Emenike ha conseguido poner pie y medio en octavos con un juego tan poco brillante como efectivo, casi tecnócrata (un gol y cuatro puntos). Situación totalmente opuesta a la que se encuentra la divertida Argelia, que está siendo el altavoz de la gran escuela del Magreb: habilidad, velocidad y vértigo, tres ingredientes que le permiten soñar con vengar a la generación de 1982. Sólo Camerún, ya eliminada sin haber sido capaz de sumar ni un solo punto, ha emborronado la actuación coral de África, pues a la ausencia de sensación de equipo se han unido comportamientos bochornosos como el de Alex Song o la sonrojante discusión entre Assou-Ekotto y Moukandjo el día en que Croacia les hizo cuatro.

A día de hoy existen tantas posibilidades de ver a cuatro equipos africanos en octavos de final de la Copa del Mundo como que la ilusión se desvanezca y caigan todos en la primera fase. No obstante, lo que sí que parece del todo cierto es que África ya no se siente inferior a nadie cuando le tiene que mirar a los ojos, una metamorfosis que permite que sus futbolistas miren a la platea, sonrientes y emocionados, soñando con alzar la voz en el mejor escenario posible.

24/06/2014

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